Lo que nunca te dije: una extensión de Tuya.

Capítulo IV. Si alguna vez te preguntas cuánto te amé.

Después de tu despedida, la vida continuó. Yo continué.

Los días fueron pasando, las cosas siguieron su curso y aprendí a convivir con tu ausencia. No porque dejara de sentir, ni porque de pronto todo lo que había vivido contigo perdiera importancia, sino porque no tenía otra opción que seguir adelante con aquello que me había quedado entre las manos: los recuerdos, las preguntas y todas las palabras que nunca llegué a decirte.

Hubo momentos en los que quise saber de ti. No para reclamarte nada, ni para buscar una excusa que me permitiera volver a acercarme, sino porque, a pesar de la distancia, seguías siendo alguien cuya tranquilidad me importaba.

Te escribí para saber si tú y tu familia estaban bien en un día triste y devastador. Quizá para ti fueron conversaciones pequeñas, de esas que empiezan y terminan sin dejar demasiado detrás. Para mí, sin embargo, había algo que no sabía explicar: podía pasar tiempo sin hablar contigo y, aun así, seguir deseando que la vida te tratara bien.

No necesitaba estar a tu lado para desearte cosas buenas.

Pero tampoco voy a fingir que la distancia me volvió indiferente.

Porque hay una diferencia entre aceptar que alguien ya no forma parte de tu vida como quisieras y dejar de sentir algo por esa persona. Yo estaba intentando hacer lo primero mientras, en algún rincón de mí, todavía luchaba por comprender cómo hacer lo segundo.

Y entonces aparecías de vez en cuando.

Un pequeño mensaje con reels. Videos de gatos. Un gesto que, visto desde afuera, podía no significar nada más que una conversación casual. Y quizá eso era exactamente lo que significaba para ti. No puedo saberlo.

Lo que sí sé es lo que sucedía dentro de mí.

Por un instante, volvía a sentir aquella familiaridad contigo. Me encontraba sonriendo, respondiéndote con la espontaneidad de antes, recordando esa manera nuestra de bromear, como si entre nosotros todavía existiera un pequeño lugar donde las cosas podían ser sencillas.

Y después volvía el silencio.

No te culpo por no sentir lo mismo que yo. No te culpo por no interpretar esos momentos como los interpreto. Ni siquiera sé si alguna vez te has detenido a pensar en lo que pueden despertar en mí.

Pero quisiera que entendieras algo: a veces, lo más difícil de intentar olvidar a alguien no es su ausencia absoluta, sino esos pequeños regresos que no alcanzan para reconstruir nada, pero sí para recordarte todo lo que todavía no has conseguido dejar atrás.

Quizá para ti solo sea un video.

Para mí, a veces, es el recuerdo de alguien a quien todavía me cuesta mirar sin sentir algo.

Y no sabes cuánto he intentado aprender a hacerlo.

Hubo un día en el que esperé saber de ti y no supe nada.

Era mi cumpleaños.

No necesitaba una gran declaración, ni un regalo, ni una conversación que cambiara nuestra historia. Una parte de mí, sencillamente, esperaba que te acordaras. Que, aunque ya no estuviéramos juntos, existiera todavía en ti el deseo de dedicarme unas palabras.

No llegaron.

Y quizá para alguien más aquello habría sido insignificante. Pero yo tuve que aceptar, una vez más, que las cosas que todavía esperaba de ti no eran necesariamente las cosas que tú deseabas darme.

No te lo digo para hacerte sentir culpable. No escribo estas páginas para enumerar tus ausencias ni para convertir mis sentimientos en una deuda que tengas que pagar.

Te lo digo porque estoy intentando dejar de esconder incluso las pequeñas cosas que me dolieron.

Me dolió esperarte. Porque si, te esperé y esperé y, seguí esperando.

Me dolió extrañarte en silencio.

Me dolió descubrir que todavía podía ilusionarme con un gesto tuyo, por pequeño que fuera, cuando llevaba tanto tiempo intentando convencerme de que debía dejar de hacerlo.

Y me dolió, sobre todo, reconocer que una parte de mí seguía guardándote un lugar que yo no sabía si tú alguna vez habías querido ocupar de la misma manera.

No sé qué lugar tengo hoy en tus recuerdos. No sé si piensas en nuestra historia con ternura, con indiferencia o de una forma completamente distinta a la mía. No voy a inventar respuestas para llenar esos espacios.

Solo puedo hablarte de lo que conozco. Y lo que conozco es que, incluso después de todo este tiempo, hubo sentimientos que no desaparecieron cuando dejamos de vernos.

Hay algo que nunca te dije.

Durante mucho tiempo, las palabras se quedaron dentro de mí porque me daba miedo pronunciarlas. Quizá temía que fueran demasiado grandes para lo que habíamos vivido. Quizá no quería poner mi corazón en tus manos sin saber qué harías con él. Quizá, sencillamente, no encontraba el momento ni el valor para dejarte ver una parte de mí que siempre he protegido con cuidado.

Te dije que sentía cosas por ti. Te hice saber que quería algo más contigo. Pero nunca te dije toda la verdad.

Nunca te miré y te dije las dos palabras que hoy, después de tantas vueltas, tantas distancias y tantos silencios, todavía me cuesta escribir sin sentir que estoy dejando una parte de mí al descubierto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.