Los Sallow

Capitulo 3

ARIA SALLOW

Antes de arrancar el automóvil, tomé mi teléfono y envié un mensaje a una de las empleadas de la mansión, solicitándole que preparara una habitación para nuestro inesperado invitado. No cualquier habitación, por supuesto.

Tenía que ser una de las más visibles, preferiblemente cerca de los corredores principales y donde las cámaras de seguridad pudieran registrar cada uno de sus movimientos. Si aquel ruso pensaba que iba a pasearse por nuestra casa como si fuera el dueño, estaba muy equivocado.

El segundo mensaje fue dirigido a Liam, mi representante, para advertirle que probablemente no podría presentarme a tiempo en el estudio de grabación. Porque, además de ser uno de los monstruos de la familia Sallow, tenía otra vida. Una mucho más agradable a los ojos del mundo.

Para el público, yo era Aria Sallow: la dulce y encantadora actriz que sonreía ante las cámaras, colaboraba con organizaciones benéficas y jamás se negaba a ayudar a alguien que lo necesitara. Una muchacha adorable. Casi angelical. Qué ironía.

Algo que había aprendido con el paso de los años era que, cuanto más débil e indefensa pareciera una persona, más sencillo resultaba conseguir aquello que deseaba. La gente sentía una necesidad casi desesperada de proteger a quienes consideraba vulnerables.

Y yo había aprendido a utilizar esa necesidad a mi favor. Especialmente cuando se trataba de hombres convencidos de que una mujer necesitaba ser salvada. Guardé el teléfono y puse el automóvil en marcha.

El trayecto transcurrió con relativa tranquilidad. Conducía a una velocidad apropiada para las condiciones de la carretera, porque, aunque había sobrevivido a situaciones considerablemente peores, no tenía ninguna intención de terminar estampada contra un árbol por una estupidez.

Llevaba los audífonos puestos y escuchaba música. No me provocaba felicidad, tristeza ni ninguna de esas sensaciones que las personas acostumbraban describir cuando escuchaban sus canciones favoritas. Sin embargo, las melodías seguían resultándome interesantes. Podía reconocer sus patrones, anticipar los cambios de ritmo y apreciar la habilidad de sus compositores. Supongo que era una forma de entretenimiento.

Después de abandonar las calles más concurridas de Nueva York, tomé una carretera privada que se internaba entre árboles y extensos terrenos cubiertos de vegetación.

Los edificios desaparecieron poco a poco. A ambos lados del camino se levantaban pinos y cipreses, acompañados de arbustos perfectamente recortados. Las farolas antiguas permanecían apagadas, esperando la llegada de la noche.

Finalmente, apareció el portón. Dos enormes estructuras de hierro negro, decoradas con figuras de una época que la mayoría de las personas apenas conocía por los libros de historia.

Desde allí no podía verse la mansión. Ese detalle siempre me había parecido especialmente conveniente. La propiedad estaba diseñada para mantener alejadas las miradas curiosas. Tras atravesar el portón, todavía era necesario recorrer un largo camino privado, rodeado de árboles, antes de alcanzar la residencia.

Privacidad. Una de las pocas cosas que el dinero podía garantizar con cierta eficacia. Las puertas se abrieron después de que el sistema de seguridad reconociera mi automóvil.

Continué conduciendo hasta que el camino comenzó a curvarse. Los árboles se separaron gradualmente y, finalmente, nuestra casa apareció frente a nosotros.

La mansión Sallow. Una construcción monumental de piedra envejecida, grandes ventanales, balcones de hierro forjado y tejados oscuros que parecían haber soportado el peso de innumerables inviernos.

La fachada estaba cubierta parcialmente por enredaderas cuidadosamente mantenidas. Las columnas de la entrada sostenían un pórtico amplio y elegante, mientras que una fuente de piedra ocupaba el centro del camino circular.

No parecía una de esas residencias modernas construidas para demostrar cuánto dinero poseía su propietario. Nuestra casa tenía algo diferente. Historia. Y demasiada sangre escondida entre sus paredes.

Estacioné frente a la escalinata principal. Fausto y el ruso descendieron del vehículo que nos había seguido durante el trayecto. Apagué el motor, recogí mis pertenencias y salí sin esperar a ninguno de los dos.

Al acercarme a la entrada, distinguí cuatro figuras bajo el pórtico. Mis hermanos. Hades, Forcis, Griffin y Gregorio.

Los cuatro permanecían allí, recortados por la luz del atardecer, como si hubieran decidido organizar una bienvenida especialmente desagradable.

Conociéndolos, probablemente era exactamente lo que habían hecho. No necesité volver la cabeza para saber que el ruso había reparado en ellos. Su paso se volvió ligeramente más lento. Un cambio mínimo. Pero suficiente. Hades fue el primero en acercarse.

Mi querido hermano, incapaz de comportarse como una persona civilizada durante más de cinco minutos, levantó una mano y me revolvió el cabello.

—Buenas tardes, princesa.

Aparté su mano antes de que continuara destruyendo mis rizos.

—Tócame otra vez el cabello y te arranco los dedos.

—Yo también te extrañé.

Su sonrisa se ensanchó, aunque sus ojos, uno verde y otro azul, permanecieron fijos en nuestro invitado.

—¿Quién te ha apuñalado? —preguntó, observando al ruso con una ironía bastante evidente.

—Esa fui yo.

Hades apretó los labios. Reconocí inmediatamente aquel gesto. Estaba intentando no reírse.

—Qué recibimiento tan encantador —murmuró.

—Todavía puedo mejorarlo.

—No lo dudo, hermanita.

Forcis y Griffin intercambiaron una mirada.

Los gemelos tenían esa desagradable costumbre de comunicarse sin pronunciar una sola palabra. Compartían prácticamente el mismo rostro, los mismos ojos verdiazules y una coordinación que, en ocasiones, resultaba inquietante.

La principal diferencia era su cabello. Forcis lo llevaba rubio y largo hasta los hombros, mientras que Griffin prefería mantenerlo corto y perfectamente peinado.



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En el texto hay: thriller · suspense · acción

Editado: 22.10.2026

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