Los años que nos debemos -Tk

1- La ruta de la medianoche

El parabrisas de mi auto estaba tan sucio que las luces rojas del tráfico de Seúl se deformaban en manchas sangrientas frente a mis ojos. Tenía la corbata floja, el primer botón
de la camisa desabrochado y una punzada sorda en las sienes que no cedía con nada. Acababa de escapar de otra cena de negocios con la mesa directiva de la firma de arquitectura y consultoría, una de esas veladas sofocantes donde la gente ríe demasiado fuerte, bebe vino de cosechas carísimas y celebra contratos millonarios que a nadie en esa mesa le importan de verdad.

Yo era muy bueno en eso. Lamentablemente.

A mis 31 años, mi nombre en la tarjeta de presentación pesaba lo suficiente como para abrir puertas en algunos de los despachos más codiciados del servicio financiero. Tengo un apartamento con vistas al Río Han, una libreta de contactos que cualquiera en mi profesión envidiaría y trajes hechos a medida que parecen una armadura elegante. Pero la verdad es que me sentía como un fraude ambulante. Toda esta vida impecable, cada aumento de sueldo, cada elogio de mis superiores, no es más que un decorado caro construido sobre terreno podrido.

Lelavaba siete años viviendo en una casa hecha de culpa. Una culpa pesada, espesa, que se pega a mi piel todas las mañanas cuando me miro al espejo antes de anudarme la corbata. La gente a mi alrededor pensaba que mi reserva y dedicación obsesiva al trabajo eran signos de madurez, de ambición corporativa. No sabían que en realidad trabajaba hasta el agotamiento solo para no tener tiempo de pensar cuando apagaba la luz de la mesa noche.

Para no recordar.

En lugar de tomar la autopista principal que me lleva directo a mi apartamento en cuarenta y cinco minutos, desvié mi camino hacia la ruta secundaria que bordea el cinturón industrial del sur de la ciudad. Odio la via rápida a estas horas. Odio la luz blanca de los peajes automáticos, de los coches y de las señales, así como la sensación de que todos los ejecutivos volvíamos en fila india a casa, en los mismos coches, consumiendo el mismo aire acondicionado y pretendiendo que somos felices.

La carretera secundaria, en cambio, es oscura y miserable. Flanqueada por almacenes cerrados, talleres mecánicos a oscuras y arboles secos por el invierno que parecían garras contra el cielo nocturno. Esta ruta, sin duda, se parece mucho más a como me siento por dentro.

Iba conduciendo sin prisa, con la calefacción al mínimo para obligarme a permanecer despierto, cuando un pitido agudo rompió el silencio del habitáculo y de mis pensamientos.

En el tablero, la pequeña luz amarilla del combustible empezó a parpadear. Estaba en reserva.

Solté una maldición porque me había olvidado completamente de ello. Hoy, justo al salir para el trabajo lo vi y me dije que llenaria el tanque a la vuelta a casa, claro qué, me había olvidado y encima estaba en una carretera donde las gasolineras 24h escaseaban. Golpee el volante con la palma de la mano, porque es muy típico de mi que presto atención a cada detalle, pero me olvido de cosas básicas como estas.

Miré la hora en el tablero digital, las 1:42AM.

Llevaba cerca de veinte minutos sin cruzarme un coche y mucho menos una gasolinera, además que la aguja seguía bajando y la idea de quedarme tirado en mitad de la nada en pleno mes de enero, vistiendo solo un abrigo de tela fina y unos zapatos de vestir, me dio escalofríos.

Reduje la velocidad pegándome al carril derecho mientras escudriñaba la oscuridad, una mano de camino a mi móvil mientras tomaba una curva cerrada y, a lo lejos, pude divisar una luz blanca al fondo.

Una gasolinera.

A medida que me acercaba podía verla mejor. Una gasolinera de bajo costo, de esas que parecen sacadas de otra década o mejor, de una pelicula de terror. Un letrero luminoso con un tubo fluorescente gastado zumbado en el aire, parpadeando de forma irregular sobre una marquesina manchada de oxido. Había solo dos surtidores antiguos y una pequeña cabina acristalada que funcionaba como tienda de conveniencia.

Aparqué el coche en el único surtidor que estaba disponible y apagué el motor. Al instante, el ronroneo suave del motor desapareció y el silencio del campo cayó sobre mi como un peso físico. El aire dentro del coche se enfrió en apenas unos segundos.

Me quedé un momento con las manos apoyadas en el volante, mirando la tienda a través de la ventanilla. Me sentía agotado. No solo era cansancio físico de la jornada laboral; era ese cansancio viejo, arraigado en los huesos que no se quita durmiendo ocho horas. Durante los últimos siete años, cada vez que estaba a solas en la oscuridad, mi mente volvía al mismo lugar. Al día en que los auditores entraron a la oficina corporativa. A la carpeta con mi firma adulterada en los balances contables que yo mismo había manipulado por pura desesperación infantil para pagar las deudas medicas de mi familia. Al sonido de las patrullas. Y a la imagen de él saliendo esposado por la puerta principal porque decidió atribuirse el fraude antes de que la policía pronunciara mi nombre.

Cerre los ojos y tomé una respiración profunda, sintiendo la opresión conocida en el pecho.
Respira Taehyung. Ya paso. Solo echa gasolina y vuelve a casa.

Me abroché el abrigo hasta el cuello, cogí la cartera y salí del coche. El viento invernal me golpeó en la cara con la fuerza de una bofetada. Mis pasos sobre la gravilla suelta resonaban exageradamente altos en mitad de la noche.

Caminé hacia la cabina acristalada para pagar la carga por adelantado. La puerta de vidrio estaba empañada en los bordes inferiores por la diferencia de temperatura entre el interior y el exterior. Empujé la manija de metal helado. Una campanilla metálica colgada en el marco dejó oír un tintineo agudo.

—Buenas noches. Bienvenido a...

La voz venia desde detrás del mostrador. Era una voz baja, un poco rasposa por el frío o por la falta de uso, y se cortó de golpe en la mitad de la frase. Me detuve en el acto. Mi mano se quedó clavada sobre el pomo de la puerta, incapaz de soltarlo. El calor dentro de la tienda olía a café rancio, ramen instantáneo y keroseno. Pero todo el aire pareció escaparse de mis pulmones en un segundo.




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