Eimy
Salimos del restaurante. Es muy tarde; pueden verse las estrellas en el cielo. Pensé que la velada sería un desastre, pero estuvo bien. Permanecemos parados enfrente de la puerta del restorán y nos quedamos mirando mientras el viento mueve nuestros cabellos. ¡Muy película! Me faltó un sombrero para que se me vaya volando y él me lo atajase. Debo estar delirando por culpa de sentir que la cita fue un éxito y ya no puedo negar nada. Aun así, no revelaré mis pensamientos. Todavía me queda un poco de dignidad de protagonista cliché. Esas que se confiesan cuando dejan de ser tercas.
—¿Te llevo a tu casa? —pregunta Henley.
—No hace falta, está cerca, pero gracias.
—Insisto.
Me rio.
—¡Muy mala táctica! Ya me voy. —Doy la vuelta.
Una vez avanzo, me agarra de la muñeca, así que giro un poco la vista hacia él; entonces me atrae hacia su cuerpo. Siento su mano en mi espalda. Mis mejillas arden a más no poder y puedo notar su respiración a centímetros de la mía.
—¿La pasaste bien? —consulta.
—Sí —susurro.
—¿Y por qué no nos estamos besando?
Me rio otra vez.
—Porque no soy la protagonista de ninguna telenovela.
—Después dices que tu hermana es la que habla de esas cosas.
Charlamos tanto en esta cita que ya hasta sabe el color de mi ropa interior. ¡Es broma! Pero ojalá. Mejor ya me callo y me concentro en lo que sí puedo contestar.
—Sí, pero yo soy la lista —expreso con orgullo—. ¡Mi hermana es peor que yo!
No creo que eso haya sonado muy bien.
—¿Segura? —pregunta—. Quizás cometas un error.
—Tal vez.
Podría besarlo, pero aparte de ser una equivocación máxima, tengo que seguir con mi terquedad, para proteger mi estabilidad emocional.
—¡¡Eimy!! —grita cuando me voy corriendo.
—¡¡Ah, me olvidé la ropa en la lavadora!!
Perdón, ¿sí? Es lo único que se me ocurrió.
Al llegar a casa, evito el interrogatorio de Reiny. Lo que no voy a poder esquivar es a mi jefe mañana. Sería bueno tener pruebas de esas prendas sucias.
•••
Camino a hurtadillas, ingresando a mi trabajo. Llegué lo más temprano posible, incluso a pesar de que no he dormido bien.
—Buenos días —escucho detrás de mí.
—¡¡Estoy muerta y soy una estatua!!
—El jefe te busca.
—¡¡Ay!! —chillo, dándome cuenta de que es Marta—. ¡¡Estoy viva, lo juro, pero dile que me fui!!
La mujer enarca una ceja.
—¿No eres su secretaria?
Le pego con el pie al piso.
—Maldición. —Refunfuño y me caigo al suelo.
Patosa tenía que ser.
Me levanto como puedo y voy hasta mi zona de muerte. Quiero decir, me dirijo a la oficina de Henley. No quiero, solo deseo correr. Mejor lo hago rápido y quizás no se dé cuenta.
—¡Hola! —ingreso a su despacho—. ¡Yo me escapo de restaurantes todos los días y…!
El castaño se me queda mirando, confundido. Permanece sentado en la silla de su escritorio y luego reacciona. Me regala una hermosa sonrisa.
—Te llamaba porque quiero que reprogrames a estas personas. —Alza varios papeles.
Estoy tildada, dándome cuenta de que yo sola me mandé al muere, y no solo eso… ¡Ahora sonríe porque me estoy justificando por lo de ayer! Fui demasiado obvia, así que ya tiene forma de atraparme en sus redes masculinas, malignas, atractivas y tentadoras.
Oh, no… ¡Ya estoy delirando otra vez!
¡Sálvame, Romualdo!
Mentira, es mejor que no lo haga, ese personaje es un tremendo estúpido. Supongo que me tendré que salvar sola a pesar de que no soy muy buena rescatándome.
Alguien, por favor, rece por mí.