Anastasia
Dormí fatal.
Y cuando digo fatal, quiero decir que probablemente dormí dos horas y pasé las otras seis mirando el techo, preguntándome cómo demonios William sabía que todavía tenía la llave.
Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver la nota.
Me alegra saber que todavía conservas la llave.
No me gusta.
Nada.
Porque una cosa es recibir una carta.
Otra muy diferente es que alguien consiga dejar una nota sobre mi cama sin que yo me entere.
Y una muchísimo peor es saber que ese alguien aparentemente conoce mis movimientos mejor de lo que debería.
Por eso, cuando amanece, ya he considerado aproximadamente veinte posibilidades.
William está dentro del palacio.
William tiene a alguien dentro del palacio.
William sobornó a alguien dentro del palacio.
William es un fantasma.
La última es poco probable, pero teniendo en cuenta que morí atropellada por un autobús y desperté dentro de una novela, he decidido no descartar absolutamente nada.
—Tienes mala cara.
Levanto la mirada.
Lili está frente a mí con un vestido entre las manos.
—Buenos días para ti también.
—¿Dormiste?
—Claro.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente.
—Anastasia.
—Dos horas.
Me mira horrorizada.
—¿Dos?
—Tal vez tres.
—Eso no es dormir.
—Mi cuerpo estuvo acostado y mis ojos cerrados durante algunos minutos. Técnicamente cuenta.
Lili deja el vestido sobre la cama.
—¿Pasó algo?
La pregunta hace que mire automáticamente hacia el escritorio.
La nota está escondida dentro de uno de los cajones.
La llave también.
—No.
Mentira.
Lili me observa.
—¿Segura?
—Sí.
Otra mentira.
Perfecto. Dos antes del desayuno.
Voy excelente.
—Solo estuve pensando.
—Eso explica muchas cosas.
La miro.
—¿Acabas de insultarme?
—Jamás haría algo así, majestad.
—Claro.
Sonríe y continúa preparando mi ropa.
Yo vuelvo a mirar el escritorio.
Después del cambio de guardia.
William estará esperándome.
Podría no ir.
De hecho, esa sería probablemente la decisión más inteligente.
Romper la nota.
Guardar la llave.
Seguir con mi vida.
Tengo suficientes problemas sin agregar a un hombre misterioso que conoce secretos de una mujer muerta.
Pero hay una pequeña dificultad.
Yo soy esa mujer muerta.
Al menos para todos los demás.
Y si William sabe algo sobre lo que Anastasia estaba haciendo antes de que yo despertara aquí, necesito saberlo.
Especialmente ahora.
Ahora que Alek empieza a confiar en mí.
Ahora que Amir…
No.
No vamos a pensar en Amir.
Definitivamente no vamos a pensar en sus manos en mi cintura.
Ni en siempre atrápame.
Ni en la sonrisa que puso después.
Absolutamente no.
—Estás roja.
—¿Qué?
Lili me mira divertida.
—Tu cara.
—Tengo calor.
—Está fresco.
—Pues mi cuerpo no está de acuerdo.
Se ríe.
—Voy a desayunar.
—Todavía no estás vestida.
—Entonces voy a vestirme y después voy a desayunar.
—Eso sería recomendable.
La señalo.
—Últimamente estás demasiado respondona.
—Últimamente tú eres demasiado fácil de molestar.
Maldita sea.
La contagié.
***
Durante el desayuno intento comportarme con normalidad.
Esta vez sí como las zanahorias.
Bueno, no hay zanahorias.
Pero si hubiera, me las comería.
Alek está contándome algo sobre Malakor mientras Amir revisa unos documentos que uno de sus hombres acaba de entregarle.
—Entonces le gané —dice Alek.
Regreso a la conversación.
—¿A quién?
Silencio.
Alek frunce el ceño.
—No estabas escuchando.
—Sí estaba escuchando.
—¿Qué dije?
—Que le ganaste.
—¿A quién?
Mierda.
Miro a Amir buscando ayuda.
Ni siquiera levanta la vista del documento.
—No me metas en esto.
Traidor.
—A… Malakor.
Alek abre mucho los ojos.
—¡No!
—Obviamente sabía que no era Malakor.
—Era Tomás.
—¡Tomás! Exactamente.
—No sabes quién es Tomás.
—Claro que sé quién es Tomás.
No tengo idea de quién es Tomás.
Amir baja el documento.
Me está mirando.
—¿Qué?
—Nada.
—Esa cara no es de nada.
—¿Qué cara?
—La que pones cuando estás intentando descubrir algo.
Me quedo quieta.
¿Tengo una cara para eso?
—No estoy intentando descubrir nada.
—Entonces estás preocupada.
Este hombre me conoce demasiado.
Y eso debería ser imposible considerando que yo llevo aquí…
Bueno.
Él cree conocerme desde hace siete años.
Ese es precisamente el problema.
—Solo dormí mal.
Su expresión cambia.
—¿Por la carta?
Ah.
Directo al cuello.
Alek nos mira.
Yo miro a Amir.
Podría mentir.
Otra vez.
Pero ya llevo suficientes mentiras por hoy.
—En parte.
No pregunta más.
Y por alguna razón eso me hace sentir peor.
Porque confía en que voy a contarle cuando esté preparada.
Y mientras tanto yo estoy planeando encontrarme a escondidas con William.
Genial.
Soy oficialmente la peor persona de este desayuno.
—Cuando quieras hablar —dice Amir tranquilamente—, sabes dónde encontrarme.
Asiento.
—Lo sé.
Y lo digo en serio.
Ese es el problema.
Porque una parte de mí quiere contárselo todo.
Poner la llave sobre esta mesa.
Mostrarle las cartas.
Decirle que no tengo idea de qué estaba haciendo la mujer con la que se casó.
Pero no puedo.
Todavía no.
Primero necesito saber qué estoy confesando.
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Editado: 21.10.2026