Julián - Paso del Ombú — Miércoles, 17 de julio de 1996 – 08:17 hrs.
La lluvia empezó justo cuando el autobús dejó atrás el último tramo asfaltado de la ruta.
Julián Alvez abrió los ojos sin recordar en qué momento se había quedado dormido. Apenas había sido un instante, suficiente para que el reflejo de las gotas deslizándose por el vidrio se mezclara con su propia imagen: barba de dos días, ojeras profundas y la mirada de alguien que lleva demasiado tiempo peleando contra el sueño. Miró el reloj de pulsera. Las 08:17. Hacía casi treinta y seis horas que no dormía más de veinte minutos seguidos, y ya ni siquiera le sorprendía. Desde la muerte de Martín, las noches se habían convertido para él en un pasillo largo que recorría despierto.
Sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de la chaqueta, lo giró entre los dedos y volvió a guardarlo. El conductor ya le había llamado la atención dos veces por intentar fumar con la ventanilla entreabierta.
En ese mismo bolsillo, contra el pecho, llevaba una libreta pequeña de tapa negra y esquinas gastadas. Había sido de Martín, su amigo y antiguo compañero. Julián la tomó de su escritorio el día que vaciaron el lugar, nadie la reclamó, y desde entonces la llevaba encima como se lleva una piedra lisa en el bolsillo, para tener algo que apretar cuando hacía falta. Nunca la había abierto. En el otro bolsillo, en cambio, estaba su libreta azul de trabajo, la que sí abría a cualquier hora para anotar horarios, nombres y ocurrencias.
Además de él, en el autobús solo quedaban dos pasajeros. Dos filas más adelante viajaba una mujer de unos treinta años, pelirroja, con una chaqueta amarilla y una cámara de lente largo sobre las rodillas, que limpiaba el vidrio empañado con la manga cada vez que aparecía algo digno de una fotografía. Más atrás, un muchacho delgado, de barba corta y lentes de marco fino, escribía sin levantar la cabeza en una libreta roja. Ninguno de los tres había cruzado una palabra en todo el viaje.
El vehículo dio un salto al caer en un pozo y Julián tuvo que apoyar la mano en el asiento delantero.
—Siempre igual esta ruta cuando llueve —murmuró el conductor, casi para sí mismo.
—¿Falta mucho?
—Cinco minutos. —Miró por el espejo—. ¿Usted es el policía nuevo?
—Sí.
—Es tranquilo el pueblo. Salvo por el agua. Cuando el arroyo crece, no entra ni sale nadie.
Julián no supo si era una advertencia o una queja de oficio, y lo dejó pasar.
La terminal era apenas un galpón de ladrillos con techo de chapa y dos bancos de madera. Junto a ella se alzaba el cartel de madera con las letras pintadas a mano, algo descascaradas por la humedad.
BIENVENIDOS A PASO DEL OMBÚ
Población: 2014
La mujer de la cámara fue la primera en bajar, respiró hondo el aire frío y fotografió el cartel con una sonrisa. El muchacho de los lentes descendió después, escribió un par de líneas mientras miraba el pueblo y tomó el camino hacia la plaza sin hablar con nadie. Julián bajó último, con un bolso de lona y una mochila.
El frío lo golpeó de inmediato. No era el frío húmedo de Montevideo, sino uno más quieto, con olor a leña quemada. Cuando el autobús arrancó y se llevó el ruido del motor, solo quedó un hornero cantando sobre un poste.
El camino hacia el centro cruzaba un arroyo por un puente de piedra cubierto de musgo. Julián se detuvo a la mitad del arco. El agua bajaba ancha y turbia, del color del café con leche, y golpeaba los pilares con una fuerza que volvía comprensibles las palabras del conductor. Sacó la libreta azul y anotó: puente de piedra, único acceso visible, arroyo crecido. Era una costumbre de policía: antes de conocer a la gente, conocer las salidas.
Más allá del puente, el pueblo se desplegaba alrededor de la plaza con una simetría casi de maqueta. Julián lo recorrió despacio, con el bolso al hombro, mirándolo como miraba cualquier lugar nuevo: primero las salidas, luego las puertas, después las caras. Le llamó la atención lo poco que había que vigilar. Las camionetas estaban estacionadas con la llave puesta, casi ninguna puerta tenía candado a la vista y los comerciantes barrían las aceras con la tranquilidad de quien no teme dejar nada sin cuidar. Todos lo saludaban con un gesto breve, sin curiosidad excesiva, como se saluda a quien se sabe forastero y se espera que se quede.
En la calle principal se alineaban la panadería, la verdulería, una tienda de ropa con chaquetas de lana en la vitrina y un videoclub. Un cartel escrito a mano anunciaba una liquidación de invierno. No había nada que no hubiera visto en veinte pueblos parecidos, salvo que allí la gente hablaba en voz baja, como si el propio pueblo estuviera dormido y nadie quisiera despertarlo.
Fue al llegar a la plaza cuando levantó la vista y vio la torre. Era más alta de lo que esperaba, toda de piedra, con una cúpula pequeña y un reloj enorme incrustado cerca de la cima. Marcaba la una en punto. Julián miró su muñeca: 08:31. En la esquina, un hombre mayor acomodaba diarios en el exhibidor de un kiosco.
—Disculpe, ¿ese reloj anda?
—No. Hace años.
—¿Y nadie se ocupó?
—Vinieron relojeros. Sirvió una tarde.
—Debe de ser la humedad —dijo Julián—. En los mecanismos viejos pasa: se traban los engranajes y se paran donde les toca.
El hombre lo miró un momento y se encogió de hombros.
—Puede ser.
Una mujer que salía de la verdulería agregó, sin detenerse, que ya se habían acostumbrado. Julián anotó: reloj detenido, ¿humedad?, preguntar por el mecanismo.
Preguntó también por la comisaría. Estaba a pocas cuadras, pasando el cine y la biblioteca, todavía cerrada, con una enredadera que trepaba por la fachada blanca. Era temprano y Julián decidió no presentarse todavía. Había aprendido hacía tiempo a no llegar a ningún sitio sin haberlo mirado antes. Pasó de largo frente a un edificio bajo y silencioso, con una bandera descolorida colgando húmeda del mástil, y siguió hasta el hospital, una cuadra más allá.
Editado: 16.10.2026