Fengári cruzó el último corredor y el murmullo del megaron la envolvió antes incluso de atravesar el umbral. Las antorchas encendidas en las columnas proyectaban sombras largas sobre las paredes de piedra. El humo perfumado del incienso se mezclaba con el aroma cálido de la comida recién servida: pan, carne asada, aceite de oliva y vino especiado.
Las mesas bajas ya estaban dispuestas en semicírculo alrededor del brasero central. Los invitados conversaban en grupos pequeños mientras los sirvientes terminaban de colocar las últimas bandejas. Cuando Fengári apareció en la entrada, varias miradas se alzaron.
La primera en reaccionar fue Vrochí, quien se levantó de inmediato y avanzó hacia ella con pasos rápidos. La preocupación era tan evidente en su rostro que por un instante Fengári sintió una punzada de culpa.
—¿Dónde estabas? —preguntó en voz baja cuando llegó a su lado—. Te estuvimos buscando por todos lados.
Sus manos se cerraron alrededor de las de ella, como si quisiera asegurarse de que estaba realmente allí.
—Salí a caminar —respondió Fengári con serenidad estudiada—. Necesitaba aire.
Vrochí frunció el ceño.
—¿Sola?
Antes de que ella pudiera responder, una voz grave intervino desde el extremo de la mesa principal.
—Eso mismo me pregunto.
El rey Gi la observaba desde su lugar. Sentado en la posición de honor, con el codo apoyado sobre el brazo de la silla tallada, parecía examinarla como si evaluara una pieza nueva en su tablero.
—¿Dónde estaba, princesa? —preguntó con calma peligrosa.
Fengári sintió el peso de las miradas sobre su espalda, pero mantuvo el rostro tranquilo.
—Me sentía abrumada por el viaje, las personas, todo esto en general. No estoy acostumbrada —respondió—. Salí a caminar por los patios.
Gi arqueó una ceja.
—¿Salir sola por la noche en este palacio te parece prudente?
Fengári deslizó apenas la mirada hacia un punto detrás de él. Frourá permanecía de pie junto a una columna, recto como una lanza.
—No estaba sola —dijo ella—. El guardia Frourá me acompañó.
El soldado inclinó apenas la cabeza, confirmando la mentira con naturalidad. Gi soltó un breve resoplido.
—Ya veo.
Su mirada pasó de Fengári a Vrochí y una sonrisa lenta se dibujó en sus labios.
—Primo… —dijo con tono cargado de burla—. Deberías controlar mejor a tu mujer.
Durante un segundo el silencio se tensó como una cuerda. Fengári sintió la sangre subirle al rostro, pero no habló. En cambio, sus dedos se cerraron con tanta fuerza alrededor de la mano de Vrochí que él giró apenas la cabeza hacia ella, sorprendido por la presión.
—Tomemos asiento —dijo finalmente el rey, como si nada hubiera ocurrido.
Los sirvientes terminaron de colocar las bandejas y se retiraron. Fengári caminó junto a Vrochí hacia los lugares asignados, y solo entonces lo vio.
Ílios.
Estaba sentado a unos pasos de distancia, pero no levantó la mirada cuando ella se acercó. Su perfil permanecía inclinado hacia Thermótita, quien estaba sentada junto a él. La joven vestía un quitón de lino blanco bordado en hilos dorados, ceñido con un cinturón delicado, y sus brazaletes tintineaban suavemente cada vez que movía las manos mientras hablaba. Reía con demasiada facilidad. Se inclinaba hacia Ílios al hablar, rozando su brazo con una naturalidad calculada.
Ílios respondía, y su voz sonaba tranquila, incluso animada, como si nada hubiera ocurrido, como si no hubiera pasado la tarde buscándola, como si ella no lo hubiese dejado esperando en la colina.
El pecho de Fengári se tensó, y los celos llegaron sin aviso. No fueron una emoción suave ni silenciosa. Ardieron, como fuego atrapado bajo la piel, y cada risa de Thermótita parecía una chispa más sobre esa llama.
Tomó asiento sin decir nada. Una sirvienta dejó frente a ella un plato con carne, pan y aceitunas, pero su mirada volvía una y otra vez hacia Ílios. Él no la miraba. Ni una sola vez.
En el extremo del salón, el rey Gi conversaba con un hombre de porte severo: Kryo, el hermano de Thermótita. No era realeza, pero su influencia era evidente. Estratega militar del consejo de ciudades aliadas, era uno de los hombres cuya palabra podía inclinar decisiones entre varias polis. Hablaban de rutas comerciales, tributos y movimientos de tropas en las fronteras. La conversación era baja, política, pero no pasaba desapercibida.
Más cerca, Astéri observaba en silencio, con los ojos moviéndose entre Fengári e Ílios con creciente confusión. Vrochí también lo notaba. Ambos compartieron una breve mirada cargada de preguntas. Algo estaba mal. Muy mal.
Fengári intentó concentrarse en la comida y no lo logró. Finalmente dejó el pan en el plato y habló.
—Me dijeron que fuiste herido.
La frase cayó directamente hacia Ílios, y esta vez él no pudo ignorarla. Su cabeza se giró lentamente y sus ojos encontraron los de ella, y el mundo pareció detenerse. Horas antes, en la biblioteca, esos ojos habían estado llenos de algo distinto: calor, deseo, algo feroz y vivo entre ellos. Ahora Fengári solo vio dolor. Y algo más. Un muro, frío, levantado con cuidado.
Ílios sostuvo su mirada apenas un instante antes de responder.
—Sí —dijo con voz corta. Su tono era educado, pero distante—. Por suerte unas sorginas llegaron a tiempo.
El comentario cayó en la mesa como una piedra en agua quieta.
—Demonios… —murmuró Gi con desprecio—. Una aberración.
Astéri levantó la cabeza.
—No todas son lo que dicen —intervino—. Muchas curan, ayudan…
—Suficiente. — Gi golpeó la mesa con la palma. El sonido seco hizo vibrar las copas. —No voy a escuchar defensas de desviaciones de la naturaleza en mi propia mesa.
Kryo soltó una risa corta. —En eso coincidimos, majestad. Las sorginas siempre terminan trayendo problemas.
Astéri apretó los labios, pero guardó silencio.
Thermótita, que había permanecido escuchando, inclinó la cabeza hacia Fengári con una sonrisa delicada.