La corriente del Río Midolest impulsó el avance de Iskander. Luchó contra el agotamiento con el exclusivo propósito de esquivar las rocas que emergían del agua. Llevaba más de un día navegando y su único alimento fueron los frutos que tomó de las orillas durante sus breves pausas. El amanecer se aproximaba, y aunque desconocía cuándo llegaría al Puerto del Mar Separado, no cesó su vigor.
En cada momento de duda, cuando la idea de abandonar la canoa y regresar lo asaltaba, se esforzó por convencerse de que este era el camino correcto. Sabía que dejaba atrás a sus familias —tanto la real como la plebeya— por un destino incierto, pero lo impulsaba un deseo auténtico, un deseo compartido con su mejor y hasta hace poco único amigo.
Los primeros rayos de sol se filtraron entre el follaje, iluminando el agua que se tornaba cada vez más cristalina. Iskander aguardó con ansia la confirmación de aquella presencia familiar.
«Quiero verte de nuevo» pensó, mientras sus ojos observaron cuidadosamente el cielo en busca de aquella mirada.
Durante toda la madrugada, pensó en las posibilidades acerca de esa mirada, ahora que era consciente de la capacidad de intervención divina sobre los hombres. Se cuestionó si el dios que lo había convocado simplemente lo había guiado desde su niñez para que aceptara su llamado.
Lo cierto es que prefería creer que no; la idea le resultaba decepcionante. Esa mirada lo hacía sentir especial, más que cualquiera de sus títulos. Era algo único, exclusivamente suyo, y deseaba que nadie más la percibiera como él. Aunque transmitía la autoridad y el orgullo propios de una figura divina, consideró que la mirada había denotado emociones que una deidad no mostraría a un mortal, mucho menos cuando un dios era capaz de los horrores presenciados en el Velo de Uthariel.
De repente, el follaje desapareció, dejando ver el cielo. Junto al sol, brillaba un dorado más intenso y cálido que hizo a Iskander olvidar el frío nocturno. La mirada parecía concentrada y algo melancólica, sus párpados estaban entreabiertos ligeramente.
«Eres severa, pero no cruel» aseguró, exhalando con alivio.
Agradecía que esa mirada no lo abandonara. Le resultaba reconfortante, a pesar del tono desafiante que había mostrado durante gran parte de su vida. Ahora parecía más cercana, como si él también pudiera vislumbrar algo al otro lado, como si ya no fuera solo un niño.
El intenso sol calentaba su cuerpo, evocando una sensación agridulce: ningún sol ardía tanto como el que lo bañaba cuando volaba con Dhora sobre Drakos.
«Este viaje te habría encantado, ojalá estuvieras aquí» pensó con nostalgia.
En cuestión de segundos, mientras sus ojos se humedecían, Iskander percibió un cambio abrupto: una fuerte brisa lo envolvió, acompañada del rugido de las olas y el penetrante aroma a sal. Al observar las orillas, notó cómo se distanciaban gradualmente, mientras la corriente ganaba intensidad.
Dirigió su mirada hacia la derecha. La arena ahora dominaba el paisaje, reemplazando la vegetación frondosa por árboles exóticos y palmeras. Quedó maravillado ante la visión de palmeras tan altas como Dhora, asombrado por la existencia de árboles de dimensiones tan colosales.
Con el avance de la mañana, divisó a lo lejos barcos y botes pesqueros. En la extensa playa, hombres de ropas ligeras y largas barbas manipulaban redes, otros descargaban enormes cajas de madera de las embarcaciones, y algunos cortaban peces gigantescos con cuchillos del tamaño de su brazo. Niños jugaban en la orilla, recibiendo reprimendas de sus padres. En medio del Mar del Sur, se alzaba imponente un enorme muelle de madera.
«Esto es el Puerto del Mar Separado, la sección drakoriana», reflexionó Iskander. «Es mucho más grande que cualquier mercado de Drakos, y eso que solo hay peces.
¿Cómo voy a Thessara ahora? Las olas más adelante parecen demasiado intensas. Esta cosa se volcaría».
De repente, al acercarse al puerto, Iskander sintió una fuerza invisible que tiraba de él hacia la orilla. Frunció el ceño y examinó la canoa, pero no encontró ninguna cuerda. La fuerza del tirón era perpendicular a la corriente.
Al mirar hacia la playa, divisó a un hombre con túnica blanca y un velo que le cubría el rostro, oculto tras un barco. El aire a su alrededor parecía haber cambiado de dirección; no era viento, sino como si una capa invisible lo empujara hacia ese enigmático individuo.
«¿Quién es ese? No se parece a nadie más en el puerto», pensó Iskander, nervioso. Sus manos sudaron y su respiración se aceleró.
Se aseguró de que la capucha le ocultara bien el rostro.
«Podría ser un agente del Culto. Los rumores podrían haber llegado hasta el Puerto y habría una gran recompensa por mí. No tengo suficientes valeones para sobornar a nadie. ¿Qué puedo hacer?».
La canoa encalló en la arena justo frente al hombre de la túnica blanca. Su rostro permanecía completamente oculto tras el velo, sin revelar nada bajo él.
—Vaya día más extraño, ¿no, señor? —dijo Iskander, con voz algo aguda por los nervios. Mantuvo el rostro hacia abajo.
—Quiero ver tu rostro —dijo el hombre, con tono amable.
Iskander sintió de pronto mucho calor. Tragó saliva.
—Yo... no quisiera hacer eso, señor. Así como usted tampoco parece desearlo.
«¿Estamos en la misma posición?».
—Necesito que por favor me enseñes tu rostro. No pueden existir equivocaciones y mis dioses me prohíben la violencia injustificada.
«Dioses». Iskander levantó las cejas.
«Podría ser un sacerdote... ¿de la Escama Roja o de los prevaleónicos?». Apretó los dientes.
—No puedo arriesgarme. No pasará nada si me enseñas tu rostro, lo prometo.
«La Escama Roja no sería tan precavida. Ellos podrían detenerme con o sin violencia según quisieran, nadie lo juzgaría por eso. Además, este hombre estaba oculto. ¿Por qué se ocultaría un servidor de la Escama Roja en la sección drakoriana? ¿Sospecha de algo?».
#1963 en Fantasía
#382 en Magia
poderes magia habilidades especiales, romance acción drama reflexión amistad, fantasia epica medieval
Editado: 16.02.2025