Los sueños de mi jefe

Capítulo 8

Eimy

Llego al restaurante. ¡Hay tanto lujo! Seguro esta alfombra debe valer millones. Dije que no era ladrona, pero por bromear hasta me llevaría un trozo. Me sobresalto cuando se me aproxima el mozo y luego me guía hasta la mesa, pero como la patosa que soy, me termino cayendo al suelo.

—Lo siento —chillo desde el piso.

—Siempre pasando vergüenza, ¿no? —oigo a Henley.

Intento pararme lo más rápido que puedo, entonces el tacón casi se me rompe y me caigo sobre su torso; me agarro de sus fuertes brazos. ¡Estúpida, no describas sus brazos así! Alguien va a pensar que estás interesada; sobre todo tu corazón. Ese es un maldito traicionero, que cambia de opinión cada dos por tres; es malvado.

—¡Mejor nos sentamos rápido! —Voy de manera veloz a mi asiento—. No quiero crear un circo aquí y ahora. —Me rio, nerviosa.

Camina y se sienta en la silla de enfrente de mí.

—¿Te consideras un payaso? —pregunta, tranquilo.

—¡¿Tanto se nota?!

Se ríe.

—Pero si lo acabas de decir.

—Verdad. —Asiento.

—¿Te gusta el jazz? —consulta, mirando a los músicos.

—Está bien. —Muevo los hombros sin importancia—. Es música relajante.

Vuelve a reír.

—Tú querías heavy metal.

—No, pero me imaginé a unos tipos gritando en el escenario y es muy gracioso.

—Qué buena imagen, me encanta.

—Jefe…

—Henley —me corrige.

—Henley. —Asiento—. ¿Era necesaria esta cita?

—¿Por qué no?

—Porque esto nació de una conversación en la que intentaba recuperar a su secretaria; no estábamos ligando ese día.

—¿No puedo tener interés genuino por ti?

—¡Sí! Es solo que… —Me quedo tildada, buscando las palabras correctas—. Usted me despidió por algo personal.

Frunce el ceño y me sobresalto, pero debía decirlo.

—Continúa —exige.

—Yo… no creo que quiera hablar de eso. —Rio, nerviosa.

—Ya empezaste, ahora sigue.

—Usted quiere una relación más personal conmigo y lo entiendo, pero si se enfada por cosas como esas… —expreso de manera pausada y cuando entrecierra los ojos me pongo en alerta—. ¡No se enoje! Sé que el tema es delicado, pero, ¿quiere mentirse a sí mismo? Si yo le pregunto sobre sus gustos, es seguro que lo negará. Ya sabe de qué hablo.

Bufa.

—Lamentablemente.

—¿Entonces…?

—No lo voy a negar —aclara, luego me agarra las manos sobre la mesa—. Lo confieso, escribo, pero no puedo decir que me guste.

—¡TE ENCANTA! —grito con emoción, pero al ver su gesto de molestia, me corrijo—. Te agrada… un poquito, chiquitito, una pizca… ¡Yo lo sé!

Me suelta y pierdo su contacto. Apoya la espalda en el respaldo de su silla, entonces suspira, cansado. Su mandíbula se tensa y piensa bien en lo que quiere decir.

—No puede gustarme algo como eso.

—¡¿Por qué no?! —insisto—. ¡¡Era mucho texto!! Uno no escribe tanto si no es así, y debo decir que era muy bueno… ya me callo —menciono lo último porque vuelve a mirarme de mala manera—. Lo dejo hablar —rio otra vez con nerviosismo y muevo la mano—. Siga usted.

—No es algo que alguien como yo haría.

—¿Alguien como usted? —Enarco una ceja—. Pues tiene el estereotipo del escritor desorganizado.

—¿Disculpa? —Alza una ceja también.

—Ya sabe, deja todo para después, pero escribir es lo único que hace, y se tira a reflexionar sobre sus historias. Eso sin contar que le huye al trabajo.

—Te estás inventando una película.

—Hago muchas cosas mal; aun así, de algo estoy muy segura: la palabra “fin” en esa libreta la escribió hace poco.

Le titila el ojo; creo que me pasé.

—¿Por qué insistes con eso? —cuestiona.

—Admita que le gustó que le dijera que la historia estaba buenísima o… —Me lo pienso mejor—. Me recontrató para vigilarme y que no cuente su malvado secreto.

Parece que va a matarme, pero comienza a reír.

—¿En serio? ¿Ese es tu justificativo? Yo te fui a buscar porque eres la única secretaria que me ha durado.

—Sí, soy muy buena soportando loquitos —digo con orgullo—. Una vez tuve un jefe que ocultaba sus monedas, y todos los empleados al final del día teníamos que buscarlas, porque él se había olvidado dónde las ponía.

Se vuelve a carcajear.

—¡Qué locura!

—¡Sí!

¡Qué bueno que el ambiente se calmó! Y justo a tiempo viene la cena, así que no pasé vergüenza frente a la camarera. Me pregunto qué ha pedido que ni siquiera pude elegirlo yo. Aunque la verdad no sé de comida de ricos, así que solo masticaré.




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