Lo que nunca te dije: una extensión de Tuya.

Capítulo I. Todo lo que nunca viste en mí.

Hay una parte de mí que nunca conociste. No porque no existiera, ni porque no quisiera que la encontraras, sino porque aprendí a esconderla incluso cuando lo único que deseaba era que alguien tuviera la paciencia de descubrirla.

Era la parte que sentía demasiado y decía muy poco. La que podía pasar horas pensando en una palabra tuya, en un gesto, en una mirada que quizá para ti no había significado nada, pero que para mí se quedaba dando vueltas mucho después de nuestras conversaciones terminaran. La que intentaba encontrar explicaciones para aquello que no entendía, que se aferraba a los pequeños detalles porque a veces era lo único que tenia para intentar comprender que lugar ocupaba en tu vida.

Nunca supo cuántas veces tuve algo que decirle y termine guardándomelo. Cuantas veces quise preguntarle que sentía por mí, pero preferí callar por miedo a escuchar una respuesta que confirmara aquello que llevaba tiempo intentando no creer. Ni cuantas veces me descubrí deseando algo tan sencillo como sentir que podría bajar la guardia con él sin tener que preguntarme, después, si había cometido un error al hacerlo.

Quizá desde su lado las cosas se veian diferentes. Quizá vio a una mujer que algunas veces se acercaba y otras parecía tomar distancia; que podía mostrar interés, pero no siempre sabia como sostenerlo; que quería estar con él pero que, de alguna manera, también parecía protegerse de él.

Y no voy a negar que hubo momentos en los que fui difícil de entender. Fui fría, distante. No siempre supe explicarme. No siempre encontré la manera de decir lo que me pasaba sin sentir que estaba exponiendo demasiado de mí. Pero hay una diferencia entre no sentir suficiente y sentir tanto que una empieza a tener miedo de las consecuencias de reconocerlo.

¡Yo tenia miedo!

No necesariamente de él, sino de lo que podía llegar a pasarme si le entregaba una parte de mí que después no supiera, no quisiera o no pudiera cuidar.

Porque una cosa es desear a alguien. Otra, muy distinta, es descubrir que ese alguien ha comenzado a importarte de una manera que ya no puedes controlar. Que su presencia empieza a tener peso particular en tus días. Que su cercania te despierta una ternura que no sabes donde colocar, y que su distancia puede dejarte frente a un silencio que intentas llenar con explicaciones, aunque ninguna termine de convencerte.

Yo no sabia como quererte sin tener miedo de perderte.

Y quiza ese fue uno de mis mayores conflictos: quería acercarme a ti, pero también necesitaba protegerme de la posibilidad de que acercarme demasiado terminara haciéndome daño. Deseaba que me conocieras, pero temía que, si lo hacías de verdad, descubrieras que yo sentía mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir y que tu no estuvieras en el mismo lugar.

Así que aprendí a callar.

No fue una decisión que tomara de un día para otro. El silencio fue apareciendo poco a poco, disfrazado de prudencia, de orgullo, de indiferencia ocasional. A veces me convencía de que era mejor no preguntar. Otras, de que no tenia sentido expresar algo que quizá no iba a cambiar nada. Y algunas veces, simplemente, no sabia como hacerlo.

¿Cómo se le explica a alguien que una empieza a tenerle miedo a sus propio sentimientos?

¿Cómo se le dice que una quisiera acercarse mas, pero que necesita sentir que no será la única intentando construir algo? ¿Cómo se reconoce que una persona puede hacernos sentir ilusión y temor al mismo tiempo, sin que parezca que estamos pidiendo demasiado por querer un poco de claridad?

Yo no tenia respuestas para esas preguntas. Solo tenia mis sentimientos, mis dudas y esa costumbre de intentar resolverlo todo dentro de mí antes de permitir que alguien más pudiera verlo.

Contigo, muchas veces, hice eso.

Y mientras intentaba protegerme, quizá también te impedía comprenderme.

Todavía recuerdo que llegaste a mi vida de una manera que, en aquel momento, no podía imaginar que terminaría teniendo tanta importancia para mí.

Nos conocimos a través de una aplicación de citas. Hablamos durante días, hasta que finalmente llego el momento de encontrarnos. Era una cita, un restaurante, dos personas que hasta ese entonces se habían conocido a través de una pantalla. Nada que, visto desde afuera, pareciera anunciar una historia capaz de permanecer durante tanto tiempo en la memoria de alguien.

Pero cuando te vi, algo en mí se altero.

Recuerdo aquella sensación de tener el corazón revolucionado, como si mi cuerpo hubiera reaccionado antes de que mi mente pudiera comprender lo que estaba sucediendo. No sabia como que significaría conocerte, que lugar ocuparías después ni cuanto de mi terminaría relacionada contigo. Solo sabia que aquel encuentro me había provocado algo difícil de explicar. A veces pienso en lo extraño que resulta un momento tan cotidiano pueda adquirir, con el paso de los años, una importancia que no tenia manera de anticiparse. En aquel instante no había promesas. No había garantías. Ni siquiera existía una razón para imaginar todo lo que vendría después.

Solo estabas tú, estaba yo y estaba esa sensación que no sabia nombrar.

Quizá por eso me cuesta pensar en nuestra historia como algo que simplemente ocurrió y terminó. Porque, para mí, nunca fue únicamente una sucesión de encuentros y despedidas. También fue todo lo que cada uno de esos momentos dejo dentro de mí, incluso cuando ya no estábamos compartiendo nada.




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