Las luces de la ciudad parpadean en la distancia, distorsionadas por la brisa helada que recorre las calles mojadas. El eco de mis pasos rebota contra el pavimento, rompiendo el silencio de una noche que parece contener la respiración. Londres, en su inagotable grandiosidad, sigue adelante, ajena a la tormenta que se agita dentro de mí.
Entre mi respiración entumecida por el frio deslumbro el puente que aparece ante mí como una criatura dormida. Su estructura se alza imponente, bañada en destellos amarillentos de faroles solitarios. El agua bajo mis pies se mueve con una cadencia hipnótica, un vaivén oscuro que no deja de llamarme. No sé en qué momento mis pasos me trajeron hasta aquí.
Mis manos se aferran al borde frío de la baranda. Mi pecho sube y baja con cada respiración que parece más pesada que la anterior.
“¿Qué es peor?”
Ese pensamiento cruza mi mente sin permiso, tan natural y familiar como el sonido del viento entre los barrotes de metal.
“Escuchar lo que quiero escuchar… o enfrentar la verdad que me he negado a aceptar?”, ¿Qué me ame y no me desee? O ¿Qué me desee, pero no me ame?
El viento sacude mi cabello rizado, empujándolo contra mi rostro con la misma crudeza con la que mi mente me empuja contra mis recuerdos, que de una u otra forma quiero negar.., en si nuestro amor siempre fue así: desalineado, como una melodía que nunca encontró su armonía. Tú, encajando en cada espacio de mis pensamientos como un rompecabezas incompleto. Yo, negándome a ver que, desde el principio, el final ya estaba escrito.
Cierro los ojos, y tenso mi boca intentando cerrar otra verdad que no quiera escuchar.
Cada noche, cada tarde, ignoré las señales, fingiendo no entender lo que siempre supe…. Que estabas aquí, en mi mente, pero nunca en mi realidad.
Mi agarre en la baranda se afloja, considerando si dejarme ir..
Un escalofrío me recorre la espalda cuando el agua bajo mis pies se convierte en un abismo sin fondo, las luces de la ciudad titilan una vez más Y entonces, simplemente, dejo de resistirme, me deje caer…