Hay miedos que no nacen de la imaginación, sino de pequeños momentos que se quedan viviendo dentro de una, incluso cuando intenta convencerse de que no significaron nada.
Contigo, mi miedo tenía un nombre que nunca me atreví a pronunciar demasiadas veces: ella.
No porque quisiera competir con tu pasado, ni porque esperara que llegaras a mi vida sin recuerdos. Yo sabía que habías amado antes de conocerme. Entendía que existían historias que te habían formado y que algunas personas dejan huellas que el tiempo no necesariamente borra.
Lo que me daba miedo era no saber si esa historia había terminado de verdad dentro de ti.
Había ocasiones en las que hablabas de ella y algo cambiaba en tu rostro. Tu mirada parecía distinta, tu expresión se transformaba y yo me quedaba observándote, intentando comprender qué sucedía detrás de tus ojos. No sé si eras consciente de esos cambios, ni puedo afirmar qué significaban para ti. Pero yo los percibía, y me costaba ignorarlos.
También hubo momentos en los que me comparabas con ella. Quizá para ti eran comentarios sin demasiada importancia, palabras que no imaginabas que podían quedarse conmigo mucho después de que la conversación terminara. Pero yo no siempre sabía cómo recibirlos. Porque mientras intentaba descubrir qué significaba para ti, escuchar que me comparabas con alguien a quien habías amado me hacía preguntarme si alguna vez conseguirías verme sin medir mi presencia frente a la suya.
Yo no quería ser una versión diferente de ella. No quería demostrarte que podía ser mejor, darte algo que ella no te había dado ni convertirme en la mujer que finalmente consiguiera hacerte olvidar a otra.
¡Yo quería que me vieras a mí!
Con mis defectos, mis maneras, mi forma de quererte y todo aquello que me hacía ser quien era. Quería pensar que, si algún día llegabas a amarme, sería por lo que encontrabas en mí, no porque yo hubiera conseguido ocupar el espacio que alguien más había dejado.
Pero había algo que me dolía todavía más que las comparaciones: no saber si mis sospechas tenían fundamento o si estaba intentando darle sentido a gestos cuyo significado desconocía.
Y entonces llegó aquel momento en el que te pregunté si la amabas.
Todavía puedo imaginar el peso de aquella pregunta. Quizá una parte de mí esperaba que me respondieras inmediatamente, y me dijeras algo que me permitiera respirar tranquila. No necesitaba que borraras tu pasado ni que fingieras que ella nunca había existido. Necesitaba saber si todavía había sentimientos que podían interponerse entre nosotros.
Pero después de preguntártelo, llegó el silencio.
Y durante ese silencio, por un instante, sentí que el mundo se había detenido alrededor de una pregunta que me había costado mucho valor hacer.
Después me dijiste que no. Negaste que la amaras.
Pero la respuesta llegó después del silencio, y yo ya había sentido el peso de esos segundos. No sé qué pasó por tu mente mientras callabas. No puedo afirmar que aquel silencio significara que todavía la amabas, porque nunca conocí lo que sucedía dentro de ti. Tal vez hubo otras razones que yo no pude comprender.
Pero sí sé lo que sucedió dentro de mí.
Algo se quedó inquieto.
Porque, aunque tus palabras negaron aquello que yo temía, mi corazón no consiguió descansar por completo. La duda que había llevado conmigo no desapareció; simplemente aprendí a convivir con ella, intentando no volver a preguntarme lo mismo.
Y quizá eso fue lo más doloroso: no tener una certeza a la que aferrarme, ni siquiera después de haber reunido el valor para preguntar.
Con el tiempo, hubo otros detalles que volvieron a despertar aquella inquietud. Recuerdo una publicación en Instagram sobre ese amor que un hombre nunca olvida, sobre la mujer a la que amó profundamente y que permanece en su memoria. Vi que le habías dado «me gusta», y me pregunté si aquellas palabras significaban algo para ti.
Sé que un «me gusta» no es una confesión. Sé que no podía conocer tus sentimientos a partir de una publicación. Pero cuando una pregunta lleva tiempo viviendo dentro de ti, incluso los detalles más pequeños pueden terminar tocando el lugar donde más te duele.
Me pregunté si ella seguía ocupando un espacio en tu corazón. Me pregunté si yo había llegado a tu vida cuando todavía existía una parte de ti que no había conseguido marcharse del todo de aquella historia.
Y, sin darme cuenta, empecé a hacerme preguntas sobre mí misma.
¿Podría llegar a significar para ti lo que ella había significado? ¿Podrías mirarme algún día con esa profundidad que yo creía percibir cuando hablabas de ella? ¿Había algo en mí que te hiciera querer construir una historia nueva, o siempre existiría una parte de ti mirando hacia atrás?
Incluso llegué a imaginar cosas que nunca pude comprobar. Me pregunté si alguna vez, cuando estábamos juntos, tus pensamientos podían regresar a ella. Si en nuestra intimidad existían recuerdos que yo desconocía. No sé si algo de eso ocurrió; eran temores que nacían de mi incertidumbre, no verdades que pudiera atribuirte.
Pero imaginarlo me dolía.