La brisa fría golpeó su rostro en cuanto el carruaje cruzó los límites de Palacio Oscuro. Aelina miró por la ventana, observando la extensión de un reino que alguna vez fue majestuoso. A diferencia de Palacio Naturaleza, donde todo brillaba con vida, aquí el suelo era árido, las montañas se erguían sombrías y las construcciones de piedra oscura se mezclaban con la niebla que serpenteaba entre ellas. No había ni rastro del resplandor que alguna vez existió.
"Esto pronto cambiará."
Se prometió a sí misma, aferrándose a la esperanza de que la restauración del Árbol Oscuro devolvería la magia a este lugar.
El carruaje se detuvo en la entrada del sector de la nobleza y, antes de que pudiera descender, Karel apareció corriendo hacia ella. La abrazó de inmediato, envolviéndola con fuerza contra su pecho.
—¡Pensé que no volverías! —murmuró, con la voz temblorosa.
Aelina sintió su calidez y, por un instante, permitió que el alivio la inundara. El contacto humano, cálido, presente, era justo lo que su alma necesitaba. Pero Taerin interrumpió el momento, separándolos con una mirada severa.
—¡Ten cuidado, Karel! —lo reprendió. —Aelina sigue delicada.
Karel se apartó de inmediato y la miró con preocupación.
—¿Estás bien?
—Estoy mejor, gracias —respondió con una sonrisa.
No preguntó más. Pero sus ojos, atentos y cargados de emoción, hablaban por él.
Karel y Taerin la ayudaron a caminar hasta su cabaña. Sin embargo, antes de llegar, una voz mental rozó su conciencia como un susurro cargado de hielo.
"No me gusta dónde te está tocando."
El tono de Vaelkar era seco, molesto… familiar.
Aelina no pudo evitar una sonrisa divertida.
Karel tenía su mano en su cintura, ayudándola a caminar con más facilidad. Irónicamente, ese gesto amable era el motivo del reclamo de quien, hasta hacía poco, la había condenado.
Respondió con tono burlón:
"Tú ya no tienes voz ni voto en lo que haga. Hasta donde todos saben ya no estamos comprometidos."
El vínculo psíquico quedó en silencio. Y ese silencio pesó más que cualquier palabra. No era desinterés. Era contención. Una muralla invisible que solo él sabía levantar… y que temblaba cada vez que ella estaba cerca.
Se giró y lo encontró. Vaelkar estaba junto a Galdrek, observándola. Sus ojos no se apartaban de ella y aunque su rostro era impasible, su energía no mentía. Había algo en su mirada… algo que no supo cómo nombrar. Una especie de contradicción viva: orgullo, dolor, deseo… y miedo.
Aelina cerró su mente con una barrera suave. No era el momento.
Lo primero que hizo al entrar en su cabaña fue buscar la manzana dorada.
La habitación seguía igual que cuando la dejó: ordenada, silenciosa, con una tenue luz azulada filtrándose por la ventana. Esa luz era fría, diferente a la cálida que impregnaba otros palacios. Aquí todo parecía conservar un eco de pérdida, como si los muros mismos recordaran lo que fue.
Aelina se inclinó frente al pequeño altar donde había ocultado la manzana y, al encontrarla, sintió un alivio que le soltó el aire del pecho. El objeto brillaba con suavidad, como si supiera que estaba en las manos correctas.
Tanto Taerin como Karel la observaban desde la entrada, sin decir nada. Había un respeto implícito en sus miradas, una comprensión de que no debían hacer preguntas.
La manzana era un secreto.
Y era suyo.
Con tantas cosas sucediendo, casi había olvidado el paso que había dado al obtenerla. Pero el recuerdo regresó con fuerza. El sacrificio. El dolor. El amor.
Según la Señora de la Naturaleza, Lumirion no estaría a salvo si no se lograba el equilibrio. Y ese equilibrio solo llegaría cuando Palacio Oscuro recuperara su magia.
Aún no era el momento.
Pero se acercaba.
Descanso Obligado
Los días pasaron y Aelina fue recuperando sus fuerzas.
Lo único que necesitaba para sanar por completo era descanso, algo con lo que no estaba de acuerdo, pero por orden de Vaelkar, nadie le permitía hacer nada.
Cuando por fin la dejaron reanudar sus actividades, recibió una carta del Príncipe de Luz confirmando que llevaría su pedido el día indicado.
Eso la tranquilizó. Había pasado demasiado tiempo buscando la forma de conseguir ese objeto sagrado y resultó ser más fácil de lo que pensaba.
Mientras estuvo en Palacio Naturaleza, descubrió que necesitaba una herramienta para acabar con la maldición. La profecía indicaba que el pago debía ser de equivalente valor y aplicado con justicia.
Este último punto era algo que había analizado mucho en la academia de la Tierra, pero solo al convivir con los cuatro palacios en Lumirion pudo comprender su verdadero significado.
Aelina tomó el costal donde guardaba los cuatro cristales que había llevado desde la Tierra, todos estos contenidos en un hechizo de reducción porque todos medían cerca de 2 metros.