Fengári había despertado muy temprano, casi al alba. Tenía la costumbre de ayudar a la anciana que vivía dos casas después de la suya, pero al abrir los ojos y ver que seguía en la habitación que compartía con su mejor amigo, aceptó que lo que había sucedido el día anterior no había sido un sueño.
Al parecer, era la única despierta en todo el castillo, excepto por los sirvientes. Le pareció extraño que ni el rey Gi o el Gran Soberano Theos estuvieran despiertos, pero lo adjudicó a que, según él comentó la noche anterior entre algunos nobles, que partiría a una reunión con representantes de Delfos, acuerdos que seguían sin firmarse. Era obvio que Theós había decidido intervenir personalmente.
Fengári no entendía demasiado de política, pero incluso ella había percibido cierta incomodidad en aquellas voces. Como si la presencia del Gran Soberano fuera suficiente para alterar el ánimo de una habitación entera.
Muy cordialmente, una de las jóvenes sirvientas le ofreció prepararle el desayuno. Incluso utilizaron el prefijo "princesa". A Fengári le dio lástima por ellas: debían levantarse aún más temprano que todos para servir a gente que ni siquiera les daba las gracias. Se negó con la excusa de que daría un paseo y desayunaba con los demás.
Caminó un buen rato, observando todo a su alrededor: cada muro, cada ventana... hasta las flores le llamaban la atención. Todo era más colorido y lleno de luz, a diferencia del pueblo, donde ni siquiera era posible percibir el color de una flor, porque los granjeros creían que era un desperdicio de tiempo.
Luego de recorrer las cercanías, decidió alejarse un poco más, cruzando los primeros muros que protegían el gran palacio.
Saludó a algunos guardias que cruzaban y se dirigió a la parte trasera de los establos. Vio a muchos trabajadores, y aunque las ganas de acercarse y platicar fueron grandes, la incomodidad que sintió al verlos hacerle una reverencia la obligó a alejarse.
No muy lejos había unos hermosos rosales. Fue hasta allí, se recostó sobre la hierba y alzó la vista hacia el cielo.
¿De qué color era realmente el Sol?
Algunos decían que era amarillo. Otros, que tenía tonos anaranjados o rojizos cuando descendía hacia el horizonte. Pero algo en ella se resistía a aceptar aquellas respuestas.
Quizá el Sol no tenía un único color. Quizá contenía todos los colores a la vez y los ojos humanos solo eran capaces de percibir una parte. O tal vez era blanco, tan puro y brillante que la distancia y el aire del mundo lo transforman antes de llegar a ellos.
Sonrió para sí.
Era una idea absurda, lo sabía. Sin embargo, cada vez que observaba aquella luz, sentía una extraña certeza imposible de explicar, como si una parte de ella ya conociera la respuesta.
Entrecerró los ojos y los rayos cálidos acariciaron su rostro y, durante un instante, aquella sensación volvió a aparecer.
La conocía bien, la había acompañado toda su vida.
Desde pequeña había amado la luz del Sol más de lo que podía explicar. Le gustaba sentir su calor sobre la piel: cerrar los ojos y permanecer inmóvil durante unos minutos, como si aquella claridad pudiera alcanzar lugares de su interior que nada más conseguía tocar e iluminarlos.
Pero desde que había llegado al palacio, aquella sensación se había vuelto más intensa, más presente y mucho más difícil de ignorar.
Era como un llamado, suave, lejano y familiar.
Como la nostalgia de algo que nunca había vivido y, aún así, extrañaba profundamente.
A veces tenía la extraña impresión de que el Sol intentaba decirle algo.
Y en los momentos más extraños, cuando nadie la observaba, llegaba a preguntarse si aquella luz también la estaba buscando.
Al estar acostada, le fue más fácil escuchar el galope de un caballo. Cerró los ojos, y minutos después sintió una respiración cálida sobre su rostro. Al abrirlos, vio a un hermoso caballo negro mirándola fijamente... al igual que unos ojos dorados llenos de curiosidad.
—¿Se puede saber qué hace aquí tan sola? ¿Y tu prometido? —El simple hecho de nombrar a su primo de esa forma le hizo sentirse frustrado. ¿Qué rayos le estaba sucediendo?
—Desperté antes que todos y decidí dar un paseo. ¿Y usted?
—Lo mismo.
—¿Puedo preguntar? ¿Es normal que nadie más esté despierto?
—No, no es normal. Generalmente mi padre y mi hermano son los primeros. Incluso llegué a pensar muchas veces que directamente no duermen —una suave risa siguió a su espléndida sonrisa—. Pero supongo que hoy se debe al viaje. Theós prefiere estar descansado para poder estar alerta en el camino.
Fengári asintió, aunque no podía dejar de observarlo. Una parte de su mente escuchó la respuesta, pero sabía que no le había prestado toda la atención. Desde que él empezó a hablar, solo pudo concentrarse en la forma en que sus labios se movían y en esa sonrisa tan preciosa que deseaba seguir viendo.
—Es hermoso —dijo acariciando el pelaje del caballo, tratando de disimular su atracción. Pero, aunque no lo supiera, Ílios lo había notado... y le encantaba, de la misma manera en que le encantaba mirarla.