Lo que no deberíamos ser

Capítulo 9

El domingo amaneció tranquilo.

Después de la intensidad de la noche anterior —la pesadilla, la película, quedarme dormida con él—, desperté con una sensación nueva. Extraña.
Como si algo se hubiera recolocado entre los dos.

No hubo comentarios. Ni gestos incómodos. Solo un café en la cocina, en silencio, y una especie de tregua no hablada que ambos respetamos.

Después del desayuno, Hugo desapareció en su despacho.
Yo aproveché para darme una ducha larga, ponerme ropa cómoda y, sin pensarlo demasiado, fui a buscarle.

La puerta entreabierta y la música clásica de fondo creaban una atmósfera distinta, casi acogedora.

—¿Molesto? —pregunté, asomando la cabeza.

Él alzó la vista de unos documentos y esbozó una media sonrisa.

—Eso dependerá de tus intenciones.

—Quiero trabajar —dije sin rodeos—. No me vendría mal algo de ayuda. Y me han dicho que esto se te da bien.

Me miró unos segundos, como calibrando algo.

—Ven —dijo finalmente, señalando la silla frente a él.

Me senté, más nerviosa de lo que habría querido admitir. Sacó un par de carpetas gruesas y las deslizó hacia mí.

—Este es un caso real. Procedimiento de impugnación de testamento. Léelo y dime qué detectas.

No respondí. Me sumergí en los papeles.
Tardé un rato, pero, poco a poco, empecé a subrayar cosas, tomar notas, hacer preguntas.
Y él respondía. Con paciencia. Con precisión.

Por primera vez en mucho tiempo, parecíamos dos personas normales.
Tuve que hacer un esfuerzo titánico para no quedarme embobada con sus labios o el brillo de sus ojos.
Pero, por lo demás, me comporté bastante bien.

—Has mencionado la cláusula 8 —dijo en algún momento—. Incluso Carlos la pasó por alto en la primera revisión.

Le miré, sorprendida.

—¿Me estás diciendo que he encontrado algo que no visteis? —pergunté animada.

—No te emociones tanto. Él no lo vio, yo sí.

Su sonrisa prepotente en aquel instante me supo a gloria.

—¿Tanto te costaba hacer esto? —pregunté en voz más baja—. ¿Por qué me has tenido haciendo trabajo mecánico?

—Todos hacéis trabajo mecánico Antonella, igual que yo cuando empecé en esto. Ningún buen abogado llega lejos si no se ha pasado horas escribiendo contratos y rellenando documentos. Y créeme, tienes el potencial para ser la mejor en ello.

No supe qué contestar. No era muy habitual escuchar halagos de alguien como él.

—¿Me va a decir que le impresiono, jefe? —pregunté divertida.

—Bueno…digamos que empiezo a entender por qué eras la mejor de tu clase. Y también por qué me resulta tan jodidamente difícil mantener la distancia contigo.

El aire cambió. Otra vez.
Su mirada buscó la mía y, durante un segundo, el mundo volvió a detenerse.
Como en la playa.
No se acercó. Yo tampoco.
Y quizá eso fue lo que más me descolocó.

—No te acuerdas, ¿verdad? —solté de pronto.

El gris de sus ojos se clavó en los míos. No pude descifrar si eso significaba algo… o no.

—¿A qué te refieres? —preguntó, fingiendo desconcierto.

—Déjalo —respondí, aclarándome la garganta—. Sigamos. Tengo dudas con esta parte.

Volvimos al trabajo. Pero nada volvió a ser igual, al menos para mí.

¿De verdad podía alguien pasar una noche con otra persona y ni siquiera recordarlo?
Al parecer… sí.

Pasamos la tarde entera analizando casos, compartiendo ideas, incluso discutiendo sobre una sentencia.
Discutir con Hugo era un reto que me encantaba.
Tenía esa mezcla de lógica aplastante y provocación sutil que me obligaba a dar lo mejor de mí.

Cuando el reloj marcó las ocho, cerramos carpetas y nos miramos con cansancio y satisfacción.
Una cosa tenía clara: estaba totalmente condenada.

Me estaba enamorando cada día más de cada una de las facetas suyas que conocía. Ya no era solo Hugo, el amigo de mi padre. Era una inspiración, un mentor… un hombre que, poco a poco, sin que yo pudiera evitarlo, se estaba volviendo importante.

Joder, era alguien que todo lo que hacía parecía diseñado para hacerte perder el juicio.
Y cada vez me costaba más ignorarlo.

—Después de este fin de semana de confraternización creo que merezco saber el significado del misterioso tatuaje —le recordé mientras recogíamos los platos.

Me miró con picardía y se plantó frente a la encimera.

—Te veo demasiado curiosa por algo tan banal como un tatuaje.

—Tratándose de ti nada es banal —confesé con segundas intenciones.

—Mira quién habla.

Cruce los brazos en señal de ofensa y prosiguió:

—Es una especie de leyenda, dos lobos, el blanco representando el lado racional, puro y lógico. El negro el prohibido, erróneo y apetecible.

Puede que fuera su tono, su mirada felina o lo cerca que parecía estar de pronto pero sus palabras me produjeron un leve escalofrío.

—El angel a un lado y el demonio al otro. Lo suponía —le miré detenidamente —. ¿Por qué los dos?

—¿A que te refieres?

—Venga Hugo, en tu caso esta clarisimo cual de los dos gana.

Giró levemente la cabeza intentando entender el significado de mis palabras.

—Déjame adivinar….¿el lobo negro?

Solté una risa sarcástica y sincera.

—¿Según quién? —preguntó.

—Según la forma en que me miras —le provoqué.

—Entonces todos los hombres de la faz de la tierra son lobos negros.

Agaché la cabeza, avergonzada y sorprendida por sus palabras.

—Lo has dicho tú, no yo. —le seguí el juego.

—Creeme Nell, me comporto mucho mas de lo que te piensas.

De todas las personas que me llamaban así, él era mi favorito. En su boca sonaba totalmente diferente.

No le repliqué, no busqué provocarle, solo me quedé con esa información en mi cabeza dando vueltas sin parar.

—No es necesario que pases las 24 horas en esta casa. Puedo quedarme sola un rato si lo necesitas —le recordé mas tarde mientras terminábamos de arreglar la cocina.




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