(Narración punto de vista Erik)
El silencio que siguió al último disparo fue mucho peor que el estruendo.
No era un silencio normal. Era una masa densa, pesada y helada que cayó de golpe sobre el salón, aplastando cualquier atisbo de realidad. El humo blanco de la pólvora flotaba en el aire como una niebla espesa y química, mezclándose con el aroma a madera barnizada, alfombra cara y el perfume francés de mi madre.
Mis manos temblaban tanto que la escopeta metálica estuvo a punto de resbalárseme de los dedos. El metal todavía quemaba.
—Erik.
La voz sonó lejana, como si viniera desde el fondo de un túnel de agua.
No me moví. Ni siquiera podía parpadear. Mis ojos estaban clavados en la esquina del sofá, donde la sombra de mi padre parecía seguir erguida, gigantesca y dominante, lista para levantarse, cruzar la habitación y castigarme por haber atrevido a mirarlo a los ojos. En mi cabeza, su voz continuaba retumbando, repitiéndome que no valía nada, que era un inútil, que la familia lo era todo y que yo solo era un fallo en su diseño perfecto.
—¡Erik, mírame!
Unos dedos duros como garras me agarraron por los hombros y me sacudieron con fuerza. El choque me devolvió a la realidad de golpe.
Lyle estaba delante de mí. Tenía la respiración agitada, pero en sus ojos oscuros no había pánico; había un cálculo helado que me aterrorizó casi tanto como lo que acabábamos de hacer. Llevaba el pelo ligeramente desordenado y una gota de sudor le bajaba por la sien, pero su postura mantenía esa compostura rígida que mi padre le había inculcado a golpes de exigencia desde que aprendió a caminar.
—Dame eso —dijo Lyle, tirando del cañón de mi escopeta.
Mis dedos se negaban a soltar el metal, como si mi cuerpo hubiera quedado paralizado en la posición de tiro.
—¡Erik, suéltala ya! —susurró entre dientes, echando un vistazo rápido hacia la entrada del salón—. Si te desmoronas ahora, los dos estamos muertos. ¿Entiendes lo que te digo? Muertos. Nos van a encerrar para siempre o nos van a sentar en la silla eléctrica. Tienes que reaccionar.
Le entregué el arma. El peso desapareció de mis manos, pero la sensación de la culata presionando mi hombro quedó grabada a fuego en mi piel.
Lyle no perdió un solo segundo. Agarró ambas escopetas, se las colocó bajo el brazo cubiertas con un abrigo de lana y me agarró del antebrazo con una fuerza que me dejó marcas rojas.
—Camina. Directo al coche. No mires atrás.
No miré. No podía. Sabía que si volvía la cabeza hacia el salón, mi mente se rompería en mil pedazos y nunca más volvería a juntarse.
El aire de la noche de Beverly Hills era tibio y olía a jazmín recién regado. Resultaba grotesco. La mansión de North Elm Drive lucía impresionante bajo los focos del jardín, con sus paredes blancas y sus palmeras perfectas alineadas a lo largo de la entrada. Una postal del sueño americano. Una fachada de millones de dólares que escondía un infierno que nadie, fuera de esas cuatro paredes, se había atrevido jamás a imaginar.
Nos subimos al coche. Lyle encendió el motor y aceleró con suavidad, evitando que los neumáticos chirriaran contra el asfalto. Tuvo la sangre fría de poner el intermitente al girar en la esquina.
Yo me pegué al asiento del copiloto, sintiendo cómo los dientes me castañeteaban uncontrollablemente. La disociación me atrapó por completo. Veía los escaparates iluminados de Rodeo Drive pasar al otro lado del cristal como si fueran los fotogramas de una película barata. Eso no nos estaba pasando a nosotros. No podía ser real. En cualquier momento sonarían las seis de la mañana, mi padre tocaría la puerta de mi habitación a puñetazos y me gritaría que me vestira para ir a entrenar a la pista de tenis.
—Repite conmigo —dijo Lyle sin quitar la vista de la carretera. Su voz era firme, el sonido de alguien que toma el mando cuando el barco se hunde.
—No... no puedo, Lyle —logré articular. La garganta me quemaba.
—Vas a poder. Escúchame bien, Erik —dijo, dándome un toque rápido en la rodilla—. Fuimos al cine. Queríamos ver Batman, pero las entradas estaban agotadas. ¿Vale? Después fuimos a la feria de Santa Mónica, caminamos por el muelle, compramos unos refrescos y luego decidimos volver a casa a buscar la tarjeta de crédito de papá para salir a cenar.
—La feria... el muelle... —repetí como un autómata.
—Eso es. Cuando llegamos a casa, la puerta principal estaba entreabierta. Entramos y nos encontramos... eso. ¿Lo tienes?
—Lyle, hay sangre en tus zapatos —susurré, señalando con un dedo tembloroso hacia sus pies.
Lyle bajó la mirada un milisegundo. No maldijo. No gritó. Solo apretó el volante con más fuerza hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
—Nos desharemos de la ropa y de las armas en el cañón. Nadie va a registrar esa zona antes de mañana. Después limpiaremos los zapatos. Nada nos conecta con esto, Erik. Nada. A menos que tu cara de pánico le diga a la policía exactamente lo que acaba de pasar.
—¡Es que los hemos matado, Lyle! —el grito se me escapó en un gemido ahogado, tapándome la boca inmediatamente con ambas manos.
—Ellos nos iban a matar a nosotros —sentenció Lyle con una frialdad que me congeló la sangre—. Era su vida o la nuestra. Nos acorralaron, Erik. Tú lo sabes. Sabes perfectamente lo que papá iba a hacer esta noche si no actuábamos antes.
Cerré los ojos con fuerza. Las imágenes de las últimas semanas cruzaron mi mente como relámpagos: las discusiones a gritos, las amenazas implícitas, las miradas oscuras de mi padre en la cocina, el silencio cómplice y destructivo de mi madre flotando en una nube de alcohol y pastillas. La sensación de acorralamiento constante, como si viviéramos en una jaula con dos depredadores a los que se les había acabado la paciencia.
¿Era verdad? ¿Había sido en defensa propia? ¿O simplemente habíamos dejado que la paranoia y el terror acumulado durante años nos volvieran locos?