El mundo real tenía reglas muy aburridas para los desesperados, pero Alaric conocía las verdaderas grietas de la realidad.
En los suburbios olvidados de una ciudad gris, donde el hollín de las fábricas se mezclaba con el barro de las calles sin pavimentar, la pobreza no era solo una carencia de pan o monedas; era una sordera impuesta. Las familias como los Groink vivían al borde del abismo, ignoradas por los gobiernos, por los mapas y, sobre todo, por los dueños del mundo. Pero Alaric no era sordo.
Mientras los demás niños lloraban por el frío o el hambre, Alaric pasaba las horas mirando fijamente las esquinas vacías de su habitación, donde las sombras parecían doblarse en ángulos imposibles. Él no estaba loco. Simplemente podía escuchar las cosas abstractas: los susurros de geometrías que no existían, el crujir del tejido del mundo cuando nadie lo miraba, y las voces aterradoras de entidades primordiales que habitaban en los recovecos del universo, respirando justo al otro lado del aire.
—No están aquí para salvarte, pequeño exiliado —susurraba una voz sin rostro, fría como el hielo de medianoche, deslizándose desde la pared agrietada.
Alaric apartó la mirada con un estremecimiento, frotándose los ojos sucios de carbón. No sabía qué significaban esas advertencias, ni por qué su sangre llevaba el peso de un apellido maldito que los sabios de los castillos creían extinto. En las altas esferas, los magos de la isla oculta —ese pedazo de tierra prohibida flotando en el océano entre Europa y México— seguían creyendo que la magia pertenecía únicamente a los ricos, a los herederos de los linajes limpios y a los portadores de las varitas forjadas con los legendarios Ojos de la Serpiente.
Ignoraban por completo que la historia verdadera, la de los enanos desterrados por el mismísimo Merlín y la de los sirvientes olvidados como Zafars Eslladar, se estaba gestando allí mismo, en el lodo de los barrios pobres. Y que pronto, un niño capaz de hablar con el abismo rompería los muros de los castillos rojo y verde para demostrarles que el poder no se hereda: se arrebata.
Editado: 06.10.2026