Los Orígenes (#1)

Capítulo III

—¿Dónde se habían metido ustedes dos? —la pregunta hizo que Fengari e Ílios dejarán su conversación de lado para prestarle atención al Rey Gi.

—El príncipe Ílios me estaba enseñando el lugar. —Fengari se sonrojó al ver la mirada divertida de su prometido desde el principio de la escalera. Él sabía que había pasado algo más; conocía demasiado bien a su mejor amiga. —Nadie estaba despierto aún, así que decidí ir a caminar y me lo encontré.

Astéri, al igual que su primo, sabía que no había pasado solo eso. El hecho de que su hermano siguiera con la mirada a la joven, observando cada paso y movimiento que hacía, le afirmaba aún más su suposición de que estos dos se traían algo.

Nadie dijo nada más; todos se dirigieron a la mesa donde ya estaba todo el desayuno servido.

—Perdón la tardanza, mi caballo de pronto se descontroló. —Un hombre y una mujer venían hacia donde estaba Gi. Este se levantó de su asiento para ir a saludar a los extraños.

—Krýo —Gi abrazó al recién nombrado y luego tomó la mano de la chica junto a él para besarle el dorso—. Thermótita. Vamos, pasen, no hemos empezado aún.

Krýo poseía una belleza tan elegante como distante. Su cabello oscuro, casi negro, caía cuidadosamente peinado hacia atrás, resaltando unos ojos grises que parecían analizar todo cuanto los rodeaba. Sus facciones eran afiladas y precisas. Había algo frío en su forma de mirar, una serenidad calculada que hacía difícil adivinar qué pensaba realmente.

A su lado ña joven llamaba la atención de inmediato. Su larga cabellera pelirroja brillaba como cobre fundido, contrastando con una piel clara y delicada. Sus ojos eran de un tono ámbar intenso, cálidos y luminosos, aunque en ellos habitaba una confianza que rozaba la arrogancia.

Los nuevos invitados se sentaron en los dos asientos restantes del lado derecho de Gi.

De ese lado estaban Krýo, junto a Gi, manteniendo una charla; luego Ílios, quien tenía una conversación con Thermótita. Del lado izquierdo estaban Astéri, que intercambiaba algunas palabras con la recién llegada; a su lado, Fengari, quien era la única que no hablaba, al contrario del resto, y su prometido, que conversaba con Krýo.

Fengari vio cómo una de las sirvientas se acercaba a la mesa con dos charolas con frutas: una traía uvas y la otra manzanas, tanto verdes como rojas. Ella tomó una roja y la miró unos segundos. Luego sintió como toda la sangre le subía desde el cuello hasta instalarse en sus mejillas. Las manzanas rojas habían dejado de ser solo fruta: ahora tenían sabor a peligro.

Ella notó la mirada de alguien. Al elevar la vista de la fruta en sus manos, se encontró con los ojos dorados observándola, para luego bajar a la manzana. La vergüenza aumentó. Él sonrió mientras tomaba una manzana igual y, bajo la atenta mirada de la joven, le dio un mordisco.

Fue precisamente ese intercambio silencioso el que llamó la atención de Thermótita.

La joven había estado hablando sobre las ciudades costeras del sur, pero terminó interrumpiéndose al notar cómo Ílios parecía mucho más interesado en una campesina sentada al otro lado de la mesa que en cualquier palabra que ella pudiera decir.

La observó unos segundos, molesta.

—Hay algo que siempre me dio curiosidad —comentó con aparente inocencia mientras apoyaba su copa sobre la mesa.

Varias personas levantaron la vista, Vrochí fue una de ellas.

—¿Qué cosa? —preguntó.

Thermótita inclinó ligeramente la cabeza. —¿Por qué la elegiste a ella como esposa?

La pregunta cayó sobre la mesa con la suavidad de una pluma y con el efecto de una piedra.

El silencio no apareció de inmediato, pero las conversaciones comenzaron a apagarse una tras otra.

Fengári sintió cómo el estómago se le tensaba. Vrochí parpadeó, claramente sorprendido.

—Porque la quiero —respondió después de unos segundos, intentando mantener un tono tranquilo.

Thermótita sonrió.

—Claro que la quieres. —dijo con amabilidad —No estaba cuestionando eso. Solo me parece curioso. Después de todo, podrías haberte comprometido con cualquier princesa de Grecia. — Sus ojos se desviaron brevemente hacia Fengári. —Y, hasta donde sé, ella sigue teniendo el título de campesina.

Aquella vez el silencio sí fue completo.

Fengári sintió que las palabras le golpeaban el pecho.

—El origen de una persona no determina su valor —intervino Astéri antes de que alguien más hablara. Su voz sonó tranquila, pero firme.

—Por supuesto que no —respondió Thermótita con una sonrisa que no alcanzó sus ojos—. Solo hablaba desde una perspectiva política.

—Vrochí no es un hombre impulsivo. Si la eligió como esposa, supongo que tuvo sus razones. — comentó Ílios. El príncipe desvió brevemente la mirada hacia su primo, aunque sentía una molestia enorme al decir estas palabras, sabía que eran las correctas. —Y considerando que lleva años conociéndola mejor que cualquiera de nosotros, me parece que su criterio tiene más peso que las opiniones de quienes apenas acaban de llegar.

Thermótita percibió la indirecta de inmediato. —Solo estaba haciendo una pregunta.




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