Libro 1 Historias de un bosque y un gitano (3)

VIII

«Volker tenía razón. Es muy diferente al montón de mantas en la cueva», se dice Kéilan ya acomodada en su cama.

Por fin puede dormir «a pierna suelta» por varias horas... o al menos eso cree. Sin razón aparente se despierta en la madrugada; intenta reconciliar el sueño, acomodándose en diversas posiciones, mas ya no puede dormir. Un episodio de insomnio lo más seguro, aunque rara vez le ocurren. Muy aburrida decide visitar a su amigo que está en el cobertizo, aunque la mitad parece un establo en miniatura: hay paja por todo el suelo y varias ventanas en una pared de madera, paralela a la pared de la cabaña. Kéilan lleva una manta grande consigo. Solo hay un caballo acompañando a Volker; el otro parece que ha salido a pasear. Ambos están en extremos opuestos del mini establo.

Admirando la luna creciente y echado de panza, el equino alado trata de aceptar la muerte de su segundo mejor amigo; trata de llorar lo más callado posible. En medio del duelo escucha que alguien se aproxima; voltea su cabeza y descubre a su amiga.

—Gyula, ¿estabas llorando? —le pregunta Kéilan.

—Sí. Sí lo estaba haciendo —reconoce Volker, tranquilizándose un poco.

Ella se sienta junto él, envolviéndose con la cobija que ha traído.

—¿Gyula es tu sobrenombre?

—Es mi nombre romaní; Cúdred fue el que lo cambió por Volker —responde él, para después dejar escapar un par de lágrimas.

—Lamento que hayas perdido a otro amigo. ¿Desde cuándo lo conociste?

—Desde que nací. El gitano Janosh era un miembro importante para la comunidad.

—¿Qué hacía?

—Cuidaba de los caballos: pura sangre, de viaje y los de nuestra raza. Varios le ayudaban todo el día. Nos trataba muy bien, en especial a nosotros; nuestra larga melena, cola y crines de las patas requiere de cuidados constantes.

—¿Por qué no me lo dijiste desde antes? Ya no tienes la larga melena, pero todavía tienes una larga cola y las crines de tus patas; por fortuna he estado cepillando tu pelaje.

—No quería molestarte más de la cuenta, pero no es gran cosa. Gracias a mi magia puedo hacerlo sin problemas.

—Déjame ayudarte un día de estos.

—Bueno. Uno de estos días podrás hacerlo —acepta Volker.

—Tu otro amigo, Rylan, también es importante. Muchos le tienen igual respeto que el jefe gitano.

—Sí. No es por presumir, pero yo también lo era: solía ser el más fuerte de mis compañeros equinos —responde Volker con más tranquilidad.

—Quisiera preguntarte una duda que tengo.

—Depende cuál es; tal vez no puedo responderla.

—¿Quién es Karlo?

Volker tarda en responder, mirando por unos instantes el suelo.

—Es un gitano del campamento.

—Conozco a todos los romaníes de Güíldnah, nadie se llama así, a menos que se haya mudado con uno de los hermanos del patriarca.

—Lo más seguro.

Kéilan quiere preguntar varias inquietudes que tiene, pero recuerda el momento melancólico de Volker, así que se queda callada.

—¿Qué haces aquí abajo y no en tu cama? —pregunta Volker.

—Tengo insomnio y ya no me puedo dormir. Pensé en acompañarte el resto de la madrugada.

—Gracias —expresa su amigo equino.

Transcurren otros momentos de plática, antes de que ambos se queden callados. El sueño llega de golpe, provocando que Kéilan duerma primero. Con cuidado, Volker acomoda la manta por debajo de su amiga y sobre la paja del piso; para abrigarla, la envuelve con una de sus alas. Poco tiempo después él también se queda dormido.

Llega la mañana con la hora de levantarse. Sibisse va al cuarto de sus hijas, encontrando nada más a su segunda descendiente Zulr. Preocupada baja a revisar el cobertizo; si Volker no está, Kéilan ya ha regresado a las montañas. Por fortuna el caballo alado sigue durmiendo, con la joven hechicera a un lado, también soñando. Ambos se despiertan algo tarde, justo a la hora de la merienda temprana; terminando de merendar, Kéilan y Volker se preparan para regresar a las montañas Cúdrerianas.

Ella prepara algo de ropa nueva que le acaban de comprar, dejando en la casa la de hace varios días. Se ha puesto una saya blanca de cuello redondo y mangas largas, la falda es color violeta claro; el blusón que lleva abajo no tiene mangas. En la cintura lleva un cinturón delgado de cuero. Ahora solo lleva zapatos simples color café oscuro y un par de sandalias para cuando visite la playa. Entre tanto, Bárem aparta heno y avena para Volker en un talego grande.

—Muchas gracias, señor —expresa el equino, quien le ayuda a sostener el costal con su magia.

—Es una forma de recompensarte por cuidar muy bien a mi hija —asegura Bárem.

Lleno el talego, el hechicero le ata una cuerda para cerrarlo.

—¿No tendrás problemas al transportarlo? —pregunta él.

—No lo creo. Será una mínima molestia. Gracias.

Los cuatro monarcas y la princesa del bosque llegan temprano para despedirse y desearle buena suerte a la hija de los hechiceros. Al acabar el tiempo de relajación, Kéilan y Volker emprenden el viaje de regreso a las montañas; cuando sobrevuelan los primeros metros del mar alcanzan a ver a los reyes del reino marino, quienes han salido a la superficie para despedirse.




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