Lo MÁs Importante

LO MÁS IMPORTANTE

Lo más importante -pensaba mientras me empujaban-, es que nunca, jamás, por ningún motivo bajes las manos; es que es el transporte público el lugar indicado para aprender el significado de aquellas palabras y se convierten en palabras de vida. Agradeces cuando estás a lado de una persona que entiende lo mismo, así que ahí estoy, con las manos en el tubo, la mochila en el suelo bien sujeta por mis piernas que la aprietan y mi vista en el mapa de estaciones que faltan por recorrer; hasta que... sí, siento un cuerpo rígido que se desliza por mi costado del lado izquierdo, justo debajo de mi axila, se siente de manera muy leve, casi imperceptible, comienza debajo de mi axila, recorre unas tres o cuatro costillas y se separa, regresa más o menos en el mismo punto, se desliza y vuelve a desaparecer. Es un intento de caricia; intento, por qué el objeto se siente tan rígido como un pedazo de metal.

No importa la gran imaginativa que uno desarrolla a lo largo de los años, en esos momentos, lo único que puede aliviar a la mente es el mirar por sí misma. Y la última opción debería de ser el dormir el cuerpo e ignorar que se siente algo, porqué bien lo dicen “cuerpo dormido, cuerpo perdido”. Para alcanzar a ver lo que hay en mi costado debo realizar una inclinación lateral del cuerpo hacia mi derecha; de forma que intento exhibir el objeto cercano, a pesar de mis esfuerzos, lo único que alcanzo a percibir es la espalda de la señora que va a mi lado. La persona sentada frente a mí, indaga en su celular y la persona detrás de mí, está roncando. De acuerdo, debió ser la señora que accidentalme… ahí está otra vez.

“¿Cuántas estaciones faltan para mi destino?”, me detengo en mi intento por alcanzar a ver lo que me roza, que al mismo tiempo, se desaparece; me pregunta un señor que está de pie a mi derecha utilizando una sutil técnica para llamar la atención de una persona distraída: me jala del hombro. El señor cabecita blanca, a pesar de traer los lentes puestos y de entrecerrar los ojos parece que no alcanza a ver bien. “¿Puedes ser tan amable de decirme cuántas faltan?” vuelve a preguntar el señor. Inclino la cabeza ligeramente hacia él y digo: “Eeemm… ¿a qué estación dice que va?”, “es que creo que ya me pasé, y es la tercera vez, sólo tengo tres oportunidades”, el señor parece que además de ciego, es sordo. “¿Hijo, en cuál bajas tú?”, mmmmhh ciego, sordo y platicador, respondo por qué las probabilidades me dicen que no durará nuestra charla. Giro los ojos, pasándolos por el pasamanos mientras digo “pues yooo…”, hago una pausa en mi respuesta, miro su mano que sujeta el tubo: no está tocando el tubo. El anciano mantiene un equilibrio de envidia y ni siquiera toca el tubo. Continúo mi respuesta y el señor parece recordar que baja en la misma estación. Y para demostrar que siempre me equivoco, el viejo me empezó a hacer charla.

Para mejorar la escena, el anciano hablaba bajo, lo que parecía no preocuparle, así como el interrumpirme seguidamente con la razón de que no escuchaba bien lo que yo decía. Por menos razones había yo dejado de intentar hablar con otras personas, pero no sé qué fue lo que me motivaba a seguir esforzándome en entablar la conversación, yo supongo que no quiero ser grosero con los ancianos. Bueno, la verdad es que me intrigaba el cómo lo hacía, cómo mantenía el equilibrio sin siquiera tocar el tubo.

El señor dijo ser de Tepito, nació, creció y vive ahí: “hasta quién sabe qué época siga yo ahí” se expresó. Supongo que hay lugares que nos crean la sensación de no poder escapar de allí, que lo que hacemos, decimos y pensamos están directa y estrictamente relacionadas con nuestro lugar de nacimiento.

“No es un buen lugar, pero no era así antes; antes, cuando era yo joven, había menos gente en esos lugares, más espacio para que los niños jugaran; eso siempre trae paz al lugar que sea, la risa de los niños mientras se divierten. Y se aprenden más cosas uuuh sí yo te pudiera contar. ¿Sabes cuántas maneras hay de ganarse la vida?”, vaya, eso sí lo escuché… en realidad, así lo recuerdo, recuerdo que escuchaba la mitad de sus palabras y la otra mitad me parecía verla en mi imaginación, en fin, le respondí que son tres las maneras de ganarse la vida: estudiando, trabajando o siendo mantenido. Me respondió que depende de qué vida es la que se quiera ganar, ¡rayos!, nunca adivino, cuando uno tiene una respuesta resulta que hay que ver más y cuando uno ve más, resulta que no hay que verle tanto. Y bueno, el anciano retomó: “todos deseamos una vida en la que ganemos, una vida en la que incluso el perder sea un ganar. ¿Ganar qué?”, eso lo respondería después, “cuando somos niños no sabemos ganar, lo que aprendemos con la edad sin querer es a perder, ¿lo ves? Nos creamos un velo con rostro amigable y que parezca que nos dice que ganamos. Como el dormir, mira a tu alrededor, tengo cuatro, cinco personas dormidas”, yo sólo vi cuatro, “¿tú crees que el mundo se detiene mientras duermes?”

Odio las preguntas capciosas, es que cuando alguien te hace una pregunta de esas no deberías responder, la misma pregunta no te exige una respuesta, no es pregunta pues. Negué con la cabeza, el señor se volteó en dirección de la puerta dándome la espalda y comenzó a avanzar como podía a la entrada; cómo no me había dado cuenta que ya era la siguiente estación, estación a la que estábamos llegando, a la que me dirigía. Mejor el anciano, medio ciego y medio sordo, adelantó que era la estación en la que nos bajábamos, ahora me daba cuenta que era él quien dirigía. Yo me bajo en aquella estación porqué transbordo, ¿qué haría el señor? Lo mismo, también transbordaba y se dirigía en la misma dirección que yo.

“¿Sabías que los alces duermen de pie y es por qué de noche se les entiesan las articulaciones de las patas traseras? Así que duermen recargados a un árbol.”. No, no lo sabía, en realidad, nunca he visto a un alce y ni sé si existan aun o ya se extinguieron. El viejo continuó: “Cuando vienes de un lugar difícil lo único que te alivia el alma es el saber de otros lugares, inclusive se vuelve necesario. Por eso nos interesan tanto los datos curiosos, es la manera más eficaz de manifestar un contacto con el alma, mediante el asombro.” Supongo que tiene razón; caminamos evitando chocar y yo, haciendo un esfuerzo sobrehumano para alcanzar a escuchar lo que el señor tenía que decirme; y al señor, sigue sin importarle.




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