Cuando la Reina Vapsi me sacó de la habitación, yo no lloré. No porque fuera valiente, sino porque estaba paralizada. Sentía que si soltaba el collar, soltaba el último hilo que me unía a la vida.
Adira hizo una pausa, tragando saliva con dificultad.
La Reina Vapsi cumplió su promesa. Me crió en la corte, lejos de los campos de batalla, pero siempre bajo la sombra de lo que mi madre había sido. Me enseñaron a pelear, a ser una sombra, a ser una "Adira" para el reino. Pero mientras crecía, mi hermano Marom... él fue enviado lejos, a las fronteras, donde el jefe de los guerreros lo tomó bajo su tutela.
Amira dio un paso adelante, su voz temblorosa por la revelación.
—¿Marom? ¿Tu hermano? ¿Has podido contactar con él?
Adira apretó los puños, y por un segundo, la compostura de la corte que tanto se había esforzado en mantener se resquebrajó.
He intentado por todos los medios averiguar tan siquiera algo sobre él —continuó Adira, con la voz cargada de una impotencia que rara vez permitía ver—. He sobornado a los escribas de la Reina, he rastreado los registros de los mensajeros reales y hasta he interrogado a los guardias que regresan de las fronteras. Pero es como si Marom se hubiera evaporado. No hay registros de su unidad, ni mención de su nombre en los informes de bajas... ni en los de victoria.
Amira sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sabía que, en el reino de Vapsi, el silencio no era una casualidad; era una herramienta.
Si no hay información, es porque alguien se ha asegurado de borrarla —susurró Amira, bajando la voz hasta convertirla en un hilo de aire—. Adira, si la Reina Vapsi decidio que tu hermano no debe ser encontrado, es porque ella ha descubierto algo que no debía. Algo que podría romper la fachada de esa "protección" que te ha dado todos estos años.
Adira levantó la vista, y en sus ojos, Amira vio el destello de una verdad aterradora.
—Eso es lo que más me aterra —admitió Adira, acercándose a ella—. Que mi madre no me mantuvo aquí para protegerme de la guerra, sino para tenerme como rehén. Y si Marom ha dejado de ser una pieza útil en el tablero de Vapsi... entonces ya no es solo un soldado en la frontera. Es un cabo suelto que ella está a punto de cortar.
Amira se quedó helada, procesando la gravedad de lo que Adira acababa de confesar. El aire en la habitación parecía haberse vuelto más denso, cargado con el peso de un secreto que ya no tenía dueño.
—¿Vapsi te lo prometió? —preguntó Amira, con un hilo de voz—. ¿Cuándo? ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con ella antes de que... antes de que ocurriera lo inevitable?
Adira se alejó de la ventana y comenzó a caminar en círculos por la estancia, sus pasos eran silenciosos, casi felinos, un hábito adquirido tras años de entrenamiento en las sombras. Se detuvo frente a un espejo, pero no se miró a sí misma; miró el reflejo de la puerta, asegurándose de que nadie estuviera escuchando.
Fue en la mañana en la q fui secuestrada—respondió Adira, con una frialdad que ocultaba un dolor profundo—. Me llamó a sus aposentos privados. Estaba diferente, Amira. No era la Reina calculadora que todos temen; parecía... cansada. Me tomó de las manos y me dijo que todo lo que había hecho, todo el aislamiento y el entrenamiento, tenía un propósito que yo no podía comprender todavía.
Me prometió que, al atardecer, me contaría la verdad sobre mi madre, sobre Marom y sobre el verdadero precio de mi lealtad.
Adira hizo una pausa, y sus dedos se cerraron con fuerza sobre el borde de una mesa de madera, dejando marcas blancas en sus nudillos.
Pero el atardecer nunca llegó para nosotras... Al menos no como esperabamos. Y ella no pudo cumplir su palabra.
Amira dio un paso hacia ella, con los ojos llenos de una mezcla de horror y curiosidad.
—No fue un accidente, Amira. Y lo que sucedió después... lo que me impidió escuchar esa verdad... es algo que apenas empiezo a comprender. Pero si te lo cuento, si te digo por qué Vapsi no pudo terminar su frase, te convertirás en cómplice de un secreto que podría costarnos la vida a ambas. ¿Estás segura de que quieres saberlo?
—Adira... ¿qué fue lo que pasó realmente esa tarde? ¿Por qué no pudo hablar?
Adira se giró lentamente hacia ella, con una expresión que Amira nunca le había visto: una mezcla de culpa y una resolución implacable.
—No fue un accidente, Amira. Y lo que sucedió después... lo que me impidió escuchar esa verdad... es algo que apenas empiezo a comprender. Pero si te lo cuento, si te digo por qué Vapsi no pudo terminar su frase, te convertirás en cómplice de un secreto que podría costarnos la vida a ambas. ¿Estás segura de que quieres saberlo?
Amira guardó silencio durante un largo momento, dejando que las palabras de Adira flotaran en el aire como cenizas. Se acercó a la ventana, observando el cielo de la tarde cálida que se extendía sobre el palacio... testigo de q el horario del almuerzo había sido borrado de las mentes de ellas.
Hablar con su estrella" —repitió Amira en un susurro, casi como una oración—. Es una vieja leyenda de las tierras del norte, ¿verdad? Decían que cuando el alma de alguien se vuelve inalcanzable, su luz queda grabada en el firmamento para quienes saben dónde mirar.
Adira se unió a ella junto a la ventana, pero no buscaba el cielo. Sus ojos estaban fijos en el horizonte, donde las murallas del palacio se fundían con su mirada.
—Es una tontería de niños, lo sé —dijo Adira con una amargura que le rasgaba la voz—. Pero cuando el silencio de Vapsi se volvió absoluto, cuando me di cuenta de que que ella se había llevado la verdad a la tumba, me encontré buscando esa luz cada noche. Intenté encontrar la estrella que le correspondía, la que guiaba sus decisiones, la que brillaba sobre sus secretos... pero el cielo parecía haberse cerrado para mí.
Adira dejó escapar un suspiro tembloroso, y por primera vez, su postura de guerrera se derrumbó.