Lo que no deberíamos ser

HUGO

El despacho estaba tan intacto como lo había dejado el viernes anterior. Los papeles, cuidadosamente colocados sobre la mesa, seguían un orden que solo yo entendía.

Miré el reloj: las 7:54. Me aseguré de que todo estuviera en orden. Y lo estaba.

Todo, menos yo.

Me había repetido al menos diez veces que ese sería el último favor que le haría a Julián. Que contratarla había sido una decisión lógica.

Práctica.

El bufete necesitaba apoyo en ciertas áreas y ella acababa de graduarse con honores. Conocía el sistema, el lenguaje jurídico y, sí, cuando no se empeñaba en autodestruirse, era una mujer inteligente.

Al menos la que yo recordaba.

El problema era que también conocía mis debilidades.

Nada más verla cruzar la puerta esa mañana, con su andar desafiante, su vestido sencillo y el cabello recogido con descuido, supe con absoluta certeza que estaba jodido.

—Buenos días —dijo, sin el menor esfuerzo por sonar simpática

—Llegas justo a tiempo. Eso ya es más de lo que esperaba.

Ni un gesto. Ni una mueca. Solo esos ojos verdes, cargados de todo, siempre.

Le pasé una carpeta con documentos.

—Quiero que revises estos contratos de confidencialidad. Señala cualquier cláusula que consideres ambigua. Y sí, habrá prueba escrita después —añadí, antes de que pudiera replicar.

Ella soltó una risa nasal, seca, y se sentó frente a mí. Siempre lograba ponerme en tensión cuando me escaneaba con esa mirada.

—¿Y no me va a hacer ninguna entrevista, señor De la Fuente? —se burló, cínica—. No son muy rigurosos con los procesos de contratación en este lugar.

—¿Qué quieres, Antonella? No me digas que algún colega tuyo de la cárcel necesita un favor.

La ira recorriendo su cara me produjo una agradecida sensación de victoria.

—No me tientes a ser la mala, Hugo. No te conviene.

Como si no lo fuera ya.

Mala para mi concentración.

Mala para mis límites.

Mala para mi paz mental.

“La hija de tu mejor amigo”, me repetía mentalmente. “Es la hija de Julián, joder”.

“Le sacas quince años”.

—Sé por qué estoy aquí —continuó, para mi alivio—. Eso no quiere decir que no me lo merezca. Quiero que me trates como a una empleada más.

—Y yo quiero que no destroces mi reputación el primer día.

—Lo digo en serio —recalcó.

—¿Crees que no lo haré? —pregunté, algo ofendido.

—Creo que tienes el síndrome del príncipe encantado y te empeñas en verme todavía como la niña pequeña que conociste.

Contuve una carcajada burlona. Veía a Antonella de muchísimas formas, pero como una niña indefensa, jamás.

Estaba a punto de corregirla cuando Verónica apareció. Perfectamente peinada, con un vestido negro sin una arruga y labios rojos como si viniera de una sesión de fotos. Era todo lo que Antonella no, y no entendía por qué mi cerebro se empeñaba en compararlas.

—Hola, amor —dijo, entrando como si el bufete fuera suyo.

—Hola —respondí con cierta tensión.

Antonella clavó la vista en la rubia, sin disimular su nula alegría de verla. Me levanté para presentarlas.

—Antonella, ella es Verónica. Mi pareja.

Un silencio incómodo se instaló unos segundos. Luego, con una sonrisa milimétrica, Antonella respondió:

—Encantada. No sabía que tenías… Bueno, novia —dijo, como si aquello le costara horrores.

—No acostumbro a difundirlo —repliqué, sin saber por qué.

—Será mejor que me ponga con esto —comentó ella, señalando los papeles.

Verónica la escaneó de arriba abajo. No dijo nada, pero la incomodidad era palpable.

—¿Vienes a la fiesta, Anastasia?

—Antonella —la corregimos los dos al unísono, y ambas me miraron.

—¿Qué fiesta? —preguntó, curiosa.

—Vamos a dar una fiesta en la casa de Hugo —empezó Verónica, apoyando las manos en mis hombros—. Vente, la piscina es enorme y habrá un catering de infarto. Lo pasarás bien.

Antonella pareció sopesar con cuidado sus palabras, como si no terminara de saber si aquello era real o una emboscada. Se me olvidó por completo hablarle de la fiesta, y a decir verdad, casi lo hubiera preferido.

—¿Puedo ir acompañada?

Su pregunta me pilló tan desprevenido que no pude ocultar la sorpresa en mi mirada.

—¿Acompañada? ¿Con Lucas?

—No —aclaró, algo más tímida de lo habitual—. Otra persona.

Mi pulso se aceleró ante sus palabras y mis ganas de fiesta pasaron de bajas a nulas.

¿Cómo era posible que le hubiera dado tiempo a conocer a alguien en una semana?

De pronto recordé el maldito número que tenía en la mano la mañana que la arrestaron.

Sabía que debía haberlo borrado nada más verlo.

—Por supuesto. Tráete a tu chico, faltaría más.

Miré de reojo a Verónica y enseguida entendió el mensaje. No era quién para invitar a nadie a mi casa, y mucho menos sin consultármelo.

—No es mi chico. Es un amigo —respiré más aliviado con su aclaración—. Por ahora.

Alcé las cejas, incrédulo, y por un momento me pareció que eso le divertía.

—Necesito ese contrato para hoy. No por ser tu primer día tienes que tomártelo con calma —zanjé el tema, más arisco de lo necesario.

Me lanzó una última mirada de esas que destilaban veneno y se marchó.

La mañana siguió como si nada. Papeles, reuniones, clientes complicados… y Verónica. No es que trabajar con tu pareja fuera malo, sencillamente era…cansado.

Nos conocimos allí, como compañeros de trabajo. Dos abogados penalistas que compartían muchas horas juntos, y asi como si nada, entre charlas y polvos la cosa se volvió mas estable.

Ella estaba enamorada, lo sabía porque se empeñaba en decirmelo una y otra vez. Yo no, y ella lo sabía porque lo dejaba claro siempre que podía. Ese detalle no parecía alejarla, mas bien al contrario, el hecho de que al menos me planteara una relación medianamente estable parecía servirle por el momento.




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