Julián - Paso del Ombú — Miércoles, 17 de julio de 1996 – 16:05 hrs.
El reloj de pared de la comisaría marcaba las cuatro y cinco cuando Ricardo salió de su despacho y llamó a todos a la oficina principal. La estufa a leña llenaba la sala de un calor húmedo que olía a lana mojada y a café recalentado, y afuera la lluvia seguía golpeando los vidrios con una constancia que ya nadie comentaba. Gómez cebaba un mate junto a su escritorio. Ramírez había extendido su libreta sobre la mesa central y la alisaba con la palma, como si esperara que las notas se acomodaran solas. Silva, sentado en el borde de un escritorio, tenía los brazos cruzados y las botas manchadas de barro hasta los tobillos. Méndez permanecía junto a la ventana y Nicolás, a su lado, todavía conservaba el color ceniza de la mañana.
Julián dejó sobre la mesa la bolsa con la cuerda de la muñeca y el sobre marcado con una A. Ramírez los registró en una planilla sin decir palabra.
—Vamos por partes —dijo Ricardo, apoyado contra su escritorio—. Ya saben lo del puente: hasta que baje el agua estamos solos, así que con lo que tengamos aquí hay que trabajar. Ramírez, empieza tú.
—Catorce casas alrededor del cementerio, puerta por puerta. —Ramírez recorrió la página con el dedo—. Nadie oyó nada entre la medianoche y las tres. Con la lluvia sobre la chapa no se oye ni al vecino. Dos personas vieron pasar a una muchacha con cámara por el camino ayer por la mañana, y es la misma que don Anselmo ya nos describió. Del alambrado del fondo no saco nada: el barro se lo comió. Después pasé por la alcaldía por lo de la llave. El alcalde no estaba, pero su secretaria dice que la copia sigue en el cajón y que él nos recibe mañana temprano. Prefiero verla con mis propios ojos antes de darlo por cierto.
—Mañana a primera hora —dijo Ricardo—. Silva.
Silva se enderezó. Contaba hasta las malas noticias con una sonrisa, y esta vez no sonrió.
—Aníbal Techera me recibió con el depósito abierto. Sisal, nylon, algodón, cáñamo, de todo. Nada negro, nada trenzado así, nada áspero con esa fibra. Dice que nunca vio esa cuerda y que no tiene idea de dónde pudo salir. Y no hay otra ferretería en treinta kilómetros a la redonda.
—¿Y la cinta gris? —preguntó Julián.
—Esa sí la vende, y la vende suelta, a cualquiera, sin anotar a nadie. Tiene cientos de rollos. No se acuerda de ningún cliente en particular.
Julián escribió en la libreta azul: cuerda, sin origen; cinta, común. Subrayó la primera palabra.
—Gómez.
Gómez dejó el mate sobre el escritorio.
—El hotel y la posada, nada. Ella no se registró ni llamó para reservar. El del hotel revisó el libro dos veces, y la dueña de la posada hasta me mostró las habitaciones vacías, por si acaso. Después el restaurante. —Se limpió las manos en el pantalón—. Marta Salle la reconoció enseguida, a ella y a la mochila. Llegó ayer, almorzó lentejas y un vaso de vino, y se fue pasadas las doce y media. Preguntó cómo llegar a la estación vieja y Marta le dijo que no había nada para ver. Fue la última que la vio. Antes sí: el del kiosco y la verdulera la vieron pasar por la plaza sacando fotos. Pero después del mediodía, nadie.
Julián levantó la vista.
—¿Nadie? ¿Ni camino a la estación?
—Nadie. Lo pregunté en todas las puertas del camino.
—Méndez —dijo el comisario.
Méndez habló sin apuro, como pesando cada frase.
—El conductor de ayer la recuerda. Bajó sola, con la mochila y la cámara, y se fue caminando hacia la plaza sin preguntar nada. Los boletos no llevan nombre, así que de la lista no sale nada. —Hizo una pausa—. El fotógrafo, Hernán Landa, recibió el rollo a la una. Dice que con esta humedad el cuarto oscuro no seca y que no promete nada antes de mañana.
—Quería esas fotos hoy —dijo Julián.
—Landa no se apura ni con el agua al cuello —murmuró Silva.
—No se puede apurar a un fotógrafo ni a la lluvia —dijo Ricardo—. Mañana a primera hora, Méndez. —Cruzó los brazos—. Ramírez y yo pasamos por la estación hace una hora, después de la alcaldía. Humedad, palomas y papeles podridos. Ni sangre ni huellas ni nada que no estuviera ya.
Nicolás se aclaró la garganta.
—Yo estuve en el portón hasta que me relevaron. Vinieron algunos curiosos hasta las tres. Después, nada.
Un silencio corto recorrió la sala. Julián pasó las páginas de su libreta hasta encontrar la que buscaba.
—Entonces tenemos esto. La última que la vio fue Marta Salle, poco antes de la una de la tarde del martes. Su mochila apareció junto a la estación. Y según Gabriel, el golpe de la nuca se lo dieron entre seis y quince horas antes de que la mataran, o sea esa misma tarde. —Dejó el lápiz sobre el papel—. Desde las doce y media hasta la una de la madrugada, doce horas en las que nadie la vio. En un pueblo donde todos se saludan en la calle.
—Doce horas, y la tuvieron en algún sitio —dijo Ramírez.
—Es lo que creo. Cerca de la estación, quizás. Un cobertizo, una casa abandonada.
—Es razonable —dijo Ricardo—. Mañana, si el agua da tregua, recorremos los alrededores: granjas, cobertizos, galpones. Uno por uno.
—Todo lo que sale de cosas que se compran no lleva a ningún lado —siguió Julián—. La cuerda no se vendió aquí, la cinta es de cualquiera, nadie vio nada. Lo único que no se explica con una compra es el símbolo.
Ricardo lo miró en silencio un momento.
—¿Qué quieres hacer?
—Averiguar qué es. Alguien lo hizo con muchísimo cuidado, y eso quiere decir algo. Y si quiere decir algo, alguien en este pueblo tiene que saber qué.
—Muy bien. Sigue esa línea; los demás cubrimos el resto. —Ricardo se separó del escritorio—. Pero no te enamores de una sola hipótesis, Alvez. El primer error de un investigador es decidir demasiado rápido qué está buscando.
—Lo tengo presente.
Alguien golpeó la puerta con los nudillos.
—¿Se puede?
Gabriel asomó la cabeza. Se había cambiado el delantal por un suéter gris y el abrigo beige, y llevaba el cabello todavía húmedo. Traía una carpeta bajo el brazo.
Editado: 16.10.2026