Los Hijos De La Lluvia - Interior

Capítulo 3 — Lo que el cuerpo dice

Julián - Paso del Ombú — Miércoles, 17 de julio de 1996 – 10:50 hrs.

Antes de que levantaran el cuerpo, el comisario reunió a sus hombres bajo el alero de una vieja capilla familiar. El agua caía del techo en un hilo continuo frente a la entrada y todos hablaban sin quitarse la capucha.

—Escuchen, que no voy a repetirlo. —Esperó a que Ramírez, Gómez y Nicolás se acercaran—. Desde este momento esto es un homicidio y se trabaja como tal. Vamos por orden.

Ramírez, anotando ya en su libreta, levantó la vista.

—Ramírez, las casas que rodean el cementerio, puerta por puerta. Quiero saber quién oyó algo entre la medianoche y las tres, y a quién vieron andando por el camino ayer. Y el fondo del muro, con el alambrado caído.

—Entendido.

—Gómez, llevas a don Anselmo a su casa y de ahí sigues con el recorrido de la muchacha: comercios, restaurante, quien la haya visto. A las cuatro nos juntamos todos en la comisaría con lo que tengamos, aunque sea poco.

—A las cuatro —repitió Gómez, y se fue hacia el coche patrulla, donde el anciano esperaba envuelto en la manta.

—Nicolás, tú te quedas en el portón. No entra ni sale nadie hasta que yo lo diga. Silva te releva apenas termine en la ferretería.

Nicolás tragó saliva.

—Sí, comisario.

El handy que Ricardo llevaba en el cinturón crepitó. Era la voz de Méndez, deformada por la estática.

—Comisario, Méndez. Hace un rato un peón trajo una mochila con una cámara fotográfica. La encontró esta mañana junto al andén de la estación vieja, cuando pasaba con unas ovejas. Fui con él y con el agente de guardia a revisar la zona, adentro y afuera, y no hay nada más. Con el barro no quedó ni una huella.

—¿Se la mostraron a alguien?

—Mandé al de guardia a preguntar en los comercios de la plaza. La dueña de El Descanso, Marta Salle, vino a verla y la reconoció. Dice que es de la muchacha que almorzó allí ayer, al mediodía.

Julián dio un paso hacia el comisario.

—Comisario, quiero que revelen el rollo. Don Anselmo la vio con la cámara colgada del cuello. Si fotografió el recorrido, tenemos dónde estuvo y con quién se cruzó.

Ricardo asintió y habló por el handy.

—Méndez, lleva la cámara al fotógrafo y que la revele hoy mismo. Después pasa por la terminal: el conductor que la trajo y la lista de pasajeros. Que el de guardia se quede en la radio.

—Recibido.

—Otra cosa —dijo Julián cuando la comunicación se cortó—. Llevaba la mochila encima todo el día, así que puede que no se haya registrado en ningún lado. Pero quizás dejó su nombre en un hotel, en una posada, en algún cuaderno. ¿Hay dónde alojarse en el pueblo?

—Un hotel, no muy grande, cerca de la plaza, y una posada todavía más chica. Gómez, pasa por los dos antes del restaurante.

—Cuenta con eso —respondió Gómez desde el coche.

—Quería ver la estación —dijo Julián.

—Méndez ya la revisó, y esta tarde paso yo con Ramírez. —El comisario lo miró sin dureza—. Tú vas con Gabriel. Alguien de la policía tiene que ver el examen desde el principio, y de todos nosotros eres tú el que más homicidios ha visto. Yo llego apenas termine aquí.

Julián lo pensó un segundo y asintió.

—Si, de acuerdo.

Cuando la lona gris quedó acomodada en la parte trasera de la ambulancia, un hombre de unos cuarenta años, ancho de hombros, ya esperaba al volante. Tenía manos enormes y expresión paciente.

—Él es Rubén, nuestro enfermero —dijo Gabriel—. Maneja mejor que cualquiera de nosotros con este barro.

Rubén saludó con un gesto y arrancó. Gabriel ocupó el asiento del medio y Julián se sentó junto a la ventanilla. La ambulancia salió del cementerio con el motor forzado y las ruedas patinando.

Durante unas cuadras la lluvia siguió igual. Después, de golpe, se espesó. Cayó como una cortina gris que borraba las casas a diez metros y el limpiaparabrisas apenas daba abasto. Rubén se inclinó sobre el volante.

—Esto ya no es lluvia, doctor. Está cayendo con furia.

—Va a ser un día largo —dijo Gabriel.

La radio de la ambulancia chasqueó. Rubén tomó el micrófono, escuchó unos segundos y volvió a colgarlo.

—Acaban de avisar del puesto del puente. El arroyo lo cubrió. Pasa el agua por encima y no cruza nadie.

Nadie dijo nada. Gabriel se pasó una mano por la barba.

—Entonces estamos aislados. —Miró por el parabrisas—. El pronóstico de ayer no se equivocó.

Julián abrió la libreta azul en la página del puente: puente de piedra, único acceso visible, arroyo crecido. Agregó debajo: cubierto, 11:10.

—¿Hay otra salida del pueblo?

—Los caminos de tierra del norte. Con esta lluvia no pasan ni los tractores.

La ambulancia dobló por una calle más angosta. Las aceras estaban vacías y alguna puerta entreabierta golpeaba con el viento.

—Supongo que no imaginaste que tu primer día iba a empezar así —dijo Gabriel al rato.

—No.

—¿Habías trabajado en homicidios antes?

—Un tiempo.

—Entonces ya habrás visto cosas peores.

Julián tardó en responder.

—Nunca se parecen.

Gabriel asintió.

—Yo lo aprendí con los pacientes: no hay dos iguales, aunque la enfermedad se llame igual. —Miró un instante hacia atrás, hacia la lona—. Pero esto es otra cosa. Yo estudié para curar.

El hospital era un edificio de dos plantas, de paredes blancas, mucho más grande que cualquier otro del pueblo. Rubén entró por la galería lateral y apagó el motor. Al otro lado del patio, bajo la lluvia, el ala cerrada mostraba sus ventanas cubiertas con tablas ennegrecidas por la humedad.

—Doctor —dijo Rubén antes de bajar—. A la tarde tengo la policlínica. No voy a poder salir a los domicilios.

—No te preocupes. De eso me encargo yo.

Martha ya los esperaba junto a la puerta con una camilla. Era joven, de trenza oscura y ojos grandes, y saludó a Gabriel con una sonrisa rápida. Entre los tres bajaron el cuerpo. El olor cambió al entrar: alcohol, cloro, medicamentos. La lluvia quedó atrás.



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En el texto hay: asesinatos, supenso, drama

Editado: 16.10.2026

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