Los secretos del pasado

Capítulo 3 La llamada de V-01

Elara permaneció inmóvil.

La palabra V-01 quedó suspendida en el aire como un golpe invisible.

Su mente intentó rechazarla de inmediato.

No.

Eso no podía referirse a ella.

No después de todo lo que había descubierto.

No después de escuchar una y otra vez que Elara no era su nombre real.

El hombre de cabello blanco cayó de lado, herido por el disparo.

La sangre comenzaba a extenderse lentamente sobre el suelo metálico.

Elara dio un paso hacia él por instinto.

Pero la figura del fondo avanzó un paso más.

—No te acerques.

La voz era fría.

Demasiado controlada.

Elara levantó la mirada.

La persona seguía envuelta en humo.

El arma apuntaba directamente hacia ella.

—¿Quién eres? —preguntó Elara, obligándose a mantener la voz firme.

La figura inclinó ligeramente la cabeza.

—Alguien que ha esperado este momento durante mucho tiempo.

Elara apretó el diario contra su pecho.

—No soy V-01.

La figura sonrió.

—Eso es exactamente lo que debías creer.

El laboratorio volvió a temblar.

Las luces rojas parpadearon con mayor intensidad.

Una alarma comenzó a sonar en todo el edificio.

PROTOCOLO NÉMESIS EN PROGRESO.

La voz mecánica resonó por los pasillos.

CONTENCIÓN DEL SUJETO V-01 AUTORIZADA.

Elara sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Sujeto...? —murmuró.

La figura avanzó un poco más.

Ahora podía distinguirse mejor: una mujer de unos cuarenta años, vestida con un uniforme oscuro, con una insignia metálica en el cuello.

Su rostro seguía parcialmente oculto por las sombras.

Pero sus ojos eran claros.

Demasiado claros.

Y había algo en ellos que resultaba inquietantemente familiar.

La mujer bajó ligeramente el arma.

—El Archivo 27 debía permanecer sellado.

El hombre herido intentó incorporarse.

—No la dejes llevarse el diario...

La mujer lo miró con frialdad.

—Tú ya no tienes derecho a decidir nada.

Elara dio un paso atrás.

—¿Qué quieren de mí?

La mujer respondió sin apartar la vista de ella.

—Queremos que recuerdes.

La palabra golpeó a Elara con una fuerza inesperada.

Recordar.

Siempre recordar.

Como si toda su vida hubiera sido una habitación cerrada y cada persona que aparecía tuviera una llave distinta.

El diario comenzó a vibrar entre sus manos.

Las páginas se abrieron solas.

Una hoja se desprendió y cayó al suelo.

Elara la recogió.

Había una fotografía.

En ella aparecía una niña de cabello oscuro sentada frente a una mesa blanca.

Detrás de la niña, en la pared, podía leerse una inscripción:

UNIDAD DE OBSERVACIÓN V-01

Elara sintió un dolor agudo en la sien.

La habitación blanca.

La silla.

La voz diciendo reinicio completo.

Todo regresó de golpe.

No como una visión.

No como una ilusión.

Como un recuerdo real.

La niña de la fotografía levantó la mirada.

Y por un instante, Elara sintió que la niña la estaba mirando a través del papel.

—No... —susurró.

La mujer dio un paso hacia ella.

—Míralo bien.

Elara levantó la fotografía.

La niña tenía los mismos ojos que ella.

La misma cicatriz apenas visible sobre la ceja izquierda.

Y en la esquina inferior de la imagen había una fecha.

14 de octubre de 2001.

La misma fecha de la fotografía anterior.

La misma fecha anterior a su supuesto nacimiento.

Elara dejó escapar el aire lentamente.

—Entonces... sí existía antes.

La mujer no respondió de inmediato.

—Existías de otra manera.

El hombre herido levantó la cabeza con dificultad.

—No le creas... —dijo entrecortadamente—. Ella trabaja para ellos.

La mujer giró apenas el rostro hacia él.

—Y tú trabajaste con ellos.

El silencio se volvió insoportable.

Elara sintió que estaba atrapada entre dos verdades opuestas.

El hombre había dicho que quiso destruir el Proyecto Lumen.

La mujer afirmaba que quería que recordara.

Ninguno parecía decir toda la verdad.

—¿Quién está mintiendo? —preguntó Elara.

La mujer bajó el arma lentamente.

—Todos.

La respuesta la dejó inmóvil.

—El Proyecto Lumen no fue creado por una sola persona —continuó la mujer—. Fue creado por un grupo. Y cada uno de nosotros creyó estar haciendo lo correcto.

El hombre cerró los ojos con dolor.

—No sabíamos en qué se convertiría...

La mujer lo interrumpió.

—Sí lo sabíamos.

Volvió a mirar a Elara.

—Lo que no sabíamos era que tú sobrevivirías.

Elara sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Sobrevivir a qué?

La mujer guardó silencio durante unos segundos.

Luego respondió:

—Al primer intento de borrado completo.

El laboratorio quedó en silencio.

Incluso las alarmas parecieron apagarse por un instante.

Elara miró la fotografía.

La niña de la imagen seguía observándola.

Y por primera vez, no sintió que estaba viendo a una desconocida.

Sintió que estaba viendo una parte de sí misma que había sido enterrada.

La mujer dio un paso más.

—Ven conmigo, V-01.

Elara levantó la mirada.

—No vuelvas a llamarme así.

La mujer inclinó la cabeza.

—Entonces dime quién eres.

Elara abrió la boca.

Quiso responder.

Quiso decir soy Elara.

Pero las palabras no salieron.

Porque en ese instante comprendió algo aterrador:

ya no estaba segura de que ese nombre le perteneciera.

La puerta del fondo se abrió con un estruendo.

Varios agentes armados irrumpieron en el pasillo.

La mujer giró de inmediato.

El hombre herido murmuró una última frase antes de perder el conocimiento:

—No permitas que encuentren el Jardín...




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