Anastasia
Había llegado a una conclusión.
Necesitaba dejar de sospechar de todas las personas que conocía.
En serio.
A este paso, terminaría creyendo que hasta el jardinero escondía algún secreto, y el pobre hombre solamente se dedicaba a cuidar las flores.
Aunque, pensándolo bien, ¿quién sabía lo que podía haber visto mientras trabajaba?
No, Anastasia. Concéntrate.
Estaba sentada frente a mi tocador mientras Lili terminaba de acomodarme el cabello. Había pasado buena parte de la tarde anterior pensando en mi encuentro con Leandro y, por mucho que intentara encontrarle una explicación, seguía pareciéndome extraño.
No era solamente que se hubiera puesto nervioso al verme. Había sido su reacción cuando mencioné a William Marcone.
Como si aquel nombre fuera suficiente para hacerlo querer salir corriendo.
—Lili, ¿puedo preguntarte algo? —dije mientras observaba su reflejo en el espejo.
—Por supuesto, majestad.
—¿Conoces a un hombre llamado Leandro?
Lili dejó el peine sobre el tocador y pareció pensar durante unos segundos.
—¿Leandro? ¿Se refiere al caballero que suele acompañar a lord William?
Levanté la mirada.
Ah.
Mira qué interesante.
—¿Suele acompañarlo?
—Sí, majestad. Tengo entendido que son amigos desde hace muchos años. En algunas ocasiones los he visto llegar juntos al palacio.
—¿Y sabes algo más sobre él?
—No demasiado. ¿Por qué lo pregunta?
—Lo conocí ayer en la biblioteca y me pareció un poco extraño.
—¿Extraño de qué manera?
—No lo sé. Se puso nervioso cuando mencioné a William, como si hubiera dicho algo que no debía.
Lili me observó a través del espejo.
—Quizá simplemente no esperaba que usted le preguntara por él.
—Eso pensé al principio, pero prácticamente salió corriendo después de nuestra conversación.
—Tal vez tenía prisa, majestad.
La miré.
—Lili, estás arruinando mi investigación.
Ella soltó una pequeña risa.
—No sabía que estaba investigando algo.
—Yo tampoco, hasta hace unos minutos.
Lili negó con la cabeza, divertida, mientras volvía a tomar el peine.
Yo, en cambio, me quedé pensando en lo que acababa de decirme.
William y Leandro eran amigos desde hacía años.
Eso explicaba por qué se conocían, pero no por qué Leandro había reaccionado de aquella manera.
Y había algo más que comenzaba a preocuparme.
Si William había sido tan importante en la vida de la antigua Anastasia, ¿cuántas personas del palacio conocían realmente su relación?
Porque, sinceramente, empezaba a sentir que era la única que no sabía absolutamente nada.
Y eso era bastante molesto.
Sobre todo, considerando que, técnicamente, la protagonista de todo este desastre era yo.
Cuando Lili terminó de arreglarme, me levanté del tocador y me acerqué a la ventana. El sol iluminaba los jardines del palacio y, por primera vez en varios días, parecía que tendría una mañana relativamente tranquila.
Aunque, con mi suerte, probablemente acababa de arruinarla por decirlo.
—Por cierto, majestad —comentó Lili mientras guardaba el peine—, el príncipe Alek comenzará su entrenamiento dentro de poco.
Me giré hacia ella.
—¡Es verdad! Le prometí que iría a verlo.
—Entonces debería darse prisa. No creo que quiera hacerlo esperar.
—Lili, últimamente siento que tú y Alek se han puesto de acuerdo para vigilar mis horarios.
Ella sonrió.
—Alguien tiene que hacerlo, majestad.
—Qué bonito. Ya ni siquiera tengo autoridad en mis propias habitaciones.
Lili soltó una pequeña risa mientras yo me dirigía hacia la puerta.
—¡Que tenga una buena mañana, majestad!
—Eso espero. Si no regreso, dile a Amir que probablemente fui derrotada por un niño de cinco años.
Escuché su risa antes de cerrar la puerta.
***
Cuando llegué al patio de entrenamiento, encontré a Alek sosteniendo su pequeña espada de madera frente a Malakor. Ambos estaban tan concentrados que ninguno notó mi presencia.
Decidí quedarme cerca de la entrada para observarlos.
—Recuerde mantener el equilibrio, alteza —indicó Malakor mientras acomodaba su postura—. No necesita utilizar toda su fuerza para defenderse.
—¡Lo sé! —respondió Alek, intentando bloquear uno de sus movimientos.
Malakor retrocedió ligeramente y volvió a levantar su espada.
—Entonces, inténtelo otra vez.
Alek avanzó con determinación, pero terminó perdiendo el equilibrio y cayó sentado sobre el suelo.
Ay, no.
Estuve a punto de acercarme, aunque me detuve al ver que Malakor se agachaba frente a él.
—¿Se encuentra bien, alteza?
Alek asintió, aunque parecía bastante molesto consigo mismo.
—Casi lo consigo.
—Estuvo mucho más cerca que ayer —respondió su tutor—. Eso significa que está mejorando.
Mi pequeño príncipe observó su espada durante unos segundos antes de ponerse de pie.
—Quiero intentarlo otra vez.
Sonreí.
Ese era mi niño.
Bueno, técnicamente el niño de Anastasia.
Pero a estas alturas ya me había encariñado demasiado como para ponerme a discutir conmigo misma.
—¡Eso, Alek! ¡Tú puedes! —exclamé desde la entrada.
Los dos se giraron hacia mí.
—¡Anastasia! —gritó Alek, bajando inmediatamente su espada.
Corrió hacia mí con una sonrisa enorme y tuve que prepararme para recibirlo cuando se lanzó a abrazarme.
—¡Viniste!
—Por supuesto que vine —respondí, rodeándolo con mis brazos—. Te lo prometí, ¿recuerdas?
Alek asintió sin soltarme.
—Pensé que estarías ocupada.
—Bueno, soy una mujer muy importante y tengo muchísimas obligaciones —comenté con seriedad—, pero ver a mi espadachín favorito es una prioridad.
—¿Soy tu favorito?
—Por supuesto. Aunque no se lo digas a tu padre, podría ponerse celoso.
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Editado: 24.10.2026