Los Autores También Escriben

Para que te lean escribe

Está sentada.
Cabeza desordenada.
Idea recién llegada.
Este momento es el momento.
Corre a la cocina a hacerse un café. Luego anda taza en mano, parece bailar hasta el escritorio. Ve reposar su portátil y rompe su letargo al abrirlo. Abre su documento en blanco que piensa llenar de píxeles en negro.
No tiene palabras, sólo sentimientos que vuelan y aterrizan en su frente. Es como si no supiera cuántas líneas tiene un pentagrama, pero tuviera la armonía y ritmo en la cabeza.
Pone música, como si tuviera una cita con ella misma. Sus dedos a punto de besar el teclado esperan órdenes.
Las ideas parecen contradecirse, como instrumentos a destiempo que necesitan un director. Escribe palabras al azar y las borra. A lo mejor alguna frase empieza a andar desde esas palabras tropezadas. Las frases se enredan después, faltará acondicionador y un cepillo. Los párrafos se derrumban unos con otros, como el efecto dominó, falta un arquitecto.

Ha pasado un rato. ¿Se han perdido aquellas musas? Tenía pájaros cantando que se espantaron en la silla.
No es la primera vez que le pasa. Se amarga. Es escritora, pero no escribe. Quiere escribir, en sus dedos hay un embudo muy estrecho para tan vasto mundo.
Una idea golpea su teclado, escribe y termina en un párrafo. Cuenta, 50 palabras. Se frustra. Ha escrito un poema, el prota no hace nada y espera órdenes. Dos líneas en las que se pregunta qué hacer. Parece un héroe sin aventuras o un drama sin sentimiento.

Sabe sobre lo que quiere escribir. Miedos varios que le pasan por la cabeza y no se van a callar hasta que no les preste esa atención.
Sabe cómo quiere escribir, compone poemas que insertar en el texto. Esos poemas le marcan como una lista de ideas. Tal vez el orden.
Pensaba hacer la primera metáfora que se le ocurre. Le aterroriza enamorarse, supone. Quizá alguien en una cueva a oscuras a quien le da miedo salir por si la luz le duele o el mundo es muy grande para el protagonista no definido, le recuerda tímidamente a Platón o una versión totalmente mundana. Para luego sería buena idea presentar una duda, si realmente le gusta alguien (salir de la cueva) o preguntarse qué es salir de la cueva. Que ella no sepa sobre esa duda se convertirá en “runrún” en el personaje.
¿Cómo lo acabaría? ¿Saldría de esa cueva o se negaría a declararse al objeto deseado? La escritora sabe que nunca tendría el valor a decírselo, pero ese texto puede ser un grito mudo a un dios que no sabe si le escucha rumiar pensamientos por las noches.

Se enfada. Se siente como si una profesora riñera a su alumno por no hacer la tarea. Pero ella tiene ambos roles al mismo tiempo. Pero es que su “yo” alumno está intentándolo.
No se entiende a sí misma. Siempre ha soñado ser escritora y su mayor éxtasis es teclear mientras escucha música.
Sus textos han sido declaraciones y manifiestos, confesiones y encubrimientos; su cuerpo y alma.
Se acuerda de un texto que escribió de una sentada. Era de un amor de los suyos. De tantos, uno. Recuerda que tenía ese cuerpo al lado mientras escribía y que el texto no era más que una declaración a falta de valor para hacerlo. Ese amor era lejano, pero lo quería cerca. Bello, pero le aterrorizaba hablarle. Es una escritora que no escribe y una amante que no besa.

Es escritora. Es artista. Es persona. Es un diccionario sin palabras.

Pero tiene que escribir sobre su miedo a enamorarse y dejar de irse por sus pensamientos a las ramas. Le da miedo desear y ser vista como una pervertida, amar y ser percibida como algo roto. Le aterra equivocarse otra vez. Debe dejar de pensar qué le da miedo y escribir que le da miedo. Si lo consigue, tal vez duerma esta noche.
Se le viene a la cabeza una persona, pelo rizado y una sonrisa que se tatuaría. El individuo usa gafas, pero nuestra escriba parece necesitarlo para poder ver para adelante.
Tiene miedo de que lo lea. Si sabe que va para su persona, se le caería el alma al suelo, casi parece no tener razones o ganas para escribir que no sea la esperanza de que tenga un pedazo de una artista dentro de ella.
En sus cascos suena una canción. Un hombre que ve a una mujer bella y se le queda grabada en la memoria. El hombre se enamora y pese a que es él el que se enamora, le echa la culpa a ella “no sé qué hiciste en mí, que eres insuperable”. Y ese hombre, poco a poco, asume que se ha enamorado y que la culpa es suya. Otra. En esta alguien se
enamoraba de una sirena y canta sobre cómo no podría hacerla suya.

Los dedos ya bailan, le ha costado. Canta sobre un amor bello, el personaje roto busca que venga a arreglarlo. El personaje también quiere arreglar a su amor, no quiere ser pasivo o esclavizar al amor para arreglarse, quiere cuidarlo y quiere que se cuiden entre ellos. Escribe sobre el deseo. Intenta no quedar como pervertido, pero su deseo es besar esos labios de amapola y un beso tras el acto. Ya no se preocupa. Parece vomitar el texto, las penas que le envenenaban ya salen al documento donde quedarán presas y expuestas.
Ve a su amor como una rosa, desea besarla y tocarla, como si esas acciones fueran instrumentos para admirar la belleza. La vista no alcanza.
Introduce el miedo en su relato, apenas conoce a su platónico. Sólo es una idea. El miedo de desencantarse contrasta con la belleza de su rosa. Hay terror de que las espinas no permitan tocar la flor, o que la tierra no quiera aceptar su agua.

Hay una foto suya, del amor, en el portátil donde escribe, la mira cuando un párrafo se le atasca y parece encontrar inspiración para seguir presionando las teclas. Le da igual que la idea le venga del pelo, los ojos, o del colmillo derecho. Ella sigue escribiendo su rezo mudo a ese amor.

Su cuerpo es hermoso. La risa, una armonía sin sinfónica. El cómo y de qué habla un misterio bajo una neblina fría. Las metáforas son reflejos de sus percepciones y temas de los que querría hablar. Y cada cosa tiene su párrafo.




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