Los secretos del pasado

Capítulo 5: El árbol sin nombre

«El peligro de descubrir una mentira no consiste en dejar de creerla. Consiste en descubrir que necesitabas creerla para seguir viviendo.»

Los pasos entre los árboles

Elara permaneció inmóvil en la oscuridad.

Los pasos continuaban.

Lentos.

Irregulares.

A veces parecían alejarse por el sendero; otras, daban la impresión de avanzar directamente hacia ella. El sonido de las pisadas sobre la tierra húmeda era demasiado nítido para pertenecer a una grabación.

No eran los pasos de los agentes.

Aquellos siempre habían sido idénticos, medidos, casi mecánicos.

Estos tenían algo distinto.

Vacilaban.

Se detenían.

Arrastraban ligeramente un pie antes de continuar.

Como si quien caminara estuviera herido.

Elara apretó el molino de papel entre los dedos.

—¿Quién está ahí?

Los pasos cesaron.

Esperó.

Nada.

—Sé que hay alguien.

Una corriente de aire frío recorrió el invernadero. Las hojas de los árboles se agitaron, aunque no había ventanas abiertas ni conductos visibles.

Entonces escuchó una respiración.

A pocos metros.

Elara retrocedió hasta que su espalda chocó contra el tronco de un árbol.

—No quiero hacerte daño —dijo, sin saber a quién se dirigía—. Solo quiero salir de aquí.

Una risa breve surgió de la oscuridad.

No era una risa alegre.

Era el sonido de alguien que acababa de escuchar una frase que llevaba años esperando.

—Eso mismo dijiste la primera vez.

Elara sintió un escalofrío.

—¿La primera vez que hice qué?

La respuesta llegó desde algún punto situado a su izquierda.

—La primera vez que intentaste escapar.

Una lámpara se encendió al fondo del sendero.

Después otra.

Y otra.

La luz reveló una silueta sentada en un banco de piedra.

Era una mujer.

Tenía el cabello recogido, las manos apoyadas sobre las rodillas y un abrigo oscuro que le llegaba hasta los tobillos.

Elara no podía distinguir su rostro.

Sin embargo, había algo en la postura de aquella desconocida que le resultaba insoportablemente familiar.

La mujer levantó la cabeza.

—Acércate, Elara.

Ella no se movió.

—¿Cómo sabes mi nombre?

La desconocida inclinó ligeramente la cabeza.

—Porque fui yo quien te lo dio.

Elara sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies.

No.

Otra persona afirmaba conocerla.

Otra persona pretendía haber formado parte de su vida.

Otra persona quería que confiara en una historia que no podía comprobar.

—Demúestralo —respondió.

La mujer sonrió.

—Cuando tenías seis años, escondiste una llave debajo de una baldosa rota. Tu madre te encontró llorando porque creías que alguien había entrado en tu habitación mientras dormías.

Elara dejó de respirar por un instante.

No recordaba aquella escena.

Pero la llave...

La llave sí.

Un objeto pequeño, de metal oscuro, que durante años había aparecido en sus sueños sin que pudiera comprender por qué.

—¿Qué llave? —preguntó.

La mujer bajó la mirada.

—La que abría la puerta de tu dormitorio desde el otro lado.

Elara sintió un dolor agudo detrás de los ojos.

Y, de repente, recordó una mano.

Una mano adulta introduciendo algo metálico bajo una baldosa.

Después, una voz femenina.

No le cuentes a nadie dónde la escondiste.

El recuerdo desapareció tan rápido como había llegado.

Elara se llevó una mano a la frente.

—¿Quién eres?

La mujer se levantó.

—Alguien que cometió el error de creer que podía protegerte ocultándote la verdad.

Dio un paso hacia la luz.

Y Elara vio su rostro.

Era el mismo de la mujer que aparecía en las pantallas del laboratorio.

La mujer que le había dicho que había fracasado en protegerla.

Solo que ahora no parecía una transmisión antigua.

Parecía estar allí, frente a ella, respirando el mismo aire.

—Hola, Elara —susurró—. Esta vez, por favor, déjame terminar de explicártelo.

La mujer de la fotografía

Elara no respondió.

Había imaginado muchas veces cómo sería descubrir la identidad de aquella mujer.

En algunas versiones de sus sueños, era su madre.

En otras, una doctora.

A veces tenía su propio rostro.

Pero nunca había considerado que pudiera tratarse de alguien que ya había intentado comunicarse con ella.

—Te vi en una pantalla —dijo finalmente.

La mujer asintió.

—Lo sé.

—Dijiste que habías fracasado en protegerme.

—También lo sé.

—Entonces dime de qué estabas protegiéndome.

La mujer miró hacia los árboles.

Por primera vez, Elara notó que evitaba mirar un punto concreto del invernadero: una zona donde la niebla parecía más espesa y la vegetación crecía de manera irregular.

—De una decisión —respondió.

Elara soltó una risa incrédula.

—¿Una decisión? ¿Me han manipulado la memoria, me han perseguido agentes armados y he encontrado mi nombre en un lugar que parece un cementerio de personas desaparecidas, y todo se reduce a una decisión?

—No.

La mujer volvió a mirarla.

—Todo se reduce a una decisión que alguien tomó por ti.

Elara sintió que la rabia comenzaba a imponerse al miedo.

—¿Quién?

—Tu madre.

La palabra cayó entre ellas con una violencia silenciosa.

Durante varios segundos, Elara solo escuchó el rumor de las hojas.

—Mi madre está viva —dijo.

No sabía por qué lo afirmaba con tanta seguridad. Era un hecho que nunca había cuestionado.

La mujer no respondió.

—Mi madre me crió. Me llevó a la escuela. Estuvo conmigo cuando...

Se interrumpió.

Intentó reconstruir una imagen cotidiana: su madre preparando el desayuno, preguntándole por las clases, acomodándole el cabello antes de salir de casa.




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