Los secretos de mi esposo

4: La calma después de la tormenta.

"Se acerca una tormenta fuerte. Lluvias intensas, granizo y un descenso brusco de temperatura. Vientos de más de 100 kilómetros por hora. La alerta rige desde la mañana del lunes hasta la madrugada del miércoles.

Se recomienda a la población evitar salir de sus casas, asegurar ventanas y puertas, y no circular por rutas ni caminos rurales. Si no es necesario, no salgan. La tormenta podría causar cortes de luz y caída de árboles. Manténganse informados por los canales oficiales…"

Lavo la taza y la pongo en el escurridor. Me seco las manos con el trapo y lo dejo sobre la encimera. Escucho un ruido a mi espalda y, al voltearme, veo que Isaac está observándome desde el marco de la puerta.

—¿Ya te vas? —pregunto.

Que tenga la fortuna de casarme con el amor de mi vida y de estar felizmente casada no significa que no existan pleitos y discrepancias. Como la situación que rodea su ambiente familiar, que parece dejarme de lado.

—Sí. Llegaré tarde. Voy a organizar con Nicole el terreno para la tormenta. Tengo que cortar ramas para que no causen incidentes en la carretera.

Lo observo, tiene el sombrero en la mano, las llaves colgando de los dedos, y esa expresión en su rostro.

—No tienes que inventar excusas para ir a tu casa —musito, cruzándome de brazos.

Se pone el sombrero. Sus ojos se clavan en los míos, fijos, sin parpadear.

—¿Qué está pasando, dulce? —cuestiona—. No tengo motivos para inventar excusas. Además, esta es mi casa, ¿o no?

Intenta acercarse, pero lo esquivo. Mis pies se mueven antes de que mi cabeza lo decida.

—Ajá. Vete, que llegarás tarde.

Subo las escaleras y, de un golpe, cierro la puerta. Me quedo de pie junto a la puerta, con la espalda apoyada contra la madera y los ojos cerrados, escuchando sus botas crujir contra el suelo, un paso, después otro, una pausa.

—Cassandra —golpea suavemente—, abre la puerta.

No respondo, muerdo el interior de mi mejilla con fuerza hasta que siento el sabor metálico de la piel, es mejor eso que el sabor amargo de las palabras que tengo atragantadas. No quiero iniciar una acalorada discusión.

—Dulce, por favor.

Escucho un suspiro, largo, cansado.

—Está bien —murmura—, vuelvo a la tarde.

Sus pasos se alejan, las botas crujen contra la madera, después contra el suelo de la entrada, después contra la puerta principal. Me dispongo a cambiarme de ropa, sé que algo está ocurriendo y no es paranoia.

Conozco lo suficiente a Isaac para saberlo.

¿Será Billy? ¿Será su madre o su hermana? ¿El trabajo? No se me ocurre por la cabeza qué podría ser. ¿Problemas con el dinero? No, si no me habría dicho, siempre hemos sido abiertos, pero él está actuando extraño. Me peino el flequillo y salgo de la casa, conduciendo en mi coche.

No me gusta estar así, aunque él también tendría que saber que, si se cierra y actúa de esta forma rara, tiene consecuencias en nosotros. Al llegar a la cafetería, voy hasta la oficina.

Hasta mi suegra ha desaparecido. Una mujer intensa, y ahora ya no está. Puede que haya problemas familiares, sí. Tomo mi celular y veo un mensaje de mi esposo. Al abrirlo, noto que es la imagen de unas flores silvestres cubriéndole la mitad del rostro y, abajo, un mensaje: "No sé qué hice mal, pero perdóname. Te amo demasiado".

—¡Ah! Eres un idiota, así no puedo enojarme —me quejo, frotándome la cara.

Salgo de mi oficina y voy hasta la cocina, donde Piry está guardando la mercadería fresca que llegó.

—Hola, jefecita —dice, y me entrega la planilla.

—¿Me preparas un especial? —le pregunto, viendo el stock de la mercadería en las hojas.

—Claro que sí. ¿Para llevar? —asiento con la cabeza.

Sé que Isaac no desayunó, así que planeo llevárselo. Pido uno de sus sándwiches favoritos, lo guardo en una bolsa de papel y salgo de la cafetería. Me dispongo a volver en menos de media hora, así que conduzco hasta el trabajo, el bosque.

Este es enorme, se extiende por la mayor parte del terreno, la carretera está llena de pinos viejos, enormes, con troncos gruesos, de vez en cuando, entre los árboles, se ven los carteles de madera que marcan los senderos, las flechas talladas a mano, los letreros que indican los lugares.

Voy por el camino despacio, con la ventanilla entreabierta, escuchando el crujido de las ruedas contra la gravilla. Cuando llego a la recepción, me bajo del coche.

Es una cabaña enorme, de madera oscura y techos a dos aguas, con un porche amplio y unas escaleras de piedra que llevan a la puerta principal. La camioneta de Isaac está estacionada junto a la oficina.

No hay nadie a la vista, solo el murmullo del viento entre los pinos.

Al entrar con la bolsa de papel, veo que no hay nadie. El mostrador de recepción está vacío, con los folletos ordenados en fila y un pequeño cartel que dice: "Vuelvo en un momento". Toco la campana y el sonido metálico retumba en el silencio de la cabaña.

Mientras espero, recorro con la mirada la pared del fondo. Hay un panel enorme con información del bosque: mapas de los senderos, horarios de las visitas guiadas, normas de seguridad.

Y ahí, en el centro, una foto del equipo. Isaac aparece al frente, con el uniforme de guardabosque verdes y el sombrero en la mano, encabezando el grupo como el guía principal, a su lado está Nicole, con una sonrisa amplia y el cabello recogido en una coleta y detrás, Geto, un hombre adulto de expresión seria.

Me quedo mirando la foto un momento más de lo necesario.

—¡Señora Greyson! —me sobresalta una voz.

Me giro. Nicole aparece por la puerta lateral, con una carpeta bajo el brazo y una taza de café humeante en la mano, tiene las mejillas sonrojadas y el cabello rubio dorado recogido en una coleta, aunque algunos mechones se le escapan.

Al verme, sus ojos verdes se abren de par en par.




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