Lo que no debió pasar

Capítulo XVI

Anastasia

Ayer fue un buen día.

Uno realmente bueno.

Después de regresar de los establos. Alek despertó justo a tiempo para recordarme que le había prometido un postre como parte de su importantísimo tratamiento médico. Amir insistió en que una raspadura no justificaba una rebanada de pastel y yo insistí en que, mientras él no tuviera un título en medicina, su opinión no era válida.

Al final Alek consiguió su pastel.

Yo también.

Amir dijo que no quería.

Se comió la mitad del mío.

Traidor.

Después cenamos juntos y, por unas horas, todo se sintió extrañamente normal. Alek habló de su caballo imaginario, porque aparentemente ya decidió que algún día tendrá uno, Amir intentó convencerlo de que primero debe aprender a montar correctamente y yo apoyé a Alek únicamente porque me gusta llevarle la contraria a su padre.

Fue sencillo.

Bonito.

Y quizá por eso, cuando regresé a mi habitación esa noche, tardé tanto en mirar el cajón.

Ahí seguía la caja de William.

Esperándome.

Por un momento pensé en abrirla otra vez, tomar la pieza de metal e intentar entender qué demonios significaba aquel recuerdo.

Pero estaba cansada.

Pero estaba cansada.

Y, por una vez, no quería terminar un buen día pensando en la forma horrible en que esta familia había acabado en el libro.

Así que no lo hice.

Me acosté.

Dormí.

Y ahora, un día después, sigo sentada frente al mismo cajón.

Porque aplazar un problema durante una noche no hace que desaparezca.

Qué decepción.

—Bueno —murmuro.

Abro el cajón.

La caja sigue exactamente donde la dejé.

La saco y la coloco sobre la mesa.

Hay decisiones que una persona sabe que son malas incluso antes de tomarlas.

Investigar la relación secreta que tu antiguo cuerpo tenía con un hombre que, según el libro, terminará contribuyendo indirectamente a tu muerte definitivamente entra en esa categoría.

Pero ya no puedo seguir ignorándolo.

Ayer, mientras regresábamos al palacio, con Alek hablando sin parar y Amir cabalgando a nuestro lado, hubo un momento en el que los miré y pensé en lo mucho que había cambiado todo desde que desperté aquí.

Alek confía en mí.

Amir está empezando a hacerlo.

Y yo…

Yo estoy empezando a querer esta vida.

Mucho más de lo que debería admitir.

Precisamente por eso tengo que investigar.

Porque William no pertenece al futuro que estoy intentando construir.

Pertenece al pasado de Anastasia.

Y si ese pasado puede aparecer de repente en forma de una carta, una caja y un recuerdo que ni siquiera sabía que tenía, necesito descubrir qué más dejó atrás.

El pequeño objeto de metal sigue frente a mí.

Lo he estado mirando durante aproximadamente diez minutos.

Él no ha hecho nada.

Yo tampoco.

Estamos empatados.

—Bueno. Tú ganas.

Lo tomo.

Nada.

Ni una voz.

Ni una habitación desconocida.

Ni una mano apareciendo frente a mí.

Nada.

—Perfecto.

Lo dejo nuevamente sobre la mesa.

Ayer bastó con tocarlo para que un recuerdo que no era mío apareciera en mi cabeza.

Hoy podría lamerlo y probablemente no pasaría nada.

No pienso comprobarlo.

Me levanto de la silla y miro alrededor de la habitación.

Si algo quedó claro con la carta de William es que la antigua Anastasia escondía cosas.

Y si realmente se escribían desde antes de que yo llegara…

tiene que haber más.

No puedo preguntarle a Lili sin levantar sospechas.

Tampoco a Amir. No después de decirle que primero necesitaba entender qué estaba pasando.

Y muchísimo menos a mis padres.

Así que solamente me queda una opción.

Buscar.

Abro el primer cajón.

Nada.

El segundo.

Nada.

El tercero.

—¿Cuántos pañuelos necesitaba esta mujer?

Lo cierro.

Voy hacia otro mueble.

Perfumes.

Joyas.

Más joyas.

Una cantidad absurda de guantes.

—Anastasia, eras reina. No pulpo.

Sigo buscando.

No sé exactamente qué espero encontrar.

Una caja con un letrero que diga Cartas comprometedoras de mi amante. No abrir sería bastante conveniente.

Pero aparentemente mi vida nunca puede ser sencilla.

Después de casi media hora estoy sentada en el suelo rodeada de cosas y empezando a considerar la posibilidad de rendirme.

Hasta que recuerdo algo.

La ventana.

En el recuerdo, la habitación tenía una ventana abierta.

Y William dejó la pieza sobre una mesa.

Levanto la mirada.

Hay una pequeña mesa junto a una de las ventanas.

—No puede ser tan fácil.

Me levanto.

Camino hacia ella.

Abro el cajón.

Vacío.

—Claro que no.

Estoy a punto de cerrarlo cuando noto algo extraño.

El fondo parece demasiado alto.

Frunzo el ceño.

Paso los dedos por la madera.

Una esquina se mueve.

Oh.

—No puede ser.

Presiono.

El falso fondo se levanta.

Y debajo…

hay cartas.

Muchas.

Me quedo inmóvil.

—Mierda.

Tomo una.

Después otra.

Todas tienen el mismo sello.

El mismo que reconocí ayer.

William.

Mi corazón empieza a latir más rápido. No porque esté emocionada de encontrar cartas de amor, sino porque tengo la desagradable sensación de que estoy a punto de conocer una parte de Anastasia que el libro nunca contó.

Me siento lentamente.

Hay más de una docena.

Algunas parecen antiguas.

Otras no tanto.

Empiezo a revisar fechas.

Meses.

Años.

Esto no comenzó recientemente.

William llevaba mucho tiempo en su vida.

Entonces veo algo diferente.

Una hoja doblada entre las demás.

No tiene sello.

La letra tampoco es la de William.

La saco.




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