Los trillizos de mi Sugar daddy

La dulce confesion

Boran Sabanci

Indudablemente, me encontraba muy inquieto por la maldita persecución de mi esposa. ¿Por qué me llamaba así cuando estaba seguro de que no sentía ningún afecto hacia mí? Y era mutuo; dudaba que no lo supiera.

Lo único que ella deseaba era terminar de convertir mi vida en un maldito infierno. Al igual que la suya junto a mí, aun cuando durante años intenté tratarla como lo merecía cuando no existía un sentimiento de por medio.

—A la única mujer que le diste ese título fue a mí. ¿Me equivoco o vas también a quitármelo?

Por desgracia, no tenía esa facultad porque este matrimonio era para toda la vida, y eso era lo que Amira fue incapaz de entender. Sabía que ella deseaba ser libre y muchas cosas más que, para ella, solo formaban parte de una fantasía.

Y no era por mi causa; no fui yo quien la obligó a casarse conmigo, fueron sus hermanos. Este matrimonio no era real, formaba parte de un convenio movido por la sociedad de los hombres.

—No fue por voluntad. ¿Lo recuerdas?

—¿Y qué es lo que vas a hacer cuando le cuente a mis hermanos lo que estás haciendo? —interrogó—. ¿Crees que me quedaré callada?

No sabía qué iba a acontecer, pero conseguí que Enola me diera una respuesta afirmativa y, por esa misma razón, necesitaba silenciar a mi esposa. Demonios... pero ¿cómo? Ella no tenía nada que perder, podría soltar la información y afectarme. Usar en su contra lo de la infidelidad no me devolvería a la mujer que quería si acaso Enola descubría mi vida secreta.

Yo, Boran Sabanci, era un maldito mentiroso; sin embargo, estaba enamorado de mi mujer, opción válida para retorcer la verdad ante sus ojos. Ella sería mi esposa, nadie iba a frustrar mis planes y yo mismo me encargaría de no permitírselo. Enola Martín sería mi esposa, mi segunda esposa, pero la primera en mi corazón, en mi vida, la mujer a la que amaba.

—Tus hermanos no pueden decidir por mí —le aclaré, porque al parecer se le había olvidado quién era yo—. En cambio, por ti sí.

El silencio que recibí en respuesta me dejó calmado, porque tenía la certeza de que Amira estaba entre la espada y la pared. Sus hermanos tenían la facultad de decidir por ella: podrían apedrearla y deshacerse de ella si acaso la dejaba. Debía agradecer que, a pesar de que no la amo y a pesar de todo lo que me ha hecho, mi deseo de mantenerla a salvo de su familia sea más fuerte que mis ganas de separarme. Era mi deber como su compañero proteger su integridad; pero si dañaba mis planes sin importarle mi felicidad, ¿por qué tendría yo que ponerla por encima de mis deseos?

—¿Qué objetivo tienes? ¿Cuál es tu propósito con esa prostituta? —me preguntó de manera agresiva—. ¿Eres el padre de ese hijo que lleva?

Si mi esposa sabía sobre el bebé, nos había estado espiando desde hacía muchísimo tiempo, y eso me tranquilizó. Entendí que lo que deseaba conseguir no lo iba a lograr evidenciándome.

—¿Prostituta? —Esbocé una risa burlona—. Por favor, no hables de ella cuando has actuado de manera indecorosa.

—Sí, esa mujer es una prostituta que se vende por dinero, Boran. ¿Crees que no sé de tus andanzas? Igual tengo pruebas, y si no quieres desatar el infierno en la tierra, vas a otorgarme lo que deseo.

—¿Qué tal si le digo a tus hermanos sobre tu infidelidad? —la amenacé—. De una vez te digo que si haces algo en mi contra no te voy a ceder protección. Agradece que, aunque dañaste mi honor, aún quiero mantenerte protegida.

—¿No crees que esto es muy delicado como para hablarlo por teléfono?

—No puedo verte ahora.

—Solo quiero que me des una confirmación de que lo que quiera se me ceda sin ninguna intervención.

—Bueno, entonces hablaremos personalmente —le avisé—. Solo no me pidas cosas que puedan ser utilizadas en tu contra.

—Ese no es tu problema.

—Aunque no te ame, me preocupa lo que pueda suceder si acaso no utilizas el cerebro.

—Ese sería mi problema, ¿no?

—¿Qué tal si nos vemos mañana? —le propuse—. Mañana podemos llegar a un acuerdo que nos beneficie a ambos.

Colgué la llamada con un mal sabor en la boca. Esta inquietud no iba a menguar si no le daba lo que quería a Amira, esa mujer que me hizo la vida miserable cada vez que pudo.

No quería perder a Enola; para mí ella significaba mucho. Me parecía increíble porque solo buscaba un acto carnal y encontré el amor más hermoso en ella.

Ella era como un sol. Todo mi mundo giraba alrededor suyo y estaba impaciente por lo que nos deparaba el futuro con nuestros hijos.

Anhelaba una niña, una niña que se pareciera a su madre. Una niña con sus ojos, con la misma forma de su rostro. Ese era mi sueño: cargar a mis hijos, verlos crecer, vivir feliz junto a mi futura esposa y madre de todos los hijos que planeaba.

Desbloqueé el móvil pensando en hacer otra llamada; definitivamente esto tenía que finalizar. Necesitaba casarme lo antes posible, no podía seguir arriesgando a la madre de mis hijos porque, aunque creí tener todo bajo control, había una posibilidad de que la desesperación de Amira lo arruinara todo.

—Hola —dije rápidamente cuando escuché del otro lado de la línea. La voz enérgica de Samir no tardó en escucharse.

—Pensé que te habías olvidado de tu amigo —dijo de manera teatralizada. Sin embargo, no le presté atención a su tono.

—Necesito tu ayuda...

—¿Sabes lo mal amigo que eres? Solo me llamas cuando requieres de mi ayuda.

—Se supone que para eso estamos los amigos, ¿no? Para ayudarnos en tiempos de crisis.

—¿Y qué es lo que deseas?

—Quiero que seas mi testigo en la firma nupcial.

—Creí que ese plan estaba abortado, Boran.

—No, sigue en pie.

—Sigo creyendo que es una mala idea, pero tú no me quieres escuchar. Es mi pellejo el que está en juego. No juegues conmigo cuando tengo muchas cosas importantes que hacer.

—¿Cómo seducir a la amiga de Enola? —cuestioné—. ¿Crees que no me he dado cuenta?




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