El amor de Cassandra e Isaac fue como una flor silvestre que nadie plantó. Creció libre, feliz, salvaje, entre la desaprobación de todos, sin embargo, las flores silvestres, cuando echan raíces, se vuelven enredaderas y aquella noche, bajo la tormenta, Cassandra empezó a sentir cómo aquellas raíces, que un día la sostuvieron, comenzaban a apretarle el pecho.
* * * *
—Pensé que te habías ido —digo dando toquecitos con la toalla en mi rostro. Pasa por detrás de mí y, antes de salir del baño, su mano impacta en mi culo, un azote de lleno—. ¡Isaac!
—Es irresistible —me da un apretón y sale del baño—. Vamos, que te hice el desayuno, así lo comemos juntos antes de irnos.
Sonrío, me ato el cabello y me maquillo levemente, para después salir hasta el comedor, donde me espera un desayuno cargado. Arqueo una ceja, ni en dos días comeré todo. Igual hago el intento.
—Hoy tengo recorrido —murmura metiéndose bruscamente una tostada con tocino arriba y huevo revuelto—. Así que puede que llegue un poco tarde a casa, pero mamá dice que pasará igual, tiene algunas verduras de la huerta que no quiere desperdiciar.
Mi humor ya cambia al mencionar a esa mujer. Sonríe al darse cuenta.
—Nunca quiere desperdiciar nada. Que lo done a la iglesia o lo regale en la escuela para los niños, no tiene por qué traernos siempre.
Es una excusa para estar encima de nosotros y susurrarme en el oído todo lo que hago mal. Que mi comida es mala para su hijo, que esa ropa no debería usar, que si estoy demasiado alegre la gente malinterpretará y creerá cualquier cosa, que si estoy tranquila soy demasiado aburrida. Esa mujer no tiene punto medio, y después de que nos casamos se puso peor.
—Si es demasiado para ti, le diré que no venga.
Lo observo.
—Después le dirá a tu hermana que no la quiero acá —sonrío—. Aunque es cierto.
—Solo no debes darle la atención suficiente. Que no te afecte.
Se acerca y, en un movimiento, sus brazos se envuelven en mí y con agilidad me alza para pegarme a su cuerpo. Un ronroneo se escapa de mi boca, tiro su sombrero, que vuela hasta caer al suelo, me hundo en sus rulos dorados, ladeo la cabeza acariciando con mi nariz su barba.
—No juegues, dulce.
—¿Qué tan tarde volverás? —pregunto dándole pequeños besos, amasa entre sus manos enorme mi culo, apoyándome contra la pared.
—Tengo un gran recorrido en el bosque, son turistas alemanes, pero ni bien acabe vendré a casa… —su boca recorre mi mandíbula, su barba me pica, pero se siente tan delicioso que no quiero que se detenga—. Pensaré en esta noche todo el día.
Me baja suavemente, suspiro acomodándome el cabello. Le doy un ligero golpe y se inclina para agarrar su sombrero y ponérselo.
—Vaya, guardabosque, tiene clientes que lo esperan. Mantén alejados a los locos de esos árboles y evita un incendio —me inclino para darle un beso más húmedo—. Te amo.
—Y yo te amo a ti, dulce.
Se despide otra vez y se va de casa, las pisadas pesadas de sus botas desaparecen. Me froto el labio, guardo el resto del desayuno en la heladera, donde está llena de verduras frescas que mi suegra trae día por medio.
Con Isaac nos conocemos de toda la vida, prácticamente crecimos en esta misma ciudad, bueno, en realidad es casi un pueblo, muchos árboles, vecinos a kilómetros, humedad, además de un clima inestable que dos por tres está lloviendo.
Éramos amigos de escuela, después de preparatoria, y cuando acabé me fui para ir a la universidad, ahí hice mi vida hasta que mi abuela murió y mi madre no podía lidiar con sus problemas mentales, así que tuve que volver.
Encontré un pequeño empleo en una cafetería local, Isaac volvió a mi vida y el sexo comenzó a volver cada vez más intensa nuestra “amistad”. Dos años después me propuso matrimonio y acá estamos, dos años y cinco meses de casados.
Aunque mi madre no lo quiera y tenga un sinfín de apodos para él.
Aunque para su familia yo sea pretenciosa y nunca perteneceré a ellos.
Estoy conforme, tenemos un hogar, tenemos una linda relación, hay fuego entre nosotros, ya nos conocemos y además, ambos tenemos lo que habíamos deseado, una vida tranquila. Él es guardabosque de una de las reservas más grandes del país y yo tengo un trabajo bastante estable.
Al salir de casa en mi pequeño coche viejo, observo el cielo, está nublado, pero no parece que lloverá, así es el clima por aquí.
Nuboso.
Cambiante.
Inestable.
—Buenos días, encargada —se burla Piry desde el otro lado de la barra, es un hombre delgado de rostro escuálido que siempre lleva su gorra de béisbol, creo que está quedando calvo debajo de ella o… aún cree que es un adolescente—. Llegaron los proveedores hace media hora, Ernesto se encargó de guardar todo, pero necesitamos hacer el stock.
—¿Dónde está Marta? —pregunto buscando las llaves de mi oficina.
—No llega todavía —se queja Emily, mirando sus uñas—. Deberías sancionarla, están llegando los clientes y ella no está. Estamos en temporada de forestación, no puede…
—¿Ahora eres la encargada del local? —ella se queda inmóvil—. Desinfecta la mesa en silencio, porque después estás hablando maravillas de ella para que te cambie de turno cuando tienes una emergencia. Vamos, no te quedes parada ahí, que ya están por entrar gente…
Y no mentía, se habían estacionado los clientes habituales de la zona. La cafetería era de una cadena nacional conocida, así que el sitio tenía mucha clientela. Al inicio era una mesera más, con el tiempo terminé como encargada. Todo por acá es momentáneo, la gente se aburre de un lugar tan pequeño y hogareño que termina huyendo a la ciudad en busca de nuevas experiencias.
En mi caso fue al revés.
Al entrar a la oficina, cierro la puerta a mi espalda y tomo el celular de la empresa, ahí varios mensajes de Marta con un justificativo médico, suspiro, porque ahora tendré que hacer su trabajo.