Los trillizos de mi Sugar daddy

El lado oscuro de Boran Sabanci

Enola Martin

—Boran... me duele demasiado.

Eso fue lo que arrastré entre dientes, intentando que ese dolor punzante empezara a desvanecerse; sin embargo, parecía todo lo contrario. Boran tragó saliva, intentando acomodar mi cabeza en sus piernas. Incluso el movimiento del carro me molestaba.

—¿Qué es lo que te duele? —preguntó mientras sus manos temblorosas apartaban mechones de mi cabello esparcidos por mi rostro.

No supe cuándo fue que empecé a llorar, hasta que sentí las lágrimas recorrer mis mejillas.

—¡Me duele mucho el vientre! —chillé con desesperación—. N-no puedo.

—¡Muévase! —rugió Boran al chófer de la limusina con desesperación.

—N-no... No quiero perder... a los bebés.

—Eso no va a pasar... Tranquila, preciosa.

Sollocé, retorciéndome de dolor.

—No... Boran.

—Todo va a estar bien, mi amor, cariño. Ya estamos cerca.

Boran Sabanci

—No dejes que los... pierda.

Eso fue lo último que pudo decir Enola antes de perder el conocimiento.

Entré en pánico, pero no me paralicé. Al contrario, fue mi motor para actuar con rapidez.

Cuando llegamos a urgencias, recostaron a Enola en una de las camillas. Necesitaba asegurarme de que estuvieran bien. Fue angustiante esperar una respuesta de los doctores.

—¿Usted es su pareja?

—Sí, lo soy —declaré mientras me invadía una sensación opresora en el pecho—. Soy el padre.

—¿Qué le pasó?

—Está embarazada de trillizos —le respondí—. Levantó algo pesado... Luego me dijo que le dolía el vientre y se desmayó.

La doctora asintió, entendiendo la situación al instante. La camilla empezó a moverse, dirigiéndose a urgencias. Una vez estuvimos en el lugar, una de las enfermeras empezó a medir su presión en el brazo de Enola mientras la doctora revisaba sus signos vitales con el estetoscopio.

—Posible amenaza de aborto —avisó mientras la revisaban.

Enola empezó a reaccionar conforme le pasaban alcohol.

—Su tensión está baja —informó la enfermera—. 90/60, doctora.

—¿Puedes acomodar sus piernas en la almohada? —le indicó a la enfermera—. Creo que eso podría ayudar.

Mi corazón se aceleró.

¿Qué estaba pasando? ¿Por qué mi mujer no reaccionaba?

Entré en un estado rotundo de temor. Le eché un vistazo y pude percibir su rostro pálido y sudoroso.

—Voy a medirle la glucosa —informó—. ¿Ella ha estado comiendo bien?

—¿Cómo...? Pero dígame, ¿los bebés están bien? ¿Ella está bien? —insistí, con la desesperación creciendo en gran medida—. ¿Por qué nadie me dice nada?

—Eso no lo sabemos, señor —contestó—. Al menos ya está reaccionando. Pero haremos todo lo posible.

Enola empezó a reaccionar, quitándome al menos un poco del peso que cargaba, introduciéndome en un leve estado de alivio.

—Boran... —dijo en voz baja y débil—. ¿Dónde estoy?

Acaricié con devoción y ternura su mejilla. Sabía que, una vez se despertara, iba a entrar en un estado de desesperación al ver que la doctora no decía nada.

—En el hospital, princesa.

Tuve que ser capaz de regular mis emociones para no estresar a Enola y, aunque me costó mantenerme firme y no desesperarme, lo logré. Me mantuve estoico.

Sin embargo, aun cuando aquello fue posible, levantó el torso de la camilla con una desesperación incontrolable, con el objetivo de observar lo que estaba haciendo la doctora y tal vez así preguntarle qué estaba pasando.

—¿Qué le pasó a mis hijos? ¿Qué le pasó a mis bebés? —quiso saber, con la respiración agitada y nerviosa—. Por favor, dime la verdad, Boran.

Su tonalidad fue un murmullo débil y desesperado. Podía percibir el terror y lloró de una manera desconsolada al no recibir respuestas, esperando lo peor. No me gustaba verla así. Necesitaba ser el hombro donde se apoyara.

—No quiero perder a mis hijos, Boran.

—Tranquila, no se levante, señorita. Haremos un seguimiento fetal para saber cómo se encuentran —informó la doctora en un tono profesional.

—Boran...

Tomé su mano entre las mías, enlacé mis dedos a los suyos, llevé su mano a mis labios y le dediqué uno que otro beso en sus nudillos. La besé con una ternura arrolladora; tal vez así podría tranquilizarla en medio de tanta oscuridad y tensión.

—Estoy contigo, cariño —murmuré, intentando ser su sostén—. Créeme que sí, los bebés estarán bien.

—Eso espero... Porque... Si les pasa algo, yo te juro que me voy a morir.

—Ellos son fuertes. Nada les va a pasar... Ya lo verás.

—Tienes un leve sangrado —avisó—. No podemos saber con certeza lo que tienes, pero necesitamos revisarte. Es posible que tengas una amenaza de aborto.

Mi pecho se apretó con una fuerza opresora. Enola cerró los ojos y su mano tembló contra la mía.

¿Por qué esta doctora no tenía ningún tacto para decir el diagnóstico?

—Por ahora vamos a revisarte. ¿Sí?

Quedamos a la expectativa de la respuesta del aparato cuando ella empezó a moverlo sobre el vientre bajo de Enola, tecleando una y otra vez.

Era desesperante.

Las lágrimas de Enola se derramaron con evidente amargura y pude percibir en sus ojos resignación al no escuchar ninguna señal de vida.

Y fue entonces cuando el silencio sepulcral se rompió.

Un palpitar muy fuerte inundó la habitación: el sonido de los corazones a través del aparato.

Primero fue uno

Después el otro

Y luego el otro.

Mi corazón de padre se emocionó. Jamás creí que convertirme en padre me cambiará la vida.

Escuchar esas palpitaciones fue como oír ángeles cantando.

Fue sentirse en el punto más alto de la alegría y a la misma vez en el punto más bajo de la preocupación. Era un alivio, una melodía qué jamás olvidaría.

Ahí estaban ellos, mis pequeños.

Enola esbozo una sonrisa entre lágrimas y me dio un apretón de mano y dejo salir aquella tensión en un exhalo.

—Tienes aproximadamente dieciséis semanas.




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