DÍA 1
— AMAZONAS🌿🐱 La humedad del Amazonas no llegaba como un clima: llegaba como una presencia. Se pegaba a la camisa de Juan desde las seis de la mañana, le empañaba los lentes de sol que nunca se ponía y le hacía sudar el mango de cada herramienta. Sobre la mesa plegable de la cabaña, entre un termo de tinto frío y un plato con restos de patacón, se extendía el inventario de la mañana: una bobina de cobre sacada de un viejo parlante, un trozo de varilla que él mismo había forjado la víspera en una fragua prestada, una caja plástica de tupper, tres pilas, una placa de microcontrolador que había viajado en el fondo de la maleta envuelta en una media y un rollo de cinta aislante ya medio derretido.
—Esto no va a funcionar
—dijo Vanessa, sin levantar la vista de la libreta donde hacía cuentas con un lápiz mordisqueado.
—Todavía no he dicho nada.
—Lo estás pensando fuerte. Se te nota en la frente. Juan soldó el último empalme y sopló el humito blanco que subió del estaño. Tenía treinta años, las manos marcadas por la herrería y un hábito de programador: nunca confiar en nada que no hubiera probado dos veces. La idea había nacido la noche anterior, mientras un guía del pueblo les contaba, entre trago y trago de aguapanela, que en esa región la gente llevaba décadas buscando pepitas de oro en los cauces. Vanessa, que a sus veintiséis años no podía escuchar una cifra sin querer verificarla, había preguntado cuántas pepitas se encontraban al año. El guía se había reído. Juan, en cambio, había mirado la bobina del parlante y había dicho esa frase peligrosa: «Yo puedo armar un detector».
—Mira
—dijo ahora, girando la caja hacia ella—. La bobina emite un campo. Cuando el campo toca metal, la frecuencia cambia. El microcontrolador mide el cambio y lo convierte en un pitido.
—Y el pitido depende de la frecuencia base, que depende de la inductancia de tu bobina casera, que depende de cuántas vueltas le diste, que no contaste.
—Las conté.
—Las contaste «más o menos».
—Más o menos cuarenta. Vanessa por fin levantó la vista. Tenía el pelo recogido con un lápiz, que era el segundo lápiz de su vida cotidiana, y una sonrisa de quien está a punto de ganar una discusión.
—Cuarenta y dos. Las cuento cada vez que pasas la cinta. Si cambias la inductancia, tienes que recalibrar el umbral, y te sale ruido por todos lados. Dame el código. Juan le pasó el portátil con la resignación de quien sabe que acaba de perder el control de su propio proyecto. Durante la siguiente hora la cabaña se llenó de pitidos desordenados, de «prueba otra vez», de un tornillo que rodó bajo la cama y de una moneda de quinientos pesos que sirvió de blanco. Con la moneda a diez centímetros, el aparato chillaba. Con la moneda a veinte, murmuraba. A treinta, callaba. Vanessa anotó las distancias en una tabla improvisada y propuso un filtro: promediar las últimas ocho lecturas y descartar los picos.
—Con eso se amortigua el ruido del suelo húmedo
—explicó—. El barro conduce, ¿sí o qué? Te engaña.
—Hágame el favor
—murmuró Juan, que había oído la expresión a su abuela mil veces y la usaba ahora sin darse cuenta—. Está bien. Tu filtro. Fallaron dos veces más. La primera, porque la cinta aislante cedió con el calor y la bobina se aflojó. La segunda, porque Juan pegó mal un cable y la alarma sonó sin parar durante un minuto entero, hasta que descubrieron que estaba detectando el tinto del termo, por la cuchara de acero inoxidable que había quedado dentro. Se rieron hasta que les dolieron las costillas. Para el mediodía, el aparato era feo, pesado, olía a flux y a plástico recalentado, y funcionaba. Salieron con él al borde de un sendero que bordeaba tierras de una comunidad indígena. Habían pedido permiso con respeto al guía y a un señor mayor que fumaba tabaco en la entrada, quien los miró de arriba abajo, se encogió de hombros y les dijo que si encontraban algo, lo respetaran. Caminaron entre lianas, helechos gigantes y árboles cuyos troncos parecían columnas de una catedral abandonada. Los monos aulladores gritaban a lo lejos con una voz que no parecía de animal sino de motor viejo. Juan barría el suelo con la bobina, a medio metro de la tierra, mientras Vanessa llevaba la libreta y contaba los pasos. El primer pitido fue una tapa de gaseosa oxidada. El segundo, un clavo. El tercero, nada: una raíz con minerales. Pasaron una hora así, con el sudor chorreando y los mosquitos celebrando un banquete, hasta que la bobina murmuró de otra manera, un tono más grave, insistente, que no se dejaba promediar.
—Ahí
—dijo Vanessa.
—Es el barro.
—No es el barro. El filtro lo habría descartado. Cavaron con una pala plegable, cada uno por turnos, junto a un árbol hueco cuyo tronco se abría como una boca vieja y húmeda. A cuarenta centímetros apareció un borde metálico. Juan limpió la tierra con los dedos y sacó un cilindro pequeño, ennegrecido, que tintineó contra la pala. Lo frotó con la manga.
—¿Oro?
—preguntó Vanessa.
—Una lata.
—¿Una lata de qué? Juan leyó la etiqueta, que bajo el barro seguía legible, como si el tiempo no se hubiera atrevido a tocarla. Tenía un dibujo de hojas entrelazadas y una frase en tinta verde: «La Micha (Hembra) de la Naturaleza».
—Qué raro
—dijo Juan—. Es atún.
—Atún, no. Es lo que dice la tapa. Atún en aceite.
—Una lata enterrada junto a un árbol hueco en tierras indígenas, con una etiqueta que parece de ayer.
—O de hace cien años.
—Vanessa la tomó, la giró y acercó la nariz a la tapa—. No huele a nada. Está sellada. Cuando la sacudieron junto al oído, sonó lo que tenía que sonar: el chapoteo de un atún inocente en su aceite. Nada se movía dentro. Nada brillaba. Juan, el que quería explicar todo con cables, lo dijo en voz alta:
—Es una lata de atún. Alguien la perdió aquí.
—Entonces, ¿por qué te sudan las manos?
—Porque estamos en el Amazonas. Pero sobre la etiqueta, bajo el dibujo, había unas letras diminutas, casi invisibles, que solo se leían de lado, con la luz oblicua de la tarde. Juan las descifró con la lupa del llavero. Contaban, en un español apretado, una historia que ninguno de los dos creyó del todo: En un árbol hueco y húmedo existía una planta con células animales. La planta comenzó a desarrollar pelos. Al caer los pelos al suelo, comenzaron a producirse procesos de mitosis repetida hasta formar a la bebé Micha.