Lo que no se perdona 1

Soy Yo?

Samgar apartó la mano de Adira con una suavidad que resultó más aterradora que un golpe. Se giró hacia Amira, y por un instante, la máscara de jefe de defensa se resquebrajó, dejando ver a un hombre que había visto demasiada sangre y demasiadas traiciones.

—Escúchame bien, Amira —dijo él, bajando la voz hasta convertirla en un siseo—.

Si intentas intervenir, no solo destruirás a Maroum. Destruirás a tu madre, a tu hogar y a ti misma. El Rey Jacob no es un hombre que olvide una afrenta, y los Argeo no son hombres que acepten devoluciones. Leyla ya no pertenece a Baddish.

Mañana, al amanecer, será propiedad de Corinto. Y si intentas cambiar eso, te aseguro que serás la siguiente en ser enviada lejos... o algo mucho peor.

Samgar se dio la vuelta, caminando hacia la salida sin mirar atrás. Se detuvo en el umbral, su silueta recortada contra la luz del pasillo.

—Mañana es un día importante para el reino —añadió, sin girarse—. Te sugiero que te concentres en tus deberes como consejera y olvides a tu amiga. Es el mejor consejo que te daré jamás.

La puerta se cerró con un golpe seco, dejando a Amira y a Adira en un silencio sepulcral. Amira sentía que el peso de la amenaza de Samgar se había instalado en sus huesos, pero, al mirar a su madre, vio algo que la dejó aún más atónita: Adira no estaba llorando. Adira estaba mirando la puerta con una expresión de odio puro.

Él cree que me tiene bajo control —susurró Adira, con una voz que Amira nunca había escuchado—. Pero no sabe lo que he estado guardando bajo las tablas de esta casa durante todos estos años.

El silencio que siguió a la pregunta de Amira fue tan denso que parecía absorber el calor de la habitación. Adira se dejó caer sobre un taburete, su postura, antes rígida y llena de una autoridad oculta, se desplomó bajo el peso de la confesión que llevaba años evitando.

—Me cuesta tanto, Amira —dijo Adira, con la voz quebrada

por un sollozo que ya no pudo contener—, porque decirte la verdad no es solo quitarte una venda de los ojos. Es condenarte.

Amira se acercó a ella, pero no para consolarla. Sus ojos, empañados por la frustración de toda una vida de medias verdades, exigían respuestas.

—¿Condenarme a qué? ¿A la verdad? ¡Prefiero una verdad que me mate a una mentira que me asfixia! —exclamó

Amira, sintiendo cómo las lágrimas de rabia finalmente se desbordaban—. Samgar es un extraño que duerme en mi casa, el Rey me mira como si fuera un fantasma, y mi mejor amiga está siendo vendida como ganado. ¡Ya no sé quién soy, madre! ¿Es que acaso mi padre es alguien que el Rey Jacob odia? ¿Es por eso que me escondes?

Adira levantó la vista. Sus ojos, que siempre habían sido un refugio, ahora reflejaban un miedo que iba más allá de Samgar o del Rey.

—Tu padre no es alguien a quien el Rey odia, Amira. Tu padre es alguien a quien el Rey teme más que a la muerte misma.

Adira se puso en pie con una agilidad sorprendente, se acercó a un pequeño cofre de madera tallada que guardaba bajo el suelo de la habitación y, con manos temblorosas, extrajo un trozo de tela vieja, envuelto en cuero. Lo puso en las manos de Amira.

—Samgar cree que me tiene dominada porque cree que mi única lealtad es la supervivencia —continuó Adira, con una amargura que le quemaba los labios—. Pero él no sabe que, cada vez que él se iba a la guerra, yo buscaba la forma de proteger lo único que me quedaba de aquel pasado.

Amira abrió el envoltorio. Dentro no había oro, ni joyas. Había un sello de metal desgastado, con un emblema que Amira reconoció de los libros prohibidos de la biblioteca: el símbolo de la dinastía del reino enemigo (los paltas), los soberanos de las tierras del sur.

—¿Esto...? —Amira sintió que el aire le faltaba—. ¿Soy yo...?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.