La escena parece sacada de una película de terror.
Las nubes negras cubren la mayor parte del cielo, tan densas que el día se ha vuelto oscuro, como si la noche hubiera caído antes de tiempo. El ambiente se ha vuelto terrible. Tengo los vellos del cuerpo erizados, hasta el aire está húmedo y seco a la vez, ni siquiera hay viento, solo una inquietante calma que pesa, sobre todo.
Bebo del café observando a Isaac.
Se ve pequeño, montado en los árboles con familiaridad, aunque está lejos, sé que quiere evitar que el viento de forma improvisto nos golpee. Su figura se recorta contra ese cielo negro, y por un momento, me quedo mirándolo sin poder apartar la vista.
Sé que no debería temer. Estoy segura con él.
Sonrío.
Es un hombre todoterreno, que no le atemoriza nada. Abro la boca sorprendida, yo ni siquiera sé si tiene algún miedo. Nunca le he preguntado ese detalle.
Bebo otro sorbo de café.
¿Cómo puede ser que no sepa eso? Intento recordar. Isaac siempre ha sido indestructible, tanto así que en verano trabaja como voluntario en el cuerpo de bomberos. Me apoyo en el marco de la puerta.
Sí, ha sido héroe, ha salvado vidas, ha combatido un fuego forestal y una vez salvó un venado en la ruta.
Es imparable, es una roca sólida, seguro que no debe de asustarle nada.
Me río al ver que levanta las manos y las mueve frenéticamente. Está sentado en una rama gruesa, a tres metros sobre el suelo. Debe de estar gritando, pero hasta acá no lo escucho. Lo que sí oigo es un ruido proveniente de atrás. Giro la cabeza, es un celular, y ese sonido conocido envuelve el silencio de la casa.
Me acerco hasta la mesa ratonera, donde está el florero y, al lado, debajo de los papeles, el celular. Lo agarro y, dejando la taza de café, noto que en la pantalla no me salta un número.
Corta.
—Vaya —arrastro, viendo que hay diez llamadas perdidas—. Debe de ser urgente.
Me volteo con el celular en la mano. ¿Y si pasó algo en el bosque? Me sobresalto cuando vuelve a vibrar en mi palma. Sin dar tiempo a que suene, contesto llevándome el aparato al oído.
—¿Hola?
Silencio.
—Hola, habla Cassandra, la esposa de Isaac —nadie responde—. ¿Quién habla?
Nadie responde y mi ceño se frunce. Al observar la pantalla, noto que la llamada sigue activa.
Qué raro.
Un ruido detrás me sobresalta y veo a mi esposo entrar con leña en sus brazos. Me observa confundido y me encojo de hombros.
—No responde nadie —extiendo el celular. Este vibra y se corta la llamada.
Isaac camina hasta la sala y suelta la leña.
—Puede que se haya equivocado.
—Sí… Aunque lo hizo unas diez veces —murmuro, y le dejo el celular en la mesa—. Es mucha leña.
La apila con suma cautela. Hay troncos gruesos y algunos finos para avivar la llama.
—¿Vas a encender el fuego? —cuestiono sentándome en el sofás, con la taza en la mano y las piernas cruzadas.
—Sí. La tormenta va a ser fuerte y quiero estar preparado —responde con una sonrisa, se agacha para revisar la chimenea—. Aparte dijeron que podría haber cortes de luz.
—¿Crees que sea para tanto?
—Con vientos de cien kilómetros por hora, puede pasar cualquier cosa —murmura, y se incorpora mirándome—. Pero no te preocupes, estamos preparados.
Se arrastra hasta mi lado y le acaricio el cabello. Es sedoso, mis dedos se pierden entre sus rulos. Se queda ahí sentado, observando cómo el fuego se enciende. Todo el temor que tenía hace un instante desaparece por completo.
—Lo sé. Cuando estoy contigo me siento a salvo —apoyo la mejilla en su cabello.
—Ven acá. Eres tan dulce que me dan ganas de comerte —murmura, y me empuja hacia su regazo, sacándome la taza y dejándola sobre la mesa.
Me río. El calor del fuego me abraza por detrás, me cuelgo de su cuello.
—Si me devoras, serás caníbal —bromeo, y le doy un beso en la punta de la nariz.
Sus ojos brillan y me toma de la nuca para besarme, lento, suave, suspiro, su barba abundante se raspa contra mis mejillas, sin embargo, no me importa, nuestras lenguas se enredan, y me hundo en su cabello largo. Gruñe en mi boca, me separo humedeciendo los labios.
—Sabes a café —musita con voz ronca.
Sonrío, arrastrando la nariz por su barba.
—Y tu hueles a arboles… —me da una nalgada—. ¡Isaac!
—¿Qué? Me tientas —me empuja contra el suelo y sonrío viendo como se posiciona sobre mí.
* * *
—Estaré esperando al equipo, señor.
—Recuerda, eres la cara visible del equipo, así que tu presencia es importante. Y no te sientas presionada, solo serán algunas tomas para el comercial. Nos vemos, señora Greyson.
Asiento con la cabeza, cerrando mi agenda. Del otro lado de la pantalla está mi supervisor de área, notificando que, la otra semana, un equipo de marketing vendrá a la cafetería para dar a conocer a nivel nacional la sucursal y que saldré en los comerciales. Nos despedimos y cierro la computadora, quitándome los audífonos.
Mientras tanto, leo los mensajes del equipo. Como es fin de semana, tengo libre. Sin embargo, tengo personal en turno, y si surge algo, tengo la obligación de asistir, aunque por el momento está todo bien.
Dejo la computadora y me levanto del sofá, colgando en el brazo del sillón la manta que tenía alrededor. Paso por la cocina y me detengo al notar que Isaac está de espaldas, hablando por teléfono. Mi ceño se frunce. Habla tan bajo que no puedo escuchar.
Cuando se voltea, se queda inmóvil y me da una tenue sonrisa.
—Voy.
Es lo único que dice antes de cortar. Se guarda el celular en el bolsillo.
—¿Te vas? —pregunto, cruzándome de brazos.
—Sí, surgió algo importante.
Muevo automáticamente los ojos hacia la ventana. Ya está lloviznando y el viento está leve. Es el inicio de la tormenta, se acerca. Me froto los brazos.
—Prometo regresar antes de que comience, ¿sí? Solo me encargaré de un trabajo —me da un beso en la frente—. No voy a dejarte sola. Sé cuánto miedo le tienes.