Lo que nunca te dije: una extensión de Tuya.

Capítulo III. La ultima vez que me permití creer.

No sé en qué momento empecé a bajar la guardia contigo. Quizá fueron las pequeñas cosas, esas que desde afuera pueden parecer insignificantes, pero que para alguien que ha pasado tanto tiempo protegiéndose significan mucho más de lo que se atreve a reconocer.

Volví a acercarte a ti y, a pesar de nuestra historia, de las distancias y de todas las veces que habíamos dejado de encontrarnos, una parte de mí quiso creer que quizá esta vez sería diferente.

No había olvidado lo que había sucedido antes. Mis temores seguían allí, aunque intentara mantenerlos en silencio. Pero cuando te tuve cerca de nuevo, quise permitirme algo que llevaba tiempo negándome: disfrutar de ti sin estar pensando constantemente en el momento en que volverías a marcharte.

Recuerdo el sonido de tu risa. Recuerdo tus atenciones. Recuerdo las flores que me llevaste a mi casa. Recuerdo que te quedaste en mi casa, nuestras conversaciones y aquellos momentos en los que sentía que podía conocerte un poco más allá de lo que ya conocía de ti.

Para mí, había algo especial en esa cercanía. No se trataba solamente de tenerte junto a mí, sino de poder compartir contigo una intimidad que no dependía únicamente de estar cerca físicamente. Me gustaba conversar contigo, escucharte, descubrir esas partes de ti que aparecían cuando bajábamos nuestras propias barreras.

No sé qué significaron aquellos momentos para ti. Quizá los recuerdes de una manera distinta, sin todas las esperanzas que yo comencé a guardar. Pero para mí fueron importantes porque, por un instante, dejé de preguntarme si debía protegerme y me permití sentir.

Me permití imaginar que, después de tantas idas y vueltas, quizá todavía existía una posibilidad para nosotros.

Y que la vulnerablilidad es volver a tener esperanza cuando ya conoces el dolor de perderla.

Porque no estaba comenzando una historia contigo. Estaba regresando a una historia que ya me había enseñado cuánto podía doler la incertidumbre. Aun así, quise creer que el tiempo, nuestros reencuentros y aquella cercanía podían significar que esta vez teníamos la oportunidad de hacer las cosas de otra manera.

No necesitaba que me prometieras una eternidad. Quería sentir que aquello que estábamos viviendo podía avanzar hacia algún lugar, que no sería otra pausa antes de una nueva despedida. Que esta vez si tendría la oportunidad de conocerte más allá de una apariencia. Quería conocer lo malo, lo bueno, sin importar que.

Quería conocerte sin tener que prepararme para perderte.

Y, durante aquellos días, me permití imaginar que tal vez podía hacerlo.

Después llegaron tus palabras mediante una conversación. La última conversación.

«Yo sé que estás esperando algo que no puedo darte en este momento».

Y días anteriores me dijiste estas palabras que me hicieron cuestionarme mucho.
«Es muy fácil sabotear las cosas por impulso».

No sé si alguna vez comprendiste cuánto se quedó conmigo aquellas frases. Recuerdo que yo todavía quería que te quedaras, que todavía buscaba una manera de encontrar una salida a algo que tú parecías haber decidido terminar.

Había tantas cosas que no te había dicho, tantos sentimientos que apenas había empezado a reconocer incluso conmigo misma. Y, sin embargo, allí estaba, enfrentándome a la posibilidad de que aquello que yo deseaba construir contigo no fuera algo que tú pudieras o quisieras ofrecerme.

Intenté convencerte de que no te fueras.

Hoy puedo reconocerlo sin avergonzarme. No quería perderte. No estaba preparada para aceptar que, después de volver a acercarnos, nuestra historia terminara una vez más. Quería otra oportunidad, otra conversación, cualquier posibilidad que nos permitiera comprendernos de una manera diferente.

Pero tú habías tomado una decisión.

Y por mucho que yo quisiera que te quedaras, no podía elegir por los dos. Y la respete.

Quizá esa fue una de las verdades más difíciles de aceptar: que podía querer construir algo contigo con toda la sinceridad de la que era capaz y, aun así, no tener el poder de convertir ese deseo en una realidad compartida.

Yo había vuelto a abrir una puerta que me había costado mucho mantener cerrada. Me había permitido disfrutar de tu presencia, recibir tus gestos con ternura y pensar que quizá esta vez las cosas podían ser distintas.

Y ahora tenía que aprender a vivir con la posibilidad de que aquellos momentos bonitos no fueran el comienzo de lo que yo esperaba. Durante mucho tiempo pensé que no debería haberme permitido creer.

Que quizá habría sido más fácil mantener mis defensas en su sitio, no ilusionarme tanto y disfrutar de aquellos días sin imaginar que podían significar algo más.

Pero hoy no quiero juzgar a la mujer que fui por haber tenido esperanza.

Ella no sabía cómo terminaría aquella historia. Solo sabía que todavía te quería y que, a pesar de sus miedos, deseaba descubrir qué podía suceder entre ustedes.

No me arrepiento de las flores, de las conversaciones ni de haberte tenido cerca. No me arrepiento de haber sentido ternura ni de haber imaginado una posibilidad que, finalmente, no llegó a convertirse en lo que yo deseaba.




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