En la madrugada del sexto día, todos los presentes contemplan sus obras terminadas: son dos barcos vikingos Snekker. Las puntas del codaste y de la roda terminan en simples picos cuadrados; los numerosos adornos tallados en los mismos los han omitido. La vela es toda de color blanco.
Ansiosa por saber cuál es la siguiente labor, la muchedumbre se reúne en torno a las dos embarcaciones; los líderes principales se reúnen en frente de la gran multitud.
—¡Felicidades a todos! ¡Por fin hemos terminado! —anuncia feliz Sir Ahren.
Un tiempo corto de aplausos se escucha por toda la playa.
—¡¿A qué hora partimos?! —inquiere Sir Emil, quien se encuentra hasta delante de la multitud.
—En las primeras horas de la mañana. Hay que reunir provisiones y preparar las tiendas para descansar.
—También los hombres necesitan un corto tiempo de descanso —comenta el gitano campeón Andrei.
—En eso tienes razón —concuerda Sir Terrence.
Todo el ejército se esparce por la pradera después de recibir las siguientes órdenes, mientras que los cuatro jefes ayudan a reunir los elementos para el viaje.
—Oye amigo —le dice Sir Ahren al acercarse con Grigore; su voz y cara reflejan mucho nerviosismo, antes de compartir una duda—. ¿No te preocupa perder las llaves? Casi nos hemos tardado una semana entera en construir los navíos. Puede ser que las creaturas y las llaves ya estén bastante lejos de aquí, tanto en alta mar como al Oeste o Sur de Ítkelor. Nos tardaremos una eternidad para encontrarlos.
—Rezo a Dios que no sea así. Me aferro a la posibilidad de que las llaves siguen en altamar —le responde Grigore con seriedad.
—Sí lo piensas de esa manera, yo también estaré rezando.
Se reúne la comida y bebida, para después guardar esas provisiones en varios cofres medianos; los mismos serán los asientos de los marineros. Los cofres los fabrican con la madera sobrante, aunque varios pertenecen a los gitanos, a los guerreros y a los hechiceros del bosque. Horas más tarde algunos hombres están preparando sus armas y ropas para el largo viaje; todavía nadie ha sido escogido para la aventura marítima, pero es mejor adelantar todas las tareas pendientes posibles. Entre tanto los reyes de Piud, los líderes romaníes, los capitanes del Este, los dos héroes errantes y la familia de hechiceros se reúnen en una parte de la pradera.
—Llegó la hora de organizar a las tropas —señala Sir Ahren.
—Lo más conveniente es que los dos contingentes sean de ochenta y cinco soldados cada uno. En total cincuenta arqueros míos y ciento veinte guerreros —opina Grigore.
—Sobrarán cinco espacios en cada barco —observa Sir Terrence, preguntando al final—. ¿Quiénes van a llenar esos espacios?
—De hecho, habrá tres espacios en una embarcación y dos en la otra —asegura el líder romaní, calculando todo con anticipación.
—En ese caso que vayan cinco guerreros más —interrumpe el gitano campeón Andrei.
—Solo si el capitán primero está de acuerdo con esa idea —menciona Grigore, volteándolo a ver, asegurando un detalle—. No puedo enviar a más de mi gente; ya son la mitad de los hombres de todo el campamento.
—Claro. Cinco más de nuestros hombres nos acompañarán —contesta Sir Ahren.
—¿Y los demás? —pregunta Bárem.
—Ahora voy a esa parte —responde Grigore.
—Siempre con tus sorpresas Rudolf «El patriarca»; lo has resuelto todo, ¿no? —supone feliz el vasallo Jensen.
—Es solo una sugerencia mía —les dice a los reyes menores del bosque, explicando sus ideas— sus majestades reales. Ustedes deben de quedarse aquí para proteger al rey y a la princesa con ayuda de todos sus súbditos.
Ahora se dirige con los dos capitanes de los guerreros, diciéndoles.
—Uno de ustedes dos debe de acompañarnos, mientras que el otro se queda aquí para dirigir a los soldados remanentes.
—Yo quiero ir con ustedes —solicita el gitano Andrei.
—Gigantón, yo seré el que ayude a recuperar las llaves del rey. Sabes a la perfección que eres el segundo al mando, así que te quedarás para cuidar al monarca hechicero, a la princesa y a mi gente que se queda —le reprocha Grigore.
—¡Oh! Bueno. A la orden jefe —gimotea el gigante.
—¿Qué hay de nosotros? —pregunta la hechicera Míriam, refiriéndose a ella y a su amigo Declan.
—Solo uno de ustedes puede venir; el otro se quedará para ayudar a vigilar. No hay que dejar desprotegido al rey ni a la princesa —les informa Grigore, terminando con una pregunta general—. Hasta el momento, ¿qué les parece mi sugerencia?
—Muy bien planeada a mi parecer —comenta la reina Zelinda.
—¿Por qué nos has dejado afuera de tu plan, a mi esposa y a mí? No ocuparíamos ningún espacio importante del barco, ¿o crees que solo seremos un estorbo? —rezonga el rey duende.
—¡Vamos Rur! ¡No seas cascarrabias! Sabes que esto es peligroso para ustedes —exclama la reina ninfa.
—Zelinda tiene razón, querido; no podremos ayudar mucho. Lo mejor es quedarse a proteger a nuestro amigo Kírill y de Idaira —respalda la reina hada Neri.
—Por nuestra parte, tampoco le vemos problemas a tu plan; de hecho, ya nos hemos puesto de acuerdo —manifiesta Sir Ahren.
—Iré yo. Mi compañero se quedará con los demás soldados —precisa Sir Terrence.
Solucionada una parte de la estrategia, el patriarca zíngaro continúa con su explicación.
—Como siempre, no puedo vivir ninguna gran aventura sin mi colega: Sir Emil.
—Gracias compañero —agradece Jensen.
—Nuestro último pasajero… mejor dicho pasajera, será Kéilan.
—¿Qué hay de mi asistente? —pregunta ella.
—Lo siento; como se lo dije antes, uno de los dos tiene que quedarse con Kírill para protegerlo. Gyula se quedará aquí —responde Grigore.
—Me parece lo más adecuado —acepta Bárem.
—Si es que mi hija no tiene algún inconveniente —comenta Sibisse.
Todos los presentes voltean a verla.
—Yo no tengo ninguna objeción —recalca ella.
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Editado: 30.10.2026