Libro 1 Historias de un bosque y un gitano (3)

VII

Bárem y Sibisse han amarrado los caballos al transporte familiar, la misma carreta de mudanza de varios años atrás. Dos largas tablas forman el asiento principal con su respaldo, ubicado al frente de la carreta; es donde la pareja de casados y el único hijo siempre se acomodan a la hora de salir. A Zulr y su hermana nunca les ha gustado ir al frente; ellas siempre han preferido acomodarse adentro del rústico vehículo, utilizando un par de pequeños pedazos de troncos que siempre se encuentran ahí a modo de bancos. Los hermanos de Kéilan ya están acomodados e impacientes por partir; al ver a su hermana aterrizar a unos metros de la carreta, corren a recibirla.

En poco tiempo los padres salen de la casa.

—¡Mamá! ¡Papá! —saluda Kéilan emocionada, acercándose a ellos.

—¡Hola hija! —responde Bárem.

—¡Kéilan! —exclama Sibisse, abrazándola.

—¿Tan rápido encontraste los cuatro libros? —pregunta él.

—No, solo he encontrado dos.

—Entonces solo vienes de visita, tal y como hiciste la vez pasada —supone Bárem.

—Sí, así es —confirma Volker acercándose a los tres personajes, agregando—. Ayer estaba demasiado cansada, así que decidí darle un día completo de descanso para que recuperara fuerzas.

—Nos estábamos preparando para ir a la ciudad de Güíldnah, hay que comprar provisiones —le dice Sibisse a su hija, preguntándole—. ¿Quieres acompañarnos?

—¡Claro! —responde Kéilan, luego, se dirige con el equino, invitándolo—. ¿Vienes tú Volker? De seguro no tendrás problemas, ningunos de los habitantes podrá oírte hablar ni notarán tus alas.

—No, gracias. Te esperaré aquí en el bosque —dice él.

—Entonces aguarda unos momentos —le pide Bárem.

Se le acerca y le quita la silla de montar, la tela y las alforjas; todos estos elementos las coloca al lado de la casa, debajo de un cobertizo, el cual Bárem construyó el año pasado, abarcando todo un costado de la vivienda.

—Listo, así tú también podrás descansar el día de hoy. No tardaremos en regresar.

—No se preocupe por el tiempo. Encontraré la manera de entretenerme, aparte de que quiero saludar a unos amigos.

Dicho esto la familia se encamina a la ciudad del Norte, mientras que Volker visita a los monarcas del bosque y a otros conocidos. Tal y como se había previsto, la familia no tarda mucho en comprar provisiones y algo de ropa. Al regresar al bosque no encuentran a Volker; suponen que todavía está visitando a sus amigos.

En la tarde y después de merendar, Kéilan le avisa a su madre que visitará a sus amigas sirenas; antes quiere cambiarse de ropa, en especial por un conjunto que le acaban de comprar. Es otro vestido gitano con escote cuadrado; uno más para su colección. Tiene bordadas gladiolas rosas en los bordes de las mangas, del escote, de la falda y en una franja que divide la falda larga en dos. Un complemento que tiene es un fajín delgado, que es del mismo color de las flores bordadas. Los zapatos los cambia por unas sandalias. Cuando la ve su madre, ella le intenta convencer de ponerse alguna ropa que le compró en la ciudad, pero ella no quiere. Ya fueron bastantes días de ropa aburrida.

Kéilan llega a la orilla del bosque y del mar. Para evitar que su nuevo conjunto se moje, se lo quita y lo deja en la base de un árbol cercano, atrás de un arbusto; ha traído una toalla, dejándola junto con la ropa.

La joven se zambulle en el agua, sumergiéndose unos metros; nada mar adentro hasta encontrar un acantilado submarino, empezando a bajar al fondo del mismo. A la par que va descendiendo su cuerpo empieza a cambiar: además de las branquias en su cuello, en sus manos le aparecen membranas entre los dedos; sus orejas cambian por unas puntiagudas, iguales a las de un hada; de sus tobillos sobresalen un par de aletas pequeñas y todo su cuerpo se cubre de escamas verdosas.

Se detiene cerca del arenoso lecho marino, para después nadar otros cuantos metros hacia la ciudad submarina que se encuentra al Oeste. Poco después se cruza con sus amigas sirenas, varios peces y tritones; todos ellos la rodean en un suspiro.

—Hola a todos —saluda Kéilan.

Todos ellos mueven los labios al hablar, mas en realidad se comunican con los pensamientos; la única manera de conversar bajo el agua. Algunos amigos la abrazan para darle la bienvenida; ella les quiere poner al tanto de la aventura que está viviendo.

—Hola Kéilan. Es muy agradable y oportuno que hayas venido. Tenemos muchas preguntas que hacerte —le dice una sirena.

—Sí —comenta otra ninfa marina, empezando con la primera pregunta—. ¿Ya has visitado la montaña Alhat-Fher?

—¿Alhat-Fher? —pregunta extrañada Kéilan.

—El antiguo hogar de Cúdred. ¿Todavía no vas ahí? —le aclara la misma sirena.

—No —responde la joven hechicera, todavía confundida.

Empiezan a preguntarle más inquietudes todos a la vez, sin esperar la respuesta. Entre las tantas preguntas que formulan podemos resaltar: ¿cómo son los libros que has encontrado?, ¿es cierto que nunca cae un rayo de sol en las montañas Cúdrerianas?, ¿has encontrado algún animal o ave interesante en la selva?, ¿por qué nadie te ayudó cuando te atacaron las bestias oscuras?, y ¿qué harás con tanta magia poderosa?

—¡Esperen!, ¡esperen un segundo! —ordena Kéilan para entender la situación.

Todos guardan silencio.

—¿Cómo es que saben todo eso?, ¿quién les dijo de Cúdred y los libros que estoy buscando? —pregunta ella.

—El chisme lo escuchamos de los compañeros del bosque, un par de días atrás. Hace bastantes minutos, una criatura se ha reunido con los reyes. Muchos le preguntamos qué cosa era, y él dijo que un hipocampo. Nunca habíamos visto a un caballo de mar —informa un tritón joven.

—Una multitud se reunió en el salón real, en donde ocurrió el encuentro. Nosotros estábamos presentes. Escuchamos más detalles de la aventura que estás viviendo; fue una historia rápida. Parece que los monarcas y él se conocen —prosigue una sirena.




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