Libro 1 Historias de un bosque y un gitano (3)

IX

Al llegar al lugar se encuentran con una cueva más, demasiado amplia, alta y mucho más profunda que el almacén o el lugar de descanso. El techo de la misma tiene forma de bóveda.

Kéilan descubre una cama a su derecha, junto a la pared; las cobijas están arregladas y tendidas. En la pared del frente, suspendido en el aire gracias a tres soportes de metal y sobre un círculo de rocas, han acomodado un gran caldero negro; junto a la gran olla, del lado izquierdo y sobre una larga piedra plana, hay otros tres calderos más, aunque de menor tamaño. Del lado derecho del gran caldero hay una gran roca circular, labrada y alisada lo más posible. Sobre esta mesa circular hay varios platos de madera, morteros y cernidores rectangulares. Incrustados en la misma pared cercana, dos estantes simples guardan recipientes de madera y vidrio de diferentes tamaños y formas. Junto a la pared de la izquierda, cerca del fondo de la cueva, hay una gran mesa y una silla de madera. Sobre el mueble hay un tintero y varias plumas de diferentes aves. Al lado de la mesa, en el suelo, se encuentra un gran montón de pequeñas pilas de hojas de pergamino y de papiro, listas para recibir tinta en forma de palabras o ilustraciones.

—Entonces… —dice Kéilan después de acercarse a ese mueble.

—Así es. Aquí vivía mi dueño. La mayor parte de su vida solo usó esa cama y la mesa; en sus últimos días consiguió los calderos, las herramientas, los trastes y los ingredientes para la alquimia.

—¿Ingredientes? —pregunta Kéilan confundida.

Voltea hacia todos lados, observando las paredes naturales de la cueva.

—¿Dónde?

—Ven, te los mostraré.

Volker guía a la joven al fondo de la cueva y a la pared de la izquierda.

—Ahora, déjame acordarme de algo —susurra Volker.

Transcurren unos instantes de silencio.

—¡Ah!, ¡ya me acordé! —dice el equino.

Golpea con su pata la pared en cuatro lugares, formando un cuadrado. En un segundo una gran parte de la pared se desvanece, dejando al descubierto unas escaleras amplias de piedra que llevan hacia abajo. Antorchas encendidas alumbran el camino, tal parece que las acaban de encender. Los dos personajes empiezan a seguir el nuevo camino en espiral.

En poco tiempo llegan a lo que parece un gran almacén. Largas filas de anaqueles simples, repletos con frascos de vidrio sellados con diferentes telas y cuerdas finas llenan todo el lugar, tanto en las paredes como en el centro de la gran cámara de piedra. Varias antorchas idénticas a las anteriores se encuentran en cada pared; inclusive hay cuatro candelabros colgantes en medio con muchas velas encendidas.

—¡Increíble! —exclama Kéilan.

Con mucha curiosidad la joven revisa todos los estantes. Hay polvos de piedras preciosas y metales: esmeralda, rubí, oro y plata entre varios más; también hay sustancias que nunca había visto o escuchado: mercurio, estaño, azufre, fosforo, potasio, etc. Flores y frutas de diferentes tipos complementan todas las sustancias. Para terminar, Kéilan llega a la última sección del fondo, donde sale tan rápido como entra: ancas de rana, orugas, escarabajos, colas de lagartijas y demás sustancias «grotescas» se guardan ahí. Volker solo ríe al verla con su cara de asco.

—Deseo no utilizar ninguno de esos ingredientes repugnantes —expresa la joven mientras sube las escaleras.

—Lástima. Algunas pociones y alquimias llevan uno o más de esos objetos —comenta Volker entre las risas.

Ya arriba, se prepara todo para el siguiente paso a seguir.

—¿Ya puedo abrir los libros? —indaga Kéilan.

—Espera… —responde el equino, observando con cuidado toda la cueva.

Al parecer, trata de acordarse de algo una vez más.

—Ahora… necesito que te pares justo aquí —dice él.

Él señala el punto exacto del centro de la cueva, tanto de largo como de ancho; Kéilan obedece de inmediato. El caballo coloca los cuatro libros especiales enfrente de la joven, cada uno separado unos centímetros del otro. Le coloca la llave respectiva a cada libro, girándola y dejándola en su lugar.

—Ahora solo relájate. Pase lo que pase, no te asustes ni te resistas —le advierte con seriedad a la heredera.

Volker cierra los ojos y agacha la cabeza, empezando a pronunciar varias palabras en un lenguaje incomprensible. Segundos después, las llaves y cerrojos desaparecen; los cuatro libros se abren al mismo tiempo, justo en las páginas del medio. Los cuatro cuernos del equino y los textos comienzan a irradiar una luz color celeste muy claro; misma que empieza a envolver a Kéilan, elevándola a centímetros en el aire. Ella cierra los ojos, relajando todo su cuerpo. El esfuerzo para transferir toda la magia contenida por tantos años es enorme. Gotas de sudor escurren por toda la cara de Volker mientras que aprieta los párpados. Kéilan empieza a sentir que algo corre por sus venas; poco después se le adormecen sus brazos y piernas. A pesar de estas sensaciones incómodas permanece tranquila. Todo cambia cuando empieza a sentir miles y miles de agujas punzantes enterrándose en todo su cuerpo; el dolor aumenta de intensidad de manera gradual. Empieza a apretar los dientes y sus manos; tensa los músculos de las piernas y los brazos, tratando de soportar los molestos dolores leves. De un momento a otro la luz celeste aumenta de forma drástica de intensidad. En un segundo las agujas imaginarias se entierran más profundo, hasta llegar a los mismos huesos. Ella alza su cabeza y lanza un grito, sin que se escuche ningún sonido en absoluto. Segundos después toda la cueva se llena con un gigantesco destello momentáneo de luz blanca.

Al disiparse el destello fugaz, Volker y Kéilan aparecen inconscientes en el suelo: el equino se encuentra justo en el lugar donde estaba, mas la joven se ha movido varios metros atrás. El caballo alado se despierta a los pocos segundos, dándose cuenta de que su amiga sigue desmayada.

—¡Kéilan! —la llama mientras se incorpora, sin embargo, no obtiene respuesta—. ¡Kéilan! —grita por segunda vez, dirigiéndose hacia ella.




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