Hace unos años, cuando regresé, fue porque mi abuela había muerto de una forma inesperada y mi madre, que está diagnosticada con bipolaridad, era tan inestable que necesitaba una presencia a su lado. Sin embargo, nuestra relación era tensa.
Ella esperaba que yo hiciera con ella lo mismo que ella hizo con mi abuela. vivir prácticamente para su cuidado.
Soy una hija bastarda… Claro, ¿quién andaría con la loca del pueblo? Así que nunca conocí a mi padre, como mi madre nunca conoció al suyo. Hay un patrón en mi familia, que viene de generaciones atrás.
Vivir para su madre.
Y era lo que esperaba mi madre.
Así que, cuando le dije que me iba a la universidad, nuestra relación se perdió, y ahora ya es algo esporádico.
"¿Tomaste tus medicinas?" "¿Cómo estás hoy?" "¿Necesitas algo?" "¿Tienes comida?" Preguntas formales para asegurarme de que está bien. Sin embargo, para ella no es suficiente. Volcó todo su desprecio e ira contra Isaac. Tiene la creencia rotunda de que, por culpa de él, nuestra relación es la actual.
—A veces eres tan tonta —masculla jugueteando con su comida. Su estilo formal, su cabello, sus uñas, su vestido. ¿Quién podría decir que se acostó una noche con un extraño y así nací yo?—. No puedes darte cuenta de que esa mujer, la madre de ese satanás, es diabólica. Anda por donde vaya diciendo que eres la peor esposa que podría haber tenido…
¿Por qué tuve que invitarla a cenar? Para la próxima debería replantearme la situación dos veces.
—La peor esposa será ella, que le gusta andar con la lengua suelta por ahí.
A pesar de la crítica, no puedo evitar reírme, porque en eso tiene razón.
—Solo ignórala, mamá. ¿Te gusta la hamburguesa? —pregunto cambiando el tema, porque no quiero hablar de mi suegra ahora—. Acá hacen las mejores.
—Es un poco rústica, pero está bien —murmura comiendo las papas—. ¿Estás embarazada?
Casi me atraganto con la carne al oírla.
—¿Qué? No —respondo rápidamente, frunciendo el ceño.
—Ya vas a cumplir treinta y tres. Deberías comenzar a pensar en eso. Aunque la idea de que tengas un hijo de ese hombre no me pone tan contenta, deberías planificarlo.
Bebo un trago de mi Martini, era extraño que no tocará el tema, porqué una mujer no puede tener un esposo, un matrimonio feliz y no tener hijo, según ellos me falta algo para completar la felicidad y no es cierto. No necesitamos un bebé, ni siquiera Isaac desea uno.
—No es el momento.
Es la respuesta que siempre digo para cerrar la conversación. Vuelvo a mi hamburguesa.
—¿Y cuándo lo será? —su cabello negro está amarrado hacia atrás, sus ojos avellana se pegan a mí con dureza—. No puedes esperar para siempre, y menos con él, Cassy.
—¿Y qué tiene que ver Isaac con esto? —pregunto confundida.
—Todo —responde enojada—. Ese hombre te tiene tan atada que no estás viendo la realidad. Estás viviendo en una casa, siendo su sirvienta y la de su familia. Además, te fuiste de acá para hacer una vida mejor, y ahora eres una camarera.
—Encargada —corrijo—. Sé que lo odias, pero él es increíble, mamá.
Una línea se dibuja en su semblante, oscura, como si hubiera dicho las palabras incorrectas.
—No existen esas clases de hombres. Todos son iguales. No existen los hombres perfectos.
Cambio rotundamente de tema, por uno de su interés, la remodelación de su casa. Después de un rato, mi vejiga llega a un punto que no aguanta más y me levanto. Isaac está en otro pueblo, tuvo que ir a hacer unos encargos de su jefe, así que esta noche estaré sola.
Me lavo las manos observándome en el reflejo. Los ojos oscuros, el cabello negro liso, el cerquillo a la altura perfecta cubriéndome la frente, mi rostro maduro. Me inclino. Puede que haya algunas arrugas típicas de la edad, pero estoy bien.
—¿Te quedarás? —pregunta una vez que estaciono frente a su casa—. Hice una tarta de manzana.
—¿Puedes darme un trozo e irme a casa? Ya que estoy sola, voy a hacer unas tareas que tenía pendientes.
Ni en sueños me quedaré en esta casa, escuchando desprecio hacia mi esposo. Cada vez que entro puedo ver las fotografías de mi niñez, y aunque ella lo odie, algunas son con Isaac. No puede simplemente recortarlo, porque está ahí: en mi primer partido de fútbol, en mi cita de graduación, que, aunque fuéramos como amigos, lo hicimos juntos. Así que está en todas las etapas de mi vida.
Mis tareas pendientes consisten en estar en la cama, tirada mirando algunas películas de comedia romántica, mientras una mascarilla húmeda permanece en mi rostro. Meto la cuchara al trozo de tarta riéndome de la escena absurda.
Un grito de terror se escapa de mi garganta al ver cómo la puerta se abre y una figura ingresa en la habitación.
—Tranquila —se ríe Isaac.
—¡Idiota! —mascullo sentándome—. ¿Qué haces aquí? Creí que esta noche te quedarías en la ciudad.
—Sí, era la idea inicial, pero cuando estaba allá solo, te extrañé y volví —se tira en la cama boca arriba para comerme la tarta. Mis ojos se deslizan por su cuerpo—. Las tartas de tu madre son las mejores, aunque si supiera que estoy comiéndolas, le pondría veneno —sus piernas caen fuera de la cama.
Me tiro a su lado, teniendo cuidado con mi mascarilla.
—¿Qué es esa serie? —pregunta robando otro bocado.
—Es de crímenes, se llama ¿Con quién me casé? Se trata de historias reales: mujeres que vivían felices, con vidas aparentemente normales junto a la persona que amaban, pero algo causa un detonante y todo eso se vuelve una pesadilla. Tienen vidas secretas… —uso el cuerpo de Isaac como apoyo.
—Ah —musita entretenido, mirando la pantalla. Enrolla en uno de sus dedos un mechón de mi cabello y comienza a juguetear—. Tienes la cara mojada…
—Es la mascarilla —me la quito y, sentándome, la vuelvo a guardar en el paquete. La humectación comienza a ser absorbida por mi piel. Mis ojos se deslizan por su cuerpo. Ahí, por encima del cinturón, puedo apreciar la parte baja de su vientre. Sus ojos se clavan en mí al notarlo—. ¿Estás cansado? —pregunto arrastrándome en la cama y bajando la bragueta.