- Creí que no vendría - dijo Brodman, y ella lo miró como suelen mirar las mujeres cuando se sienten menospreciadas por un hombre, aunque ese hombre sea un mero antropólogo sin prestigio, sin ningún logro del que haya podido jactarse a lo largo de 35 años de carrera; un fracasado, en cierto modo, llamado John Brodman
- ¿Por qué pensó eso? - dijo ella, con evidenteme incomodidad.
- El territorio es complejo - dijo Brodman-, y esos ríos que se entrecruzan detrás de la zona boscosa podrían resultar bastante problemáticos para una mujer joven, supongo que sin mucha experiencia. Allí hasta un mosquito podría constituir una amenaza fatal.
- Estuve en varias excursiones- dijo ella -. No se preocupe por eso. Y desde la avioneta no he visto nada que no haya visto antes. Es una región selvática, nada más. Tiene todas las características propias de este tipo de regiones, nada por lo que ni usted ni yo debamos sorprendernos.
Brodman la miró con suspicacia. Evidentemente, ella trataba de aparentar una seguridad que no tenía, aunque tampoco podía considerarse una novata torpe o apocada. Y también era hermosa, muy hermosa, aunque Brodman no parecía sentirse conmovido por este detalle.
- ¿Y bien? - dijo ella, interrumpiendo así un silencio que empezaba a volverse muy incómodo para ambos-. Me dijeron que traiga una cámara de fotos, nada más que eso. No me exigieron ni siquiera un botiquín. Me explicaron que las fotos no deben tomarse con celulares.
- Así es- dijo Brodman -. Pero no soy yo quien determinó eso. Es una especie de regla que ha sido adoptada por toda la comunidad antropológica. Y no me desagrada esa decisión. Me resulta incómodo, sospechoso, que un mismo objeto cumpla muchas funciones. Mejor tener una cámara de fotos tradicional para registrar los momentos importantes de la excursión, y un teléfono para comunicarnos entre nosotros. ¿Usted no piensa lo mismo?
- A mí me da igual - dijo ella - Siempre llevo no menos de 3 bolsos a donde sea que vaya. ¿Y cuándo partiremos?
- Pasaremos la noche en el campamento - dijo él -, y mañana saldremos bien temprano. Cruzaremos uno de los afluentes del río principal en balsa. Los vehículos modernos podrían espantar a una tribu tan primitiva. Nos llevará un hombre, llamado Imur, con el que podremos entendernos ya que habla bastante bien nuestro idioma, al igual que ciertos miembros de la tribu que iremos a conocer. Hace ya más de 30 años que Lacan vive con ellos. No regresó jamás a la civilización. Lacan era el camarógrafo de la revista Huellas, no sé si sabe algo de eso.
- Algo escuché - dijo ella, sin mostrar demasiado interés- . ¿Y después de tanto tiempo recién ahora organizan una segunda excursión?
- Hubo otras- dijo Brodman -, muy breves. En realidad nunca se perdió del todo el contacto con Lacan. Por eso sabemos que está vivo, pero ahora se ha decidido dejar un verdadero testimonio de las personas con las que él está conviviendo. Y también saber por qué decidió quedarse con ellas, cuál fue el verdadero motivo además de la explicación somera y convencional que en su momento se conoció.
- Entiendo - dijo ella, casi murmurando y desviando su mirada hacia los enormes árboles que Brodman ya había mencionado.
El antropólogo bebió, a través de un sorbete, esa mínima cantidad de jugo que quedaba en el largo vaso de vidrio, junto a un plato vacío que Cassie nunca supo qué había contenido antes de que ella se sentara en esa mesa. Él le preguntó si, antes de ir hacia el campamento, quisiera también comer algo, y ella le respondió que no, que ya había almorzado en la avioneta. Y agregó, con una voz un poco desafiante, que ella era así, que comía en donde "quepa hacerlo", sin necesidad de tantas formalidades.
Brodman se puso de pie. Agarró su maleta, su bolso, mientras la avioneta que había llevado a la reportera hasta allí regresaba al límpido cielo de aquel domingo por la tarde.
En el campamento, Cassie pasó la noche dentro de un bolsa de dormir, y Brodman sobre un sencillo colchón sin sábanas ni frazadas, usando su propio bolso a modo de almohada. El canto de una rana los acompañó hasta el amanecer, a lo largo de una madrugada en la que prácticamente no conversaron, y en la que cada uno permaneció por lo general sumido en sus propios pensamientos.
Al amanecer se encontraron con Imur, un hombre moreno, muy delgado, pero que por su vestimenta era evidente que no pertenecía a la tribu que ellos irían a investigar. El hombre estaba sobre su balsa, sosteniendo los remos, y el agua debajo de ella se movía con un inquietante nerviosismo a pesar de su escasa profundidad. Brodman saludó al nativo, mezclando en ese saludo los idiomas originales de ambos. Luego subió a la balsa y Cassie lo siguió, y en ese momento, cuando puso un pie sobre esa lámina de madera, ella sintió temor, por primera vez desde que abandonó su ciudad natal en aquella avioneta.
Imur empezó a remar. La vegetación en torno a ellos se iba volviendo cada vez más abundante, aunque con tramos de notoria insuficiencia a través de los cuales podían divisar el territorio al que se dirigían.
Pero a medida que avanzaban cierta desazón aumentaba en ellos, principalmente en Imur, ya que estaban cruzando por un sector en el que ya deberían verse algunos miembros de la tribu, o al menos algún animal propio de la región.
Pero no había nada allí, más que agua, tierra y una vegetación que apenas se movía en el tenso silencio.
- ¿Qué sucede? - preguntó de pronto Cassie, consternada.
- Nada - dijo Brodman -. Sólo tenemos que descender cuando Imur nos indique que hemos llegado. ¿Cuál es el problema?
Pero Imur no dijo nada. Siguió remando en silencio y sin dejar de escudriñar, con evidente preocupación, esa extensión de tierra que parecía poseer una oscuridad propia, una oscuridad que no dependía de la sucesión de los días y las noches, y que ninguna luz artificial podría tampoco arrancar de allí.