Los Hijos de Anac y las Marcas Sagradas

Capitulo 8

Las baldosas de roca arenisca se sentían frías bajo los pies descalzos de Morrigan, su vestido negro caía como una cascada ocultando el hecho de que caminaba completamente descalza por los largos y desolados pasillos de Taranis. Prefería sentir todo a su alrededor de manera directa y sin confundir las sensaciones para su cuerpo y sus sentidos. Si, tenía gustos peculiares, pero el solo hecho de ser la hija del Emisario de la Muerte era suficiente peculiaridad como para que sus otras características parecieran extrañas.

Amaba viajar a Taranis, disfrutaba de los días que podía compartir con sus amigos de la infancia. Solo había una cosa que le preocupaba, las sensaciones que percibía eran más fuertes que de costumbre, había comenzado a tener destellos de lo que pensaba seria el futuro y lo que se le mostraba en esos pequeños momentos la preocupaba.

Ankou, su padre; le había advertido que el momento en que sus poderes serian activados completamente estaba muy cerca. Cuando eso sucediera debería volver con él y someterse a las pruebas para aprender a dominar sus poderes de Emisaria de la Muerte. En el momento en que eso sucediera tendría que alejarse de sus amigos y la soledad seria su nueva y única compañera.

Se detuvo ante uno de los grandes vitrales multicolor por el que atravesaban los últimos rayos del ocaso, su cabello del color de la sangre se agito suavemente con la brisa helada que provenía de los bosques y con ella la visión de una espada siendo sostenida por dos seres superiores. Su visión era hermosa y a la vez perturbadora, podía ver dos miradas del más hermoso color turquesa y sentía en su corazón el palpitar de un amor tan profundo e intenso acompañado por la mirada ambarina de un ángel, de uno caído y exiliado.

_ ¿Qué haces aquí sola?_ Morrigan salió de su trance al ser tocada en el hombro por Arif pero de inmediato una visión del futuro de su amigo la golpeo._ ¡Morrigan!_ Arif la sostuvo en sus brazos para evitar que cayera al suelo y se lastimara._ ¿Te sientes mal? Puedo llevarte…

_ Estoy bien._ Le aseguro ella tocando su rostro con su mano y tranquilizándole._ Solo fue cosa del frio.

Arif no le creyó.

_ No deberías estar aquí sola si no te sientes bien. Tengo que hacer mi ronda pero me sentiría mejor si antes te acompaño con los demás.

Morrigan le sonrió con amabilidad y agradecimiento._ No te preocupes. Ve, tienes que hacer tu trabajo, prometo que estaré bien.

Arif dudo pero finalmente acepto los deseos de su amiga.

Morrigan observo al joven Arif mientras se aleja y se perdía en los largos y grandes pasillos, lo que había visto no podía tranquilizarla pero le daba algo de esperanza sobre lo que pasaría con sus amigos. Había visto mucho caos, mucho sufrimiento y dolorosas despedidas, vio una tierna y delicada mano sosteniendo la de Arif y escucho una maravillosa risa causándole alegría. No lo podía ver en el mundo de manera concreta pero si atreves de aquella mirada de Ángel.

_ Caos, caos, caos._ Repitió una y otra vez Morrigan.

El viento soplo con fuerza, y los gritos del gran clan de Balar llego a sus oídos junto con la voz grave de su padre anunciándole la muerte de inocentes y la sangre derramada. Su piel se estremeció en un escalofrió y su corazón se comprimió con la certeza de que algo muy grande y devastador se aproximaba a mucha velocidad contra ellos.

Entonces su nombre fue a sus labios. Aquel nombre fue solo un susurro empujado por el viento. Pero lo conocía muy bien.

***

Enormes y aterradoras gárgolas custodiaban la entrada a la gran catedral, eran criaturas oscuras de roca pura y con rostros casi demoniacos. Kadar las observo rápidamente intentando no preguntarse como los Hijos de Adán podían simbolizar a los protectores de la fe con aquellas bestias tan grotescas. Camino a través de las enormes puertas de roble talladas con imágenes de ángeles y santos, fue lentamente por el largo pasaje de columnas diseñadas al estilo románico hasta situarse delante del gran vitral. Un vitral decorado con majestuosas imágenes de ángeles compuestos por una gran variedad de colores.

 

Todo en ese lugar era enorme y majestuoso de una manera aterradora, pero nada comparado con los lienzos que cubrían la cúpula. Trazos perfectamente elaborados que contaban la historia de la gran caída, de la gran guerra del cielo. Kadar estaba como hipnotizado por los colores y líneas que contaban la historia del más grande ángel considerado por los suyos como un traidor.

 

_ No todas las historias son verdad._ Le dijo una voz._ A veces se pierden cosas importantes que hacen a la historia no ser fidedigna.

 

_ ¿Entonces, como llegaríamos a la verdad? _ Pregunto Kadar.

 

Un extraño hombre surgió de las sombras detrás de la gran nave de la catedral, vestía una larga sotana color marrón, sostenía un bastón en su mano derecha para ayudarse a permanecer de pie, y sus cabellos blancos y arrugas en el rostro le decían a Kadar que el pobre hombre tenía más años de los que él podía imaginar.




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