Libro 1 Historias de un bosque y un gitano (3)

XII

(Escena retrospectiva.

Dos meses y medio atrás. El mismo día que la joven Kéilan recibió todo el poder de Cúdred y se despidió del mismo hechicero)

El marqués Ferdinand se está preparando para meterse a la cama y dormir junto con su pareja, por fortuna hoy ha sido un día normal y tranquilo. Ya se ha puesto su ropa de dormir y da un largo bostezo cuando escucha una voz a su izquierda.

—¡Buenas noches amigo Ferdinand! —exclama muy feliz el espíritu de Cúdred.

Reaccionando de manera instintiva, Ferdinand da un salto hacia atrás y da un grito del susto que se ha llevado; sus sandalias se resbalan, cayendo de espaldas al suelo.

—¿Estás bien am…? —trata de preguntar Cúdred muy preocupado, pero antes de poder terminar la frase entran corriendo dos vasallos al dormitorio, al tanto que la mujer se levanta de un salto de la cama, despertada por el grito de su esposo.

—¡Ferdinand! ¡¿Ahora qué tontería estabas haciendo?! —le regaña la esposa muy enojada.

—¿Está bien señor? ¿Qué lo asustó? —preguntan preocupados los dos sirvientes.

Ferdinand se queda callado y acostado en el suelo durante unos segundos, observando con atención las caras que lo rodean, reconociendo de inmediato al espectro de su difunto mejor amigo. Ya calmado, el marqués se sienta en el piso alfombrado.

—Nada nada. Solo me tropecé con la alfombra —responde él un tanto malhumorado mientras los vasallos le ayudan a levantarse.

—¿Solo por un tropezón gritas como niña? ¡Achh! Mejor ya metete a la cama para que pueda dormir a gusto —le ordena su esposa con enojo, adelantándose ella varios pasos.

—Tú vuelve a la cama, querida, yo me iré a sentar a la sala de estar otros momentos antes de dormirme —comenta Ferdinand mientras busca su abrigo en el armario.

—Como quieras. Si te terminas durmiendo en el sillón mejor para mí —contesta la mujer sin calmarse, cubriéndose con las cálidas mantas.

El marqués ya no dice nada, saliendo de la recámara y bajando a la sala de estar de la planta baja. Los vasallos lo siguen todo el tiempo, hasta que llegan a las puertas de esa habitación en especial.

—Quisiera total privacidad, sirvientes. Los llamaré con mi campanilla si requiero de su asistencia —ordena Ferdinand con calma. Los dos vasallos aceptan la petición, quedándose afuera de la habitación.

Antes de sentarse Ferdinand enciende varias maderas en la chimenea y acerca su sillón personal para calentarse más.

—Perdóname amigo. No era mi intención molestarte —dice apenado el espíritu de Cúdred mientras se acerca por la derecha.

—Gritarle al oído a alguien mientras está bostezando nunca es una buena idea para saludarlo, mucho menos si ese alguien no esperaba visitas en la noche —responde Ferdinand con seriedad, volteando de manera lenta con el fantasma del hechicero.

—La verdad no me pude contener. Discúlpame. Es demasiada la emoción que estoy sintiendo. ¡Por fin apareció mi heredera! ¡Ya tengo una aprendiz! —festeja emocionado Cúdred a todo pulmón, quedándose pensativo segundos después, añadiendo con algo de inseguridad—. Eemnh. Bueno, visto de una perspectiva divina o metafórica, podría decirse que también es mi nueva hija.

—¿Heredera? ¿Nueva hija? ¿Estás hablando de las enciclopedias y todo tu poder que dejaste en ellos? —inquiere Ferdinand; no espera respuesta, entendiendo la euforia de su antiguo amigo, comentando de inmediato—. Bien por ti, socio. Dime, ¿quién ha sido la afortunada en recibir todo tu poder divino?

—Kéilan, una de las hijas del hechicero Bárem —revela Cúdred con alegría.

—La jovencita Kéilan. Bien bien. De todos mis conocidos, me parece que ella es la mejor opción. Idaira es demasiado pura, Enam es un ser acuático, Ixus es demasiado impulsivo y la pequeña Zulr no está preparada para llevar tal carga —menciona Ferdinand mientras voltea hacia el fuego.

Hay un silencio acogedor que dura medio minuto, antes de que el marqués le pregunte lo siguiente al espectro de su amigo.

—¿Y crees que ella sobreviva a la invasión inminente?

—Nuestro amo original Kijuxe me lo ha prometido, al igual que ha prometido resguardar la vida de tu hija Míriam. Ellas dos tienen sangre divina de Rómgednar, tu hija desde el nacimiento y recién Kéilan gracias al hechizo que dejé con Volker, ahora Kijuxe ya tiene autorización de intervenir con esas dos almas. Ni hablemos del gitano Cathal. El es la pieza clave para salvar nuestro universo natal —asevera Cúdred con seriedad.

—No me recuerdes ese tema, no me lo recuerdes —dice Ferdinand en voz baja, intentando no gritar; deja que el silencio llene la sala antes de comentar lo siguiente—. Nuestro universo Rómgednar se salvará, pero la muerte de Ítkelor me sigue dejando un mal sabor de boca. Esperar mi hora final en estas tierras es un tormento diario; sin la constante interacción con mis amigos, humanos y feéricos, sumando la vida de mi hija, ya estuviera deprimido o ya me habría suicidado.

—Vamos compañero, no te dejes llevar por la desesperación. También me entristece la extinción de Ítkelor y sus habitantes, mortales y místicos, pero no podemos hacer nada al respecto. Solo nuestro amo Kijuxe puede hacer algo al resp…

De repente Cúdred se queda callado. Ferdinand voltea con él, dándose cuenta de que el espectro está mirando hacia la segunda puerta de la habitación. Está esperando demasiado expectante a que algo suceda.

—¿Qué ocurre Cúdred? ¿Qué te pasa? —indaga confundido el marqués, pero no obtiene una respuesta inmediata. Tiene que esperar una docena de segundos antes de que Cúdred voltee a mirarlo y le pregunte con perplejidad.

—¿Kijuxe te dijo algo sobre una visita especial a estas horas?

—Ya te dije que no esperaba ninguna clase de visita tan noche. Nuestro antiguo amo no me ha dicho nada nuevo en meses —responde Ferdinand igual de extrañado.




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