Lo Que El Tiempo Se LlevÓ

EL Pais Indígena

LO QUE EL TIEMPO SE LLEVO

 

Aquella imagen que construí mentalmente, recodo a recodo, de la ciudad Indígena, me llegó a través de un correo humano que recorrió milenarios caminos de herradura sin casi dormir ni casi comer, desde (Macambú) hasta(Beyaé).  En Su caligrafía juguetona, tirada como por el viento a la derecha, aquel amigo de la infancia me contaba del aspecto y las formas peculiares de la gran aldea Macambucana. 

Nos conocimos en la infancia y jugamos a las canicas en los patios del colegio Monserrat,cuando las clases eran estrictas y los profesores eran solemnes. 

En aquella carta manchada en los rebordes y apuñalada de pliegues, estaba descrita con gran detalle la gran residencia poli céntrica y las construcciones aledañas: y, entre ellas, pequeñas extensiones dedicadas al pastoreo y el cultivo de especias.  Intentó sin éxito ilustrar con malos dibujos la Aldea, pero eran más aproximadas sus palabras trazadas con la fuerza del viento, que describían con la potencia de sus sentimientos lo que a su corazón asaltaba:  palmas secas formaban densas techumbres que el viento hacía sonar como maracas;   osos pardos disecados cuyo espíritu parecía habitar aún en sus ojos negros de goma y que ofrecían una venía a la entrada de las cabañas;  pero lo que me describió con mayor énfasis fue la belleza de las joyas que exhibían todos sus habitantes: colgaban de sus cuellos gruesas y largas cadenas, de sus manos robustas manillas y manillares y en cada dedo estaba ceñido un gran anillo.  Todo aquello era de oro macizo.  En sus trazos cada vez más a la derecha, como sacudidos por un monzón, también me refería la belleza exótica de inverosímiles mujeres color canela, de baja estatura, menudas como venados, de ojos bailarines, brillantes y grandes  y sin ropa  en el torso.  Desde que él se aventuró a recorrer el mundo luego de que termináramos el colegio, no había vuelto a tener noticias suyas;  y el mundo que yo conocía hasta entonces y el mundo que  él me describía en los numerosos folios,  eran absolutamente tan distintos, que yo pensaba que hacían parte de una ficción o de la imaginación de un febril.  No lograba conciliar el sueño tratando de entender como dos mundos podían ser tan diferentes.  Sus líneas como alambres de púas me narraban que entre dos pequeñas colinas y en un valle sinuoso se asentaban unos treinta o cuarenta ranchos, todos con suficiente área para criar gallinas, cerdos y burros, trampas para osos de anteojos en los setos,  y en centro trazado a ojo de buen cubero, había una construcción majestuosa de madera y paja, de tres niveles, y en la que vivía el gobernador de la aldea, el gran Marabelé.  Los indios vestían túnicas blancas decoradas con orlas, taparrabo y un cuchillo que amarraban al cinto. En su nariz horadado un aro de hueso de manatí.  En cuanto a las mujeres tenían mantas de diversos colores para la fiesta al dios del Río,  - el que daba larga vida, mientras se bañaran con coronas de orquídeas en sus aguas-  y mochilas cortas de cabuya.  Algunos usaban sombrero de paja con visera de plumaje vistoso.  El color de su piel era oscuro sin llegar a ser negro, un mestizo atenuado que en las mujeres se volvía canela y mate, por su trabajo en las minas.   Sus dientes eran muy blancos, por el alto consumo de pescado, decía mi amigo.   El río Moutete estaba a dos tabacos de distancia y los adolescentes tenían la obligación de traer el pescado fresco. 

Me asombró la forma como me contó que recolectaban el pescado.

Desde los trece años sus padres los enviaban al río, indistintamente del sexo.  Una vez allí escogían una pareja, primero,  y después jugaban a atraparse, bajo el agua fría, y en medio de las corrientes saltarinas, copulaban;  después se ofrecían regalos de  salmón y  boca chico cazados con sus propias manos para llevar a las cabañas.

Después de cautivarme con los paisajes, con las costumbres, con las creencias, después de encariñarme con el gobernador y con los habitantes de los cuales me contó bellas historias, me hizo una confesión terrible. Casi sin advertirme, me relató que  todo aquello había sido destruido y hecho solo polvo y ruina.  Creo que mi amigo me escribió todo eso para dejar constancia de que en realidad la ciudad si había existido y dejar constancia de la horrenda monstruosidad de aquel crimen.  Él se salvó por ser blanco, por inmiscuirse entre los atacantes y formar, aparentemente, inteligentemente, parte de ellos…  pero vio cómo llegaron una madrugada, bajo la luna llena de octubre, y sometieron a pillaje desde sus caballos  a todos los habitantes, quemaron las cabañas y se hicieron a la cabaña poli céntrica para juzgar al gobernador por falsos crímenes.

Presumo que la urgencia de escribirme era para que si le mataban alguien pudiera saber totalmente la verdad de lo que pasó y le llevó además a contarme los detalles escalofriantes de los días previos a la toma a sangre y fuego.  Describió las altas llamaradas y los gritos de auxilio de los bebés que se quemaban en las chozas, las madres escondiendo niños en los resquicios de las selvas y volviendo para sacar a trompicones a los otros que se quedaban en las cabañas, la angustia de sus ojos, y los hombres luchando contra el demonio blanco.

Contarme de una ciudad tan bella, tan llena de vida y de imágenes sorprendentes, para después decirme que nunca la podría ver tal y cual me la contaba porque simplemente el fuego la había convertido en ceniza no fue para mí algo con lo que pudiera sentirme cómodo: despertó en mi furias desconocidas.

Hoy me doy cuenta de que aquella carta larga como un cuento histórico me arrebató la inocencia y nunca más volví a ser el mismo.  Me acercó a tomar una decisión que cambiaría para siempre el aspecto de mi vida.  Cambiaria mi espiritualidad y hasta mi despreocupación por los bienes de esta tierra.




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