—Empezaré a contarte la historia desde que yo nací —continuó Adira, caminando lentamente hacia la ventana, dándole la espalda a Amira para no tener que ver el dolor que estaba a punto de infligirle—, para que entiendas mejor todo.
Adira tomó aire, un suspiro largo y tembloroso.
Nací en un lugar que ya no existe, en un valle donde el sol no tocaba la tierra, sino que la bendecía. Mi gente no era como los demás; éramos los guardianes de un pacto antiguo. No éramos soldados, Amira, éramos el sello que mantenía a raya una oscuridad que Samgar y los suyos han estado intentando despertar durante décadas.
Se giró lentamente, sus ojos oscuros brillando con una intensidad que Amira nunca había visto.Para Samgar, eres una joya. Pero para mí... —Adira hizo una pausa, su voz quebrándose—, eres la única razón por la que todavía conservo mi humanidad. Y si tengo que morir para que no seas lo que ellos quieren que seas, lo haré.
...
La habitación parecía haberse vuelto más pequeña, o quizás era el peso de la historia de Adira lo que hacía que el aire fuera más difícil de respirar. Amira escuchaba, inmóvil, con los ojos fijos en el collar que Adira llevaba bajo su túnica, un objeto que ahora cobraba un significado sagrado y doloroso.
Adira se llevó la mano al pecho, rozando la joya oculta, y sus ojos se perdieron en el vacío, como si estuviera viendo aquel palacio de hace años, lleno de sangre y despedidas.
—Ese día —continuó Adira, con la voz apenas un susurro—, el palacio no olía a gloria, olía a hierro y a final. Recuerdo el tacto de la mano de mi madre sobre mi mejilla, fría, pero llena de una urgencia que me marcó para siempre.