Julián - Paso del Ombú — Miércoles, 17 de julio de 1996 – 10:05 hrs.
Durante unos segundos solo se oyó la lluvia sobre los cipreses y, más lejos, del otro lado del muro, la voz de Gómez tomando nombres a los curiosos.
—¿Cuán seguro estás, Gabriel? —preguntó el comisario, bajando la voz para que no llegara hasta el portón.
Gabriel se quitó un guante y se pasó el dorso de la mano por la frente mojada.
—Seguro, no. Es una estimación. Con este frío y esta humedad el cuerpo pierde calor más rápido de lo normal, así que yo diría entre la medianoche y las tres, y la una es solo lo más probable. —Miró a Julián—. Anótalo con el margen, por favor. No quiero que una hora dicha bajo la lluvia termine convertida en verdad de expediente.
Julián escribió en la libreta azul: 00:00–03:00, ¿1:00?, estimación preliminar, Dr. Medina. El lápiz estaba húmedo y la letra se le torcía.
—¿Hay algo más que se pueda decir ahora?
—Un golpe en la nuca, un hematoma grande. —Gabriel separó con dos dedos el cabello apelmazado de barro y volvió a dejarlo en su lugar—. Puede ser de una caída contra una lápida, aquí hay muchas bajas y resbalosas, o de un golpe. Con esta luz no me atrevo a decir más. Si la llevan al hospital, hoy mismo la reviso con calma y con mejores medios. No soy forense, y prefiero pecar de prudente.
—Te lo agradecemos —dijo el comisario—. En cuanto Ramírez termine con las fotos, mandamos a buscar la camilla.
Gabriel fue hasta la ambulancia y volvió con un termo y media docena de vasos de plástico. Sirvió café a todos sin preguntar, empezando por Nicolás, que había vuelto de detrás de un mausoleo con la cara de color ceniza y evitaba mirar la lona. El café estaba caliente y demasiado dulce. Julián lo bebió de dos tragos y sintió que le devolvía algo parecido a las manos.
Ramírez trabajaba con una Polaroid de la comisaría envuelta en una bolsa de plástico para protegerla del agua. Fotografiaba el cuerpo desde cuatro ángulos, anotaba el número de cada toma con letra de contador y volvía a empezar. Después se acercó a la lápida donde habían visto la cinta gris, la fotografió también y la levantó con unas pinzas para guardarla en una bolsa.
—Antes de moverlo —pidió Julián—, ¿puedes fotografiar las ramas desde un costado?
—Ya lo hice desde arriba. Falta de lado.
Julián se agachó junto al hombro de Lucía. Lo que tenía delante era mucho más simple de lo que había imaginado desde lejos. Una rama larga y gruesa, ligeramente curva, y otra más corta atada contra ella cerca de uno de los extremos, formando un ángulo muy cerrado. Solo un nudo. Pero las vueltas de cuerda estaban tan parejas, tan apretadas una contra otra, que parecían hechas con regla, y las puntas de ambas ramas habían sido cortadas en bisel, limpias, de un solo tajo.
—No es una cruz —dijo Ramírez, de pie detrás de él—. Ni una letra. Y no se parece a nada que yo haya visto en una iglesia.
—Parece un adorno de campo —opinó Gómez, que acababa de volver del muro, sacudiéndose el agua del impermeable—. De esos que cuelgan los viejos en la puerta.
—Un adorno no se deja junto a una muerta —respondió el comisario—. ¿Alvez?
Julián tardó en contestar. Sacó la libreta y dibujó la figura, rama por rama, con las medidas aproximadas: unos veinte centímetros la larga, ocho la corta, cuatro vueltas de cuerda.
—Me resulta familiar —dijo al fin—, pero no consigo ubicar de dónde. Puede ser una tontería, la sensación de haber visto algo que en realidad no vi.
El comisario lo miró un instante y asintió.
—Si te acuerdas, avísame.
Julián sostuvo la mirada, y fue el comisario quien se volvió primero hacia Ramírez para pedirle una bolsa más.
Julián volvió a la cuerda. Primero la del símbolo, después la que Lucía aún tenía enroscada en la muñeca izquierda, y fue pasando de una a otra sin tocarlas. Mismo trenzado, misma fibra gruesa, mismas hebras sueltas en las puntas. Y algo más que en el apuro del primer momento no había visto.
—Mira esto, Ramírez. Los dos extremos están cortados en diagonal, con filo, igual que las ramas. Esta cuerda y la del símbolo salieron del mismo rollo.
—Entonces quien la compró, o la tenía, guarda un rollo entero en algún lado —dijo Ramírez.
—Y los nudos no se parecen en nada. El del símbolo es perfecto. Este, el de la muñeca, es flojo, apurado, con tres vueltas sin ajustar. —Julián señaló con la punta del lápiz—. Para atar a alguien hace falta fuerza y prisa, y para hacer eso, tiempo y calma. Pueden ser dos momentos. Y quizás dos manos.
—O la misma persona, atando con prisa y después con calma —replicó Ramírez.
—Puede ser. —Julián lo anotó con un signo de pregunta—. Lo importante es que la cuerda sí es la misma. Habría que saber quién tiene un rollo así.
—Silva ya fue a ver a Techera —dijo el comisario—. Nicolás, pregunta por radio si llegó.
Nicolás corrió hasta el coche patrulla. Volvió al rato, algo menos pálido.
—Dice que acaba de entrar a la ferretería, comisario. En cuanto tenga algo, avisa.
Gabriel se había acercado en silencio, con las manos en los bolsillos del abrigo.
—Si quieren, cuando la revise en el hospital corto yo la cuerda de la muñeca. Así no se estropea el nudo.
—El nudo se queda como está —respondió Julián—. Lo cortamos nosotros, con las fotos hechas y con alguien delante. La cuerda va con el cuerpo, con todo anotado.
—Tienes razón. Lo dejo escrito en mi informe, entonces.
Gabriel pareció satisfecho con la respuesta, y a Julián le gustó que no discutiera. Se agachó junto a Lucía y, con una espátula pequeña, recogió barro de la ropa y lo repartió en dos sobres.
—Uno para mí, que lo reviso en el hospital con el microscopio, a ver si distingo algo, aunque no prometo nada. —Le tendió el otro a Julián—. Este es para ti. Va a la comisaría como evidencia.
Julián escribió en el sobre la hora, el lugar y una A, y lo guardó en un bolsillo seco de la mochila.
Editado: 16.10.2026