Libro 1 Historias de un bosque y un gitano (5)

IV

En las orillas del bosque de Güíldnah Zelinda retoma su forma humana, justo al lado del romaní Grigore. Ellos dos escogen un roble alto y viejo junto con dos árboles jóvenes.

—Es hora de que use su magia, majestad —precisa el líder gitano.

En un lenguaje inentendible para su compañero, la ninfa les empieza a hablar a los tres árboles. El romaní escucha un eco de esas palabras; no sabe si solo es en su mente o en todo el bosque. Acabando de pedirles el gran favor al trío de habitantes, la reina se hace a un lado, cerca de su compañero zíngaro; todo queda en relativo en silencio durante varios segundos.

—¿Qué han dicho? —le pregunta él.

Al terminar de formular la pregunta se inicia un leve terremoto; los dos personajes se alejan. El caballo mantiene la calma mientras que los robles empiezan a tener vida propia; sus raíces emergen a la superficie, actuando como tentáculos de un gran pulpo. Los tres dejan su hogar y comienzan a avanzar hacia el Nornoreste. Nunca había visto algo parecido el romaní mayor, mas no se sorprende mucho; disfruta el espectáculo, sonriendo en todo momento. Él y Zelinda empiezan a seguir a los robles; alcanzando al más viejo, la ninfa se acomoda en una de sus grandes ramas, lejos del suelo. Los árboles andantes son iguales de rápidos que el corcel purasangre, el cual galopa a toda prisa. En medio del recorrido, el gitano líder alcanza a ver a un mar de hadas, duendes y avecillas dirigirse a su campamento.

«De seguro Sibisse ya terminó de copiar las instrucciones del libro. Espero que no sean difícil de coser las velas», piensa él.

En el comienzo de la pradera amarilla los hombres se han reunido, esperando impacientes por la leña. La mitad del descomunal ejército se encuentra armando el campamento, la otra mitad espera cerca de la playa.

Ya es la primera hora de la tarde.

En la playa cercana del nuevo asentamiento de gitanos y guerreros, olas medianas rompen en la costa. No es una playa concurrida; muchos viven lejos de ahí, sumando la peculiaridad de que en los primeros metros de la orilla del mar, extendiéndose decenas de metros por la costa, miles de rocas de diferentes tamaños tapizan el suelo. Raro para ser una playa al lado de una pradera.

Mientras tanto, Bárem, los dos capitanes y el gitano Andrei han explicado a todos los presentes el procedimiento que van a seguir, tratando de hacerlo de la manera más detallada y simple posible.

Unos cuantos guerreros ven en la distancia dos objetos altos acercarse.

—¡Algo se aproxima! —anuncian a los demás.

Muchos se quedan mudos de la impresión cuando distinguen los objetos que van llegando.

—¡Espere un momento, su majestad! ¡Permítame avisarles a los otros que necesitamos espacio! —le grita Rudolf «el patriarca» a la reina ninfa.

El caballo tiene que galopar más aprisa, llegando primero con los suyos y los guerreros.

—¡Hagan espacio compañeros! ¡Se necesita mucho campo libre para la leña! —les grita él a todos.

Los capitanes y el gitano campeón le ayudan.

—¡Atrás!, ¡todos para atrás! —ordenan ellos.

Los hombres empiezan a retroceder, dejando un gran espacio entre el mar, la playa, algo de pradera y ellos. Llegando al punto apropiado y calculando la gran altura de los árboles para que caigan en el lugar ideal, la reina Zelinda les pide a los altos robles detenerse, agradeciéndoles por su sacrificio; se transforma en una leve brisa para bajar junto a Grigore.

—Solo esperan mi orden —le informa ella al tanto que vuelve a su forma humana.

—Gracias su alteza. Espere unos momentos mientras nos organizamos.

Lo primero que busca el líder zíngaro es a la hechicera Kéilan, encontrándola cerca de la arena de la playa, junto a una gran pila de piedras y acompañada por un par de guerreros.

—¿Crees que alcanzará con ese montón?

—Eso supongo —dice ella mirando las piedras; un segundo después voltea con Grigore, expresando—. Si faltan, hay de sobra en la playa.

—Estupendo, solo hay que esperar a que lleguen las ovejas. Iré a hablar con mis compañeros. Tú solo espera el material para empezar a trabajar y proveernos de hachas.

Rudolf «El líder» les pregunta a los demás líderes después de acercarse con ellos.

—¿Ya todos saben los pasos que hay que seguir?

—Así es. Lo primero es cortar las ramas —responde Bárem.

—Y… al parecer las raíces también —comenta Sir Terrence, viendo al trío de árboles vivientes.

—El paso siguiente es trabajar el tronco de los árboles jóvenes, para así obtener la viga principal —asevera el hechicero del bosque, añadiendo—. Con el árbol viejo tenemos que cortar el tronco en segmentos para conseguir las tablas para el casco.

—Con esos pasos basta por el momento —asevera Grigore, comentando al final—. Ahora hay que dividirse el trabajo.

Se necesita de un minuto para que los cuatro líderes se organicen, dirigiéndose a todos los demás hombres. Los dos capitanes, el gitano campeón Andrei, Grigore montado en su caballo, Bárem e Ixus se internan entre la muchedumbre.

—¡Escuchen bien todos! ¡Sepárense en cuatro grupos! ¡Sepárense en cuatro grupos! —ordenan ellos.

Entre empujones y uno que otro tropezón se forman cuatro grupos grandes de romaníes y soldados, casi con el mismo número de integrantes cada uno.

—¡Recuerden en todo momento quien es su líder! ¡Él será su jefe hasta que terminemos los barcos! —exclaman los cuatro dirigentes al unísono.

Sir Ahren se dirige a un grupo, ayudado por Bárem.

—¡Nosotros nos encargaremos de todas las ramas!, ¡córtenlas todas para dejar solo el tronco principal!

Sir Terrence hace lo mismo con la tropa siguiente; el hechicero del bosque también le ayuda a dar las órdenes.

—¡Nuestro trabajo serán las raíces! ¡Que no quede ninguna!

Ambos capitanes dicen lo mismo al final.

—¡No todos tienen hachas!; ¡los que no posean una, pídanle una a sus compañeros de los otros grupos! ¡Si ya no alcanzan, acérquense con la magnífica hechicera de Piim-Asud!, ¡ella les proveerá de varias herramientas para trabajar!




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.