Aelina recorrió con la mirada la vasta extensión de Palacio Oscuro, envuelta en una sensación contradictoria. Nostalgia, determinación… y un leve temblor de anticipación que parecía surgir desde lo más profundo de su espíritu. Ese lugar, tantas veces cubierto por el silencio y la bruma del olvido, pronto renacería. Podía sentirlo. El viento lo susurraba entre los escombros y los muros agrietados; la tierra parecía contener el aliento.
Y aunque todos creían que la batalla aún estaba lejos, ella sabía la verdad.
A medianoche, el árbol sagrado de Palacio Oscuro volvería a latir.
Nadie lo sabía. Ni siquiera Galdrek, quien seguía entrenándola con fervor cada tarde. Ni Vaelkar, que se había unido a las sesiones, observando cada uno de sus movimientos con una atención casi excesiva. Como si, con cada golpe, intentara memorizarla.
—Vaelkar ya te lo dije —dijo Aelina con una sonrisa tranquila, mientras esquivaba con agilidad un movimiento de Galdrek. —Voy a ir al festival del pueblo.
Vaelkar, que había estado observando con los brazos cruzados, frunció el ceño. Sus ojos rojos se fijaron en ella con intensidad.
—Podrías venir conmigo primero y luego bajar al pueblo —insistió, manteniendo su postura erguida. —No es que me moleste que vayas… pero deberías estar presente en la ceremonia oficial.
Aelina se detuvo un momento, respiró hondo y lo miró directamente.
—¿Realmente me ves en ese ambiente? —preguntó, ladeando la cabeza. —No encajo en las reuniones de la nobleza.
Vaelkar abrió la boca para responder, pero fue Galdrek quien intervino primero.
—Tampoco encajabas en Palacio Oscuro cuando llegaste y mírate ahora.
Aelina soltó una pequeña risa, sin perder la firmeza en la voz.
—Este es mi plan. Y esta vez, no hay negociación.
Vaelkar la miró en silencio por varios segundos. Sus ojos parecían buscar en los de ella alguna grieta, algún indicio de duda, pero no encontró ninguno. Finalmente suspiró con resignación, cruzando los brazos.
—Está bien. Haz lo que quieras.
Y lo dijo con una calma aparente, aunque por dentro algo le pesaba.
No sabía por qué le afectaba tanto no acompañarla. No sabía por qué imaginarla entre la multitud, vestida con las ropas del pueblo, despertaba una ansiedad que no comprendía. Pero lo hacía.
El Atavío de la Fiesta del Pueblo
La tarde se desvaneció en tonos dorados y rojizos. Las sombras del crepúsculo abrazaban lentamente las calles de piedra del palacio, mientras las primeras luces del festival comenzaban a encenderse en la distancia.
Dentro de su cabaña, Aelina se alistaba junto a Taerin, envueltas en el tenue resplandor de una lámpara de aceite. El aroma a flores secas y a humo de incienso flotaba en el aire, acompañando el silencio reverente con que ambas se preparaban.
—No necesitas hacer mucho —comentó Taerin mientras se delineaba los ojos con trazos precisos. —Solo un poco de color en los labios y el delineado tradicional. Quedarás perfecta.
Aelina la imitó, trazando con cuidado una línea firme que enmarcaba su mirada. Algo en su reflejo parecía distinto. Como si la mujer que devolvía la mirada desde el espejo supiera exactamente quién era.
El vestido descansaba sobre la cama, esperando.
Negro y profundo como la noche, con detalles en rojo que parecían brazas encendidas. La falda larga tenía una abertura que revelaba su pierna, decorada con una cadena de piedras escarlatas. El top, de mangas sueltas, dejaba su abdomen al descubierto, realzado por delicadas cadenas plateadas que brillaban como hilos de luna.
Cuando se lo puso y se miró al espejo, sintió una extraña emoción en el pecho.
—Creo que esto es lo más hermosa que me he visto desde que llegué aquí —susurró.
Taerin se detuvo a mirarla y sonrió con orgullo.
—Te ves como lo que eres. Una emisaria… pero también una mujer que ha atravesado la oscuridad y aún brilla.
—¿Y tú? —preguntó Aelina, notando que Taerin también había elegido un atuendo hermoso y audaz.
Taerin bajó la mirada con una expresión nostálgica.
—Siempre soñé con ir al festival del pueblo —confesó. —Pero mis padres nunca me dejaron. Por ser noble. Por ser “dama de compañía”.
La voz de Taerin tembló ligeramente. Aelina se acercó y le tomó la mano.
—Esta noche, serás lo que quieras ser.
Taerin le sonrió con los ojos brillantes.
—Gracias, Aelina. De verdad.
Un golpe en la puerta las interrumpió.
Karel apareció, con su habitual sonrisa encantadora y un atuendo provocador. Su camisa negra, abierta al centro, dejaba ver parte de su torso. El delineado en sus ojos resaltaba su mirada clara y audaz.
—Dime, Karel —dijo Aelina, alzando una ceja mientras lo examinaba de arriba abajo. —¿La camisa abierta también tiene un significado o solo aplica a las mujeres?
—Por supuesto que lo tiene —respondió él con una risa. —Significa que estoy soltero y listo para el amor.