Lo que recuerdo

Lo que recuerdo

Me lavé las manos tres veces aquella mañana. La primera fue costumbre: el gesto mecánico de quien pasa demasiadas horas limpiando cola fría y el polvo que se acumula en el lomo de los libros viejos. La segunda, porque todavía sentía en la yema de los dedos el tacto áspero del papel ajeno, ese que se reconoce sin mirar, por el gramaje, por cómo cede bajo la presión exacta. La tercera la hice despacio, mirando el agua tibia arrastrarse por el desagüe, y pensé que nadie pregunta jamás por qué alguien se lava las manos tres veces. Dan por hecho que es limpieza. Casi nunca lo es.

Trabajaba en un taller pequeño, cerca de la Academia Orión, restaurando volúmenes que el tiempo había decidido olvidar. Es un oficio paciente, casi sordo. La gente cree que consiste en devolverle la vida a las cosas, pero se equivoca: lo único que hacemos es disfrazar el deterioro, aprender a estirar las fibras justo lo necesario para que nadie note dónde estuvo el desgarro. Un buen restaurador no engaña a nadie. Eso quiero que quede claro desde ahora, porque es cierto y porque nadie me creyó cuando lo dije más tarde, en el peor momento posible, con las palabras exactas: yo nunca mentí. Un buen restaurador simplemente deja que el ojo vea lo que ya esperaba ver. Uno no inventa nada. Uno solo administra lo que el otro quiere encontrar.

Esa mañana, sobre la mesa, esperaba turno un ejemplar de ECOS I: Huellas. El lomo se había abierto por la mitad, algunos pliegos sueltos. Lo miré un momento antes de decidir por dónde empezar. Hay historias que se pueden remendar sin que se note la costura. Otras conviene dejarlas exactamente como están, con la grieta a la vista, para que quien las lea sepa, si quiere saberlo, por dónde se rompieron.

El mensaje de Elena llegó a las nueve y cuarenta: Tenemos que hablar. Encontré algo tuyo que no debería tener. No decía qué. Elena nunca decía qué, era su forma de estar viva, mantener siempre una pregunta a medio abrir para que el otro se acercara a cerrarla. La conocí hace poco más de un año, en una presentación de libros donde ella hacía demasiadas preguntas y yo contestaba demasiado poco. Nos hicimos amigas del tipo que se cuenta cosas a medias y llama a eso confianza. Le contesté que sí, que habláramos, que fuera a mi casa esa noche. No mentí en ningún momento de ese mensaje. Cada palabra era verdad. Solo que las verdades, ordenadas de cierta manera, dejan de parecerlo.

No volví a saber de ella. A las siete de la tarde siguiente, el inspector Valdés tocó la puerta del taller con el sombrero en la mano, como si el gesto fuera a suavizar lo que venía a decir. Elena había sido encontrada esa mañana, en su departamento, sin señales claras de haber luchado. Me preguntó si sabía algo. Le dije que la había visto la semana pasada, que hablamos de un libro que ella quería que le encuadernara, que últimamente la notaba nerviosa. Todo cierto. Cada frase, cierta. Lo único que omití fue el orden en que ocurrieron las cosas, y eso, técnicamente, no es mentir.

—¿Notó algo raro en ella? —preguntó Valdés.

—Elena siempre notaba cosas raras en todo. Era su manera de mantenerse alerta.

Lo dije mirándolo a los ojos, y él anotó algo en su libreta como si yo hubiera dicho algo útil sobre ella, cuando en realidad había dicho algo sobre mí. Eso pasa todo el tiempo: uno habla de sí mismo disfrazado de tercera persona y nadie lo nota, porque nadie espera que la confesión llegue vestida de comentario.

Me preguntó por unos zapatos negros que habían encontrado junto a la puerta, fuera de lugar, como si alguien los hubiera dejado ahí a propósito.

—Los odiaba —dije—. Pero eran los que usaba cuando quería sentirse segura.

No pregunté cómo eran, ni de qué marca, ni si tenían tacón. Solo dije que los odiaba, en pasado, como quien habla de algo que ya conoce de memoria. Valdés no lo advirtió. O quizás sí, y decidió que aún no era el momento de decirlo en voz alta. Los inspectores, como los lectores, casi siempre saben más de lo que admiten saber; simplemente esperan a que la historia termine de acomodarse antes de señalar la grieta.

Esa noche volví a lavarme las manos. No porque hubiera tocado nada. Lo hice porque necesitaba sentir el agua desplazando algo, aunque ese algo no tuviera forma ni nombre. En el taller, ECOS I: Huellas seguía abierto sobre la mesa, esperando su nueva costura. Pensé, mientras pasaba el hilo por la aguja, que restaurar un libro y guardar un secreto se parecen más de lo que la gente imagina: en ambos casos, uno decide con precisión qué parte va a quedar visible.

Valdés volvió cuatro días después, ya de noche, con una libreta en una bolsa transparente. La habían encontrado entre las cosas de Elena. Adentro había fechas, nombres, observaciones mías anotadas con una letra que él no tardó en reconocer como propia de alguien cercano a ella. La primera entrada tenía fecha de tres años atrás. Tres años antes de que Elena y yo nos conociéramos en aquella presentación de libros.

—Explíqueme esto —dijo, y no era una pregunta.

Podría haber fingido sorpresa. No lo hice. Dije la verdad, que es lo único que hago, y por eso mismo es lo más peligroso que puedo ofrecerle a alguien.

—Llevo un registro de las personas que me interesan. Desde antes de conocerlas, a veces. Es una costumbre de mi oficio: uno aprende a mirar el desgaste antes de que el dueño del libro lo note.

—Elena no era un libro.

—No —dije—, pero se dejaba leer igual que uno. Todos se dejan.

Valdés cerró la bolsa con la libreta dentro y me miró como si esperara que yo negara algo, que ofreciera una versión distinta, más cómoda, algo a lo que pudiera oponerse con pruebas. No le di esa versión, porque no existía. Le di, en cambio, la verdad completa, repartida en frases que él tendría que volver a leer más tarde, a solas, en su oficina, para entender lo que ya le había dicho esa noche sin que él lo notara.




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